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Sonido y Ruido

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Uno de los tantos misterios aún sin resolver es el origen de las lenguas. Se ha podido establecer la existencia de al menos 8.000 lenguas diferentes, entre 300 familias y 200 linajes distintos, con una antigüedad de 130.000 años, sin establecer un proto-lenguaje. Solo sabemos que la mutación de estas lenguas ha ido de la mano con el desarrollo cerebral del Homo-sapiens.

El habla surge de la necesidad funcional de describir cosas o personas, situaciones o episodios. Lo que maravilla de este tipo ciencia (glotocronología, una rama de la lingüística) es que trata de comprender el tipo de comunicación que existió entre los primeros homínidos previa formación del habla, lo que se denomina “sonidos primarios” o pidgin. El contraste es aún mayor cuando se afirma que el aumento de “hablantes” disminuye la riqueza de la misma lengua, puesto que así se introducen palabras foráneas que la homogenizan mediante hibridación, simplificación, reducción o relevo.

De la diversidad pasamos a la simplificación. Parece tener sentido; todos deberíamos hablar el mismo lenguaje, decimos a propósito de un grupo de trabajo. Y esta es una de las teorías respecto de la pérdida de lenguas en el mundo: estrategia de adaptación y especialización del lenguaje.

Sin embargo, aquello que está en el origen de los sonidos primarios no ha desaparecido: La vibración, es decir, las señales que emite todo lo existente y que puede ser captada como sonido o ruido. Entre los animales esto es muy claro; a pesar de que para nuestro oído un trino o un mugido es idéntico a otro, en los animales es tanto como la voz en la especie humana.

Seguimos construyendo el habla, o destruyendo según se mire, cada vez que hacemos referencia a una cosa o persona, episodio o situación. En este sentido, la “vibración informe” vendría a convertirse en “sonido primario” una vez que los “hablantes” (¿oyentes?) han experimentado lo hablado, es decir, han pasado a vincularse entre sí por medio del habla, creando una experiencia empática y compasiva, de “sentir-con”.

Pero también podemos generar distancia, exclusión o alienación mediante el Habla; tener muchos sinónimos para describir una misma cosa, persona, situación o episodio, por ejemplo, y sin embargo no  vincularnos, es decir, no comunicarnos efectivamente. Decimos que algo “genera ruido” cuando nos parece incomprensible o cuando sabemos que causará incomodidad en alguien que no está acostumbrado a oír ciertas cosas.

La diferencia entre sonido y ruido no está dada por la amplitud de la onda. El Rock en oídos de un amante de música clásica parece ruido, pero esto es inexacto. El ruido no solo es una alteración que genera interferencia en la transmisión o recepción, ya que es natural prestar atención aquello que nos agrada y  considerar ruido aquello que interfiere con nuestros gustos.

El sonido es una vibración regular mientras que el ruido es una vibración irregular. El ruido está formado por un conjunto de armónicos sin un orden específico. En cambio el sonido es un conjunto de armónicos ordenados que crean un “ruido” con estructura. Ambos contienen información.

De esto se desprende, por ejemplo, que dialogar no sea simplemente conversar, intercambiar palabras o ideas. El diálogo es una experiencia hablada de vinculación, es decir, “a través del logos” creamos una experiencia significativa conjunta en referencia a las cosas, a nosotros, a todo.

La experiencia de lo sagrado, por ejemplo, es por definición diálogo: el ser humano intenta dar cuenta de aquello que escapa al habla, la “vibración primordial informe”, y que sin embargo es capaz de vincular eficaz y efectivamente mediante la palabra. Es atención integral a la dinámica sonido/ruido y comunicación mediante el habla (¿eco?).

Todas las tradiciones espirituales invitan a escuchar con atención, a “Oír con el Corazón”. No solo oír la “vibración primordial informe”, sino también oír la propia voz. De hecho, dicen, no es posible “hablar con verdad” si primero no te has oído a ti mismo. Se trata de prestar atención consciente aquello a lo que el habla hace referencia, y que al mismo tiempo se actualiza en el individuo.

Esta atención profunda resulta ser el espacio primero y último de toda lengua. Permite percibir la vibración primordial que, permaneciendo intacta, puede ser captada y expresada por distintos “sonidos primarios”.

Por eso en algunas de estas tradiciones nombrar las cosas es conocerlas en sí mismas y conocerlas en sí mismas es dominarlas, de ahí el respeto y la reverencia a la palabra. Para otras tradiciones nombrar las cosas es de algún modo, “matarlas”, porque son reducidas o dejan de ser lo que son bajo la cárcel de las palabras.

Sonido y Ruido contienen información. Y lo curioso es que el ruido se convierte en sonido cuando le prestamos atención y el sonido se convierte en ruido cuando lo desatendemos.

No está claro, en definitiva, porque preferimos unas vibraciones de otras, pero lo cierto es que lo que para mí es sonido para otro puede ser ruido. En el caso del habla, solo el diálogo es capaz de llevar a cabo esta combinación de vibraciones para crear armonía.

Durante este último tiempo hemos oído mucho ruido en las calles, pero también bellos sonidos. Hemos sido capaces de captar y expresar las vibraciones que nos circundan y atraviesan, de modos sorprendentemente nuevos y creativos.

También hemos sido capaces de distorsionar los sonidos hasta convertirlos en ruido, ahogando las nuevas voces. Hemos generado un ambiente que mata aquellos sonidos que recién estábamos descubriendo.

Hemos ofendido y engañado con falsas palabras; la de aquellos que no desean dialogar, que buscan silenciar cualquier sonido que les cause ruido; de quienes convierten la palabra en ley y la ley en cárceles y cadenas.

Hemos rechazado oírnos con el corazón, vincularnos a través de la palabra dicha con autenticidad,  creando un espacio para todas las voces y donde cada uno pueda vibrar, contribuyendo en la construcción de una sociedad armónica.

Pero el mismo ruido contiene la posibilidad de ser sonido. Aquella vibración que se nos presenta como incomprensible, está preñada de conocimiento y posibilidades.

La capacidad de la red neuronal en los recién nacidos, por ejemplo, no solo distingue idiomas sino incluso diferentes acentos de un mismo idioma. Los científicos dicen que esta capacidad, que perdemos con el tiempo, podemos recuperarla mediante el ejercicio de la atención profunda.

Necesitamos prestar mayor atención. Necesitamos construir decidida y conscientemente un espacio de atención profundo, donde oír nuestra propia voz y la del prójimo. Necesitamos recuperar la flexibilidad de nuestro corazón/oído, para descubrir y recorrer el vasto territorio inexplorado de las posibles armonías que se generan al dialogar. Entre sonidos y ruidos.

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24 de octubre

excelente, creo que es necesario poder observar cual ha sido el motivo por el cual nos hemos cansado de de hacer ruido desde nuestro interior, el por qué dejamos de cantar si cuando eramos pequeños lo hacíamos todo el tiempo, o por qué los sonidos que nos cautivaban hoy ya lo han dejado de ser…. es tiempo de recuperar nuestros sonidos esenciales, aquellos que nos movieron siempre con su sola vibración y que nos daban las fuerzas para alzar la voz… felicitaciones excelente reflexión Isaac.

24 de octubre

el comentario anterior fue escrito por Sebastián Araya

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