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La plebe en las Guerras de Indepependencia

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El período independentista latinoamericano y chileno, es una de las principales coyunturas que van a atravesar los ejércitos hispanoamericanos en formación, pues de aquí en adelante irán adquiriendo un sentido distinto, un sentido propio, en tanto serán parte constituyente, y a la vez garante de los futuros estados emancipados.


Los sucesos que marcaron el comienzo del accionar oligárquico santiaguino se desarrollaron sin un ápice de militarismo

La antesala del proceso independentista, desde una óptica militar, estuvo dada por la posibilidad casi inminente, a ojos de la aristocracia gobernante, de una ocupación inglesa. Por esta razón fue que para preparar la defensa, el gobernador Muñoz de Guzmán reunió el 1 de septiembre de 1806, a los coroneles de las milicias urbanas y disciplinadas y les informó de la situación militar del reino, de los medios de defensa con que se podía contar y del modo de operar contra el enemigo si se produjese la temida invasión.[1]

Desde la perspectiva netamente táctica, Judas Tadeo Reyes, quien para ese entonces recaía el cargo de Coronel de Milicias y Secretario de Guerras, proponía una guerra basada en la emboscada a las posibles invasiones anglo sajonas, y para la eventualidad que fracasase este recurso, proponía que se reuniesen cuatro a cinco mil combatientes entre el peonaje de los campos y minerales que circundaban la capital y preparase bajo cierta organización y disciplina.[2] Así mismo el Cabildo de Santiago, conducido por la fuerza de los hechos y prescindiendo de la opinión o disposición del gobernador Carrasco buscó completar el plan de defensa redactado por Reyes, con un relativo a la defensa de la capital que incluiría la creación de un cuerpo militar y su financiamiento.[3] Por ello fue que se estableció un campo de adiestramiento a una legua de Santiago con capacidad para mil quinientos hombres de todas las armas. La tropa permanecía allí un mes en ejercicios de compaña y luego reanudaba.[4]

Lo más notable que podemos extraer de lo anteriormente expuesto, más allá de los supuestos tácticos, dice relación  con el rol que juega el cabildo ante la amenaza inglesa, ya que pone de manifiesto su capacidad de responder de forma autónoma a la inminente coyuntura bélica. Es fundamental establecer que, en este sentido, la responsabilidad y gestión de estos sucesos recaía tan solo en unos cuantos aristócratas, quienes dieron las señales de la insurrección cuando la idea de semejante empresa no se había ocurrido al pueblo, ni siquiera como ilusión de la fantasía.[5] Esto en un contexto socio-económico- cultural en el cual la dependencia de los campesinos, respecto a la oligarquía, era sumamente  estrecha. No les estaban solamente subordinados, sino que eran sus siervos.[6] Desde allí se desprende la relativa facilidad, por lo menos para algunos miembros de la clase dirigente, de movilizar a los campesinos en función de sus intereses.

El 18 de septiembre de 1810 , el cabildo abierto determinaría, frente a la inflexión política por la cual atravesaba la corona española, conformar una junta de gobierno que ejercería el poder en nombre del Rey Fernando VII, evento que se desarrollaría en un ambiente de total tranquilidad, pues con la declaración de la Real Audiencia quedo superada toda tensión y ese mismo día la junta dispuso que las milicias, acuarteladas y a sueldo para garantizar la seguridad del cabildo abierto, fueran puestas en franquicia.[7] Por lo tanto los sucesos que marcaron el comienzo del accionar oligárquico santiaguino se desarrollaron sin un ápice de militarismo, por el contrario, en la convocatoria del cabildo abierto y en la decisión soberana que adoptó, el estamento militar no tuvo injerencia alguna, aunque es importante destacar que llegada la coyuntura emancipatoria, con la  captura del rey, de los 9 miembros de la junta de siendo, a su vez, una de sus principales tareas definidas la de crear un batallón de infantería y otras fuerzas.

Así mismo y en cumplimiento de la resolución de la Primera Junta Nacional de Gobierno del 10 de noviembre, el Cabildo de Santiago encomendó al Capitán de Ingenieros Juan Mackenna la elaboración de un plan de defensa del reino. Esta iniciativa del Primer Gobierno Nacional tuvo como finalidad proteger a Chile de los corsarios o de una eventual invasión de Napoleón, que en esa época ocupaba la casi totalidad de la Península Ibérica.[8]

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[1]  MEZA Villalobos, Néstor.  La actividad política del reino de chile entre 1800 y 1810. Santiago: Instituto de Investigaciones Histórica Culturales, Facultad de Filosofía d y Educación Universidad de Chile, 1958, p. 15

[2] Ibíd., p. 16

[3] Ibíd., p. 197

[4] Ibíd., p. 21

[5] AMUNATEGUI, Luis Miguel. La Dictadura de O’Higgins. Editorial Andujar. Santiago, 1853. p. 38

[6] AMUNATEGUI, Luis Miguel. op. cit. p. 39

[7] ARANCIBIA, Patricia (ed). El ejercito de los chile 1540 – 1920.Santiago de Chile: Editorial Biblioteca Americana, 2007. P.56

[8] Estado Mayor  General Del Ejército. Op. Cit., p. 19

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