#Ciudad

¿El dinero da lugar al urbanismo, o el urbanismo da lugar al dinero?

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Los edificios no se hacen para ser demolidos. La sobrevivencia, aun en nuestros días, de construcciones de la época romana, griega o incaica (y en algunos casos, aun en funciones), grafican claramente este principio. La construcción, salvo en casos excepcionales, se hace para siempre, y no está pensada para ser demolida.

Habitualmente se piensa, en nuestra sociedad, que los temas relacionados con la arquitectura o el urbanismo son “lujos”, y que se trata de cosas que sólo pueden permitirse los países desarrollados. El urbanismo, o el buen urbanismo si se quiere, la buena arquitectura, sería posible dado que estos países cuentan con dinero. De esta forma se supone que el dinero da lugar al urbanismo, que este último es una consecuencia de la riqueza. Por consiguiente se acepta, dado que nuestro país no cuenta con recursos, que el buen urbanismo es una característica vetada para una sociedad como la nuestra.

Lo equivocado de esta forma de pensar se aprecia no en que nuestra sociedad no cuente con recursos, sino en el orden de cómo se construye esta frase: el urbanismo no es una consecuencia de la riqueza, sino que la riqueza es una consecuencia del urbanismo.

¿Es racional la demolición de edificios?

Haciendo más específica nuestra pregunta, podemos apreciar que en nuestra sociedad se suele afirmar o entender la demolición de edificios como un acto pragmático, económico, de la más pura racionalidad. Los edificios hay que demolerlos porque es sano hacerlo, y sólo los países desarrollados pueden conservarlos. Para adentrarnos un poco en esta afirmación y ayudar a esclarecerla, debemos visualizar e imaginar cómo se demuele un edificio.

Para demolerlo, hay que usar recursos, tanto humanos como materiales. Estos recursos implican tiempo, que es otro recurso escaso. Y estos recursos se deben usar para destruir materiales de construcción, y destruir un esfuerzo constructivo anterior.

Los edificios no se hacen para ser demolidos. La sobrevivencia, aun en nuestros días, de construcciones de la época romana, griega o incaica (y en algunos casos, aun en funciones), grafican claramente este principio. La construcción, salvo en casos excepcionales, se hace para siempre, y no está pensada para ser demolida. Y esto, porque construir un edificio es un gran esfuerzo, y demolerlo, uno muchas veces aun mayor.

Por eso cuando se demuele un edificio implica que se destruye un esfuerzo previo, se destruye materiales y trabajo, se crean problemas a las construcciones aledañas, y se genera un obstáculo en la vida urbana. Es ilustrativo el que muchas veces se aprovechen materiales de demolición para construir nuevas viviendas.
Ahora podemos volver a nuestra pregunta, y replantearla: ¿los países desarrollados conservan sus edificaciones porque tienen mucho dinero? ¿O las conservan porque no tienen mucho dinero?

La respuesta es obvia. Los países desarrollados conservan sus construcciones porque las utilizan. Históricamente lo han hecho así, y por eso muchas construcciones han sobrevivido hasta nuestros días. Le Corbusier, un gran arquitecto suizo, caracterizaba las viviendas como “máquinas de vivir”. La vivienda, o cualquier edificación, es funcional a su propósito, por eso no hay necesidad de hacer una nueva que la reemplace. Estas pueden ser mejoradas, remozadas, ampliadas, intervenidas, a veces de manera torpe o poco exitosa, pero en general muchas construcciones han sobrevivido, porque no hay ninguna razón para botarlas.

Evidentemente no todas las edificaciones pueden o deben ser mantenidas, pero hablamos en un sentido general, y por otra parte hay que tener en cuenta que en muchos países el suelo, los ladrillos, la madera y los materiales de construcción, son escasos.

El barrio antes que la casa

Las preguntas y respuestas previas no deben ser tomadas como dogmas. Pero deben ser entendidas como preámbulos para pensar de manera diferente la ciudad.
La construcción de una ciudad es una cosa definitiva. Si no totalmente, lo es bastante, casi en un grado que una ciudad no puede ser destruida, demolida o construida nuevamente. Construir es difícil, y demoler muchas veces es más difícil que construir. Por tanto arreglar o remediar una ciudad ya construida es un desembolso muy grande de dinero.

Una ciudad mal construida, mal diseñada, no tiene forma de ser reparada. Es muy difícil y mientras más grande sea la urbe y más gente la habite, mas esfuerzo costará. Pensar que se puede llegar a un cierto nivel de riqueza económica, en un país o una sociedad, y que a partir de ahí se puede tomar el urbanismo como algo realmente “viable”, porque hay recursos, es una encantadora ingenuidad.

Una casa siempre es difícil de construir, puede ser reparada, ampliada o mejorada, con bastante esfuerzo. Pero no es ni de cerca tan difícil como un barrio o un conjunto de casas. Muchos podrán recordar los trabajos que tomó construir la línea 1 del metro, o la autopista norte-sur. Estos trabajos implicaron molestias, a veces por varios años, demolición de casas, empleo de recursos humanos y materiales a gran escala. Intervenir la ciudad es siempre muy difícil.

Por eso, para construir ciudad, se requiere pensar primero el barrio que la vivienda. La vivienda puede ser mejorada después, si se le reserva un espacio para crecer, si puede ser ampliada, por ejemplo. Pero el barrio no podrá ser mejorado, salvo con dificultad. Los barrios mal hechos no mejoran nunca, a menos que se empleen muchos recursos y se invierta mucho dinero o tiempo en ellos.

Por ejemplo, la construcción de colectores de aguas lluvias en Santiago se ha dificultado, entre otras razones atribuibles al descuido, por la extensión en superficie de la ciudad. Los colectores deben ser más largos, porque la ciudad es más extensa. Además, la red de calles y avenidas de la ciudad, al ser más extendida, recoge mayor cantidad de agua de lluvia. Pues el agua que cae en la tierra es absorbida. Todo esto implica que hay que recoger mayor cantidad de agua, y que los colectores deben ser más largos, y hay que perforar más calles para construirlos.

Pero, naturalmente, no se puede cortar la ciudad de Santiago y demoler comunas enteras para acortar su superficie. Tampoco se puede densificar la ciudad rápidamente construyendo grandes torres de departamentos, porque estos arruinan lo poco de bueno que tenía la ciudad de antes, y porque la densifican en exceso. Todas estos cambios son definitivos.

El problema de considerar al urbanismo como antagónico al dinero, es que no sólo no es antagónico sino que puede ayudar a generarlo, y en muchos casos, a ahorrarlo. Y esto nos debe hacer replantearnos la pregunta, ¿es una buena ciudad consecuencia del dinero? ¿O es el dinero consecuencia de una buena ciudad?

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Foto: DGTX / Licencia CC

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