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Emociones mediáticas

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Hemos sido testigos de una profunda consternación en el estado de ánimo de muchos compatriotas luego del accidente aéreo ocurrido en las Islas Juan Fernández. Este inesperado acontecimiento vino a cambiar dramáticamente no solo la agenda nacional sino el foco de preocupación cotidiana de muchas familias. Súbitamente las movilizaciones estudiantiles, que habían capturado durante varias semanas la atención del país, dieron paso a la intensa cobertura dada por los medios de comunicación a esta tragedia.

La temprana confirmación del fallecimiento de todos los pasajeros del vuelo siniestrado y las extensas jornadas de trabajo posteriores para encontrar los cuerpos, algunos de los cuales aún permanecen desaparecidos o sin identificar, fueron construyendo cada día nuevos capítulos de este accidente. Especialmente sensible fue el hecho que figuras de la TV y de la iniciativa Levantemos Chile hayan viajado a la isla para participar de actividades relacionadas con la reconstrucción nacional luego del terremoto. A ellos se suman la tripulación del avión y las profesionales del Consejo de la Cultura que encontraron la muerte cumpliendo sus labores como servidores públicos.

Durante varios días presenciamos cómo en las afueras de TVN se desplegaron miles de saludos a las víctimas del accidente. No obstante, la figura de Felipe Camiroaga fue la que concentró los testimonios más emocionados de las audiencias. Una tristeza verídica pareció multiplicarse en cada gesto de aflicción de tantas personas que lamentaron la muerte del famoso animador, quien durante años acompañó las horas matinales y condujo programas nocturnos en horario estelar. En las redes sociales se confirmó también el enorme cariño y reconocimiento de parte de personas que -seguramente no ven mucha TV- pero distinguen el talento y compromiso de Camiroaga en otras dimensiones humanas. Numerosos cibernautas volvieron a compartir en estas semanas el saludo y adhesión que este animador envió a los estudiantes movilizados días antes de la catástrofe.

Llama la atención la intensidad de las emociones de la gente, tomando en consideración que muy pocas personas conocieron personalmente a alguna de las víctimas del accidente y menos aún al animador del matinal de TVN Felipe Camiroaga. En el caso de él se trata de un vínculo formado a lo largo de muchos años, vivido cotidianamente en la proximidad mediática característica de la TV. Porque “la tele” criticada a menudo por su frivolidad, también es capaz de generar inéditas formas de vinculación e identificación en sociedades altamente segmentadas e individualizadas.

En esta ocasión, nos importa destacar la naturaleza emotiva de la experiencia televisiva. Una vinculación cotidiana con la narrativa audiovisual que no gira alrededor de lo cognitivo (aunque si tiene este atributo), especialmente en el formato de los matinales. Este aspecto de la comunicación masiva, se ha convertido con los años en  una constante de los estudios sobre la relación entre TV abierta y sujetos. De visita académica en el Chile de los años ochenta, la psicóloga alemana Hertha Sturm -a partir de las evidencias de varios estudios experimentales- ya establecía la mayor permanencia en el tiempo del vínculo emocional otorgado por la TV, en comparación con otros medios. A fines de esa misma década, Valerio Fuenzalida definía esta relación al interior de los hogares como un fenómeno lúdico-afectivo. Actualmente los aportes de la neurociencia en las investigaciones de Joan Ferrés ponen a la vanguardia esta línea de trabajo.

Justamente, es ese intenso vínculo afectivo que hemos construido con la televisión la que nos hace valorarla frecuentemente y, al mismo tiempo, criticarla sin piedad. Esa familiaridad. Ese ritual diario satisfactor central de nuestras necesidades de entretención e información, hace que nos envuelva la sensación de ausencia e incluso de pérdida, frente al accidente acaecido en el archipiélago de Juan Fernández el 2 de septiembre recién pasado.

Ello porque para el visionado de TV, la experiencia diaria frente a la pantalla se traslada casi instantáneamente a las conversaciones con amigos, familiares y colegas del trabajo, es decir los personajes televisivos empiezan a ser partícipes del diario vivir. Una cuestión que ya advertían, a principios de los años noventa, Jesús Martín Barbero y Sonia Muñoz en su libro sobre las telenovelas. Entonces, con mayor razón personas reales que nos han acompañado durante mucho tiempo desde las pantallas y con las cuales hemos generado un vínculo emotivo, se nos transformen en un inmenso dolor al momento de constatar su muerte. Más aún, si se trata de figuras altruistas, que hemos visto apoyando acciones solidarias de forma auténtica y que han demostrado honestidad al expresar sus visiones sociales, sean o no concordantes con nuestras creencias.

La tragedia de Juan Fernández ha puesto en evidencia aquellas emociones mediáticas, que atraviesan inasibles los mundos reales de afectos y relaciones tangibles. Nuestras sociedades urbanas, intensamente segmentadas, parecen encontrar en este fetiche mediático –el televisor- el pegamento de millones de experiencias privadas que de otra manera no podrían compartir una experiencia común. Y lo que también deja en evidencia este triste acontecimiento, es la arbitrariedad con que los equipos de prensa suelen mediar en la construcción de esos vínculos, demostrando un sorprendente respeto y delicadeza a la hora de informar diversos aspectos del accidente aéreo, cuestión que contrasta fuertemente, por ejemplo, con la cobertura dada al incendio de la cárcel de San Miguel ocurrido en diciembre del año pasado.

* Artículo escrito junto a Claudio Avendaño, Universidad Diego Portales.

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