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El Estado complementarista: una nueva democracia

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Nuestro sistema político se define como democrático representativo, donde tenemos voz y voto, donde podemos elegir y ser elegidos, donde tenemos derecho a participar en las decisiones que tomen los grupos de poder. Lamentablemente, esto choca brutalmente con una tremenda realidad: una mayoría abrumadora de los chilenos no se siente representado por persona ni institución alguna, no habla de política y no le interesa prácticamente lo que pasa en el país. El sistema imperante logró su objetivo: llevarnos a tal punto que nos preocupáramos por aquel laberíntico mundo que se esconde en la pelusa de nuestro ombligo cada vez más abultado por el sedentarismo (alimenticio y político).

Gloriosa fue la era de Frei Montalva donde se fortalecieron las organizaciones vecinales y se fomentó la cohesión social; gloriosa es esta etapa en la que nos estamos cuestionando incluso las bases de la esencia del Estado y el Gobierno chilenos: la Constitución. Aquella ley que Portales quería violar cuantas veces fuera necesaria para acallar las voces de la divergencia e imponer el orden. Nuestro actual modelo señala que hay que cuidar al país porque “no hay otro”, cuando en realidad todo el mundo se lleva el agua de nuestros ríos y los frutos de la tierra, mientras aquí rasguñamos los salmones que no exportamos y las frutas que no quedaron en los cajones para Japón.

En cualquier modelo de desarrollo de corte social el Estado se arroga la voluntad popular y planifica según los grupos de poder vinculados a él sin preguntar a nadie. Las instituciones que actualmente se encuentran vigentes en tanto representantes de la ciudadanía no nos representan: pasamos de transferir nuestro poder para que nos representaran y confiar en que la clase política lo haría bien a caer en un sedentarismo político. Miramos por la televisión cómo pasa la vida y la antigua vida al aire libre que tanto fomentaron nuestros padres queda como un recuerdo, como la canción del “carrero” de Tito Fernández.

Hay un dicho que dice que “para que las cosas salgan bien tiene que hacerlas uno”. Cambiemos el “tiene” por “tenemos” y el “uno” por “los ciudadanos”. Pero para que eso pase de forma efectiva e influir en las decisiones debe haber un gobierno comprometido con la inclusión y la participación y el correcto equilibrio de los integrantes del acontecer nacional, así como la correcta educación de las masas, el alejamiento de las ideologías excluyentes, la voluntad política para hacer grupos transversales de trabajo y la organización de nuestra gente. Si falta uno esto no sirve de nada.

Propongo un nuevo modelo de desarrollo hacia el cual debiésemos avanzar: el Estado complementarista o participativo. Complementarista, porque busca el equilibrio del poder del mundo privado con su accionar, el poder público a través del aparato estatal, los expertos y la clase política que forman un todo, y la ciudadanía organizada. Participativo, porque los ciudadanos tienen en todo momento voz y voto para encontrar los acuerdos. La idea es generar una “nueva democracia”.

La “nueva democracia” tiene dos tipos de ciudadanos: los activos, que se organizan, participan real o virtualmente a través de diversas colectividades (especialmente locales; con todos ellos primordialmente se trabaja); y los pasivos que por diversas razones no están presentes dentro del proceso. Debe existir, antes que todo, un proceso de educación cívica constante de las masas fomentando la inclusión de miembros a las existentes y la formación de nuevas organizaciones. Pero siempre preguntándole a la gente primero antes que todo. Porque eso que llaman demagogia (invento de las élites para tachar de debilidad de carácter al que no imponga una ideología) no es más que ese valioso capital de las necesidades e inquietudes que contienen el secreto de las políticas permanentes y efectivas.

La ciudadanía toda en las elecciones transfiere su poder para ser representados a nivel político. Desde esta perspectiva cuando uno traspasa el poder de esa manera los escogidos ya son parte de otra clase que no se conecta con la ciudadanía global por responder a nuevas funciones e intereses. Por otro lado, el mundo privado también corre con sus propias motivaciones que desde el paradigma actual son válidas.

Por ello el Estado debe, además, adaptar su marco regulatorio a los tiempos que corren. Como lo he propuesto en otras oportunidades en distintos medios (para más detalle consultar http://maletadeopiniones.blogspot.com) deben considerarse reformas consensuadas sobre regionalización, educación, elección de cargos en la administración pública, entre otros. De ahí la importancia de una nueva Ley Fundamental del Estado que vele por la inclusión y no por la exclusión impuesta hace 31 años. Tampoco sacamos nada si no se ponen reglas claras al mundo privado para evitar que las empresas de distintos rubros nos dejen con un desastre ambiental irreparable del cual se arrepientan en 20 años más pidiendo una disculpa inútil.

Por ello, en la “nueva democracia” debemos procurar un Estado, una ciudadanía activa y un mundo privado que sean capaces de proponer planes de desarrollo que se sometan a consejos realmente representativos, en donde ellos mismos se doten representantes para buscar acuerdos. Partiendo de la lógica de que ningún grupo ganará completamente todo lo que busca se pretende encontrar el punto de equilibrio que trate de generar un desarrollo más armónico. Todo ello redundará en políticas de Estado que trascenderán las barreras de las ideologías y de los gobiernos.

Hay un viejo principio del derecho indiano colonial que la República mató: el Juicio de Residencia.  Con él todo funcionario debía responder por sus actos antes de finalizar su mandato. Bueno sería que se reviviera esta relación de los méritos y servicios (en una etapa inicial pueden ser Presidente y Ministros) escapando a la instancia interpelatoria del Congreso. Que un Consejo Fiscalizador de Gobierno transversal se encargara de que en una transmisión abierta y sin ninguna censura preguntara a los funcionarios de gobierno por cómo lo hicieron tras una investigación previa.

Probablemente ninguno de estos postulados llegue a ser una realidad porque en un país como éste la voluntad política es inexistente a la hora de incluir a personas como nosotros más allá del voto cada par de años. Sin embargo es menester romper la barrera de la crítica y pasar a la proposición alucinando con aquella propuesta eterna que circula entre las páginas de la historia: el que todos seamos parte sin exclusiones. Esperemos que propuestas como éstas no sean enterradas bajo las suaves cenizas del olvido.

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Foto: Ion MarkelLicencia CC

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