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Mercado, poder y consciencia. Explorando su hebra

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Curiosamente es el silencio, el ágora de los invisibles, el que articula la vida y la impulsa a tal punto del acontecer, que lo que tiene que suceder, sucede. Y no por cuestiones del destino, Dios o, algún roedor inmaculado confundiendo las casualidades, con eso, simples casualidades, que reflejan el actuar de la consciencia, esta vez colectiva, dando un significado a los hechos, palabras o el mismo significante. Sucede que en ese espacio-tiempo en que la vida sucede sin que podamos intervenir, es de hecho, el que más intervenimos, claro está, indirectamente.

Como si lo que pensamos y hablamos realmente importa. Como si nuestras acciones tuvieran algo que ver con la forma en que vemos la vida. Como esta se articula, logra configurarse y producir una realidad. O, como otrora a los tiempos del neoliberalismo, el poder, expresado en la apabullante concentración de bienes y dinero, intenta influir a través de sus ramificaciones, muchas de ellas efectuadas en un Estado subsidiario, a través de distintos medios, tanto visuales, comunicativos y políticos, con el fin de afectar nuestro día a día; apagando y anulando la otredad, que nos impide ver y ser visto, como lo que realmente somos, y no lo que una sociedad rentable espera de nosotros. Opacando la tolerancia y el respeto. Y curiosamente, este es el comportamiento que el sistema establecido espera de la sociedad, que en su conjunto alimentamos, sin entender, que no damos más. Estamos agotados, cansados, enfermos; de cómo todo se está llevando a cabo. Cualquier desvío es un suicidio. ¿Y parar? Imposible. Llevamos 14,5 millones de años evolucionando. Esto no parara. No hay fin. Por lo tanto cabe cuestionarse ciertas premisas que damos por sentado, y que es lo que queremos de la humanidad. O sea, de nosotros mismos.


Ahora, la vida se lleva a cabo aquí, precisamente en la consciencia, nuestras decisiones, acciones u objeciones, tienen que ver con ella. Y esta suele articularse en forma colectiva con otras conciencias, en otros niveles, a través de la lectura, el diálogo y nuestras experiencias.

Vivimos en tiempos en que la consciencia es alimentada por estímulos visuales, publicitarios, peleas de celebridades en TV, y nuestros propios caprichos. Pero estos últimos solo quedan ofuscados, por la imposibilidad de exteriorizar, en una sociedad que estandariza lo aceptable, y de lo otro, no se habla. Como si el gran hermano dijera en voz alta, antes de comenzar la vida, que puedes participar siempre y cuando acates lo que aceptamos en este momento como humanidad. Como si la evolución y desarrollo de la sociedad se estancara en ciertos momentos, curiosamente manipulados por el poder. Avanzamos, cedemos, acuerdos, deliberar, y un sin fin de palabras usadas que nos dan a entender, que existen grupos, actores, sociales, políticos, anónimos, que guían nuestros pasos. Conocido como contrato social. Pero que al parecer, en ciertos momentos de la humanidad, la barbarie a demostrado, que los caprichos sancionados son enviados en su mejor momento a la guerra. O, cuando su expresión es detonante de movimientos que debilitan el sistema político, es necesaria la llegada de la crisis económica. Pareciera que las sociedades absolutamente mercantilizadas no ceden a la economía. Por muy justa la causa. Y cuando lo hace, vivimos la renovación de la élite. En el conjunto mismo de la sociedad.

Ahora, el silencio y la consciencia.

En un país que, disminuye las horas para conocerse como individuo y sociedad, y la propia evolución del mundo, por el orificio de la llave muestra lo que piensa, sus intereses y la articulación social de las personas. Como se entienden ellas así mismas, y a los demás. Lo que pensamos aflora como la vida misma, sin previo aviso, y se configura como real, cuando es lo que vivimos diariamente. Por eso es determinante analizar, si nuestros pensamientos son realmente nuestros. O son impulsados por la máquina naturalizada en nuestro ser, que hoy conocemos como progreso, que nos obliga a auto-explotarnos, y buscar el éxito profesional, sea lo que sea que esto signifique.

Vivimos en tiempos donde la consciencia va en piloto automático. Pues, pareciera que ya no queda nada por pensar, por descubrir, y solo hay que trabajar. O emprender.

Y si lo pensamos lo hacemos, y así es como íbamos hasta hace un par de años. El comienzo del siglo demostró la crisis humanitaria que proporciona el libre mercado. Distintos movimientos se han levantado con consignas muy similares, pareciera que los tiempos de la libertad económica, traen consigo una opresión provocada por el individuo a sí mismo. Deteriorando su calidad de vida, y confundiendo sus acciones con lo que piensa, distorsionando así, su modo de ver y enfrentar la vida. Es una confusión a la que el ser humano no está acostumbrado, o por lo menos no en estas condiciones. Es injusta la vida, y pareciera que cada vez se hace más injusta y peligrosa. ¿Es esto progreso? Pero la verdad, es que la vida tal como se plantea, no exige estas preguntas. El rentismo no necesita de humanos. Lo que vale preguntarse ¿Nos auto-esclavizamos? La insistencia de este tipo de preguntas lleva a crisis humanas, es natural no hallar respuestas, lo extraño es no poder preguntarlas. Definir conceptos es algo que no está del todo correcto. No podemos esperar que para distintos culturas, contextos sociopolíticos y económicos; progreso, desarrollo, justicia, amor, humanidad, signifiquen lo mismo. El significante está determinado por su contexto. Por lo que deberíamos preguntarnos, ¿Qué es progreso? ¿Y qué progreso queremos? Pero para ello, es necesario entender que hay cosas que son innecesarias, y que han deteriorado la vida de las personas, pese a que en ocasiones se disfruta. ¿A qué tipo de vida estamos progresando? ¿Será necesario una exploración por Marte, frente a las dificultades reales que tiene la humanidad para existir? Como el hambre, genocidios y niños. ¿Y que tiene que ver una cosa con la otra? Al parecer mucho, precisamente, es de los países inestables en indicadores como salud, educación y comida, del que el libre mercado se beneficia para obtener mucha de su materia prima.

¿Y entonces? Debemos entender a las redes sociales por lo que realmente son: herramientas de manipulación y control social. Debemos entender que distorsionan la realidad. Que ofusca. Y que el aura de éxito y progreso que las envuelve es falso. Provocan un entendimiento hipócrita. La aceptación de todos por igual. Una contradicción enfermiza en la vida real.

La consciencia suele evolucionar. Y cuando no lo hace, entra en conflicto consigo misma. Voces, ruidos, aglomeraciones, distintas cosas comienzan a estorbar. Lo que genera caos, entropía. Curiosamente donde todo comienza. Y esto se externaliza, pues vivimos lo que pensamos. Y si es confusión, vivimos confundidos. Lo que explicaría el Bachelet, Piñera, Bachelet y Piñera.

Ahora, la vida se lleva a cabo aquí, precisamente en la consciencia, nuestras decisiones, acciones u objeciones, tienen que ver con ella. Y esta suele articularse en forma colectiva con otras conciencias, en otros niveles, a través de la lectura, el diálogo y nuestras experiencias. Su configuración se realiza en silencio, luego de nuestras acciones o palabras, cuando todo parece acabar, es ahí donde la conciencia toma su rol, y determina, ateniéndose a su contexto, el significado que tendrán en nuestras vidas las variopintas expresiones que existen de ella. Por esto es importante lo que pensamos y hablamos. Y el silencio, porque es aquí donde nace la vida.

TAGS: #Consciencia #Discurso progreso

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