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Conflicto, movilización y liderazgo

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El ciclo político que se abre en marzo del 2010 con Piñera ya tiene un rasgo distintivo y propio. La movilización social y ciudadana es un elemento que define y caracteriza a este gobierno. No sólo es parte de su pasado –corto, por cierto-, sino también de su presente y de su futuro.

Antes de llegar al ejecutivo –y en plena campaña- era un escenario que se proyectaba como probable. Fueron muchos los políticos, dirigentes sociales y ciudadanos que planteaban coyunturas de movilización social en un futuro gobierno de derecha. Recuerdo, en estos momentos, las palabras de Aylwin y de Frei a este respecto.

Ganó Piñera y las proyecciones se hicieron realidad y conflicto. Luego de veinte años de silencio la voz de la calle y de los ciudadanos se hace escuchar con mucha fuerza, intensidad y esperanza. Y ante ello, la clase política, el Estado y el gobierno quedan perplejos. El conflicto ha doblegado al consenso. No hay duda, la transición ha terminado y el pacto que fundó el orden concertacionista ha sido superado por las nuevas circunstancias del país.

La emergencia del conflicto social y su expresión en ciudadanos movilizados no es un hecho ajeno a la historia socio-política de Chile. En nuestro país ha corrido sangre muchas veces. Por tanto, la manifestación del conflicto social ha sido una situación común y habitual. Lo que ocurre en el Chile de hoy -por cierto, sin olvidar las lógicas y dinámicas propias de las actuales circunstancias- no es un fenómeno nuevo. Lo extraño fue la ausencia de conflicto durante los gobiernos de la Concertación. Y pregunto, ¿cómo hicieron para desactivar y alejar los potenciales escenarios de conflicto? La respuesta no sólo se encuentra en las características de la emergente democracia y en los vínculos entre los partidos y el mundo social, sino también en las habilidades y en la experiencia de los operadores, dirigentes y liderazgos de la coalición.

El conflicto no es un elemento artificial, histórico y político; al contrario, también es un elemento inalienable a la existencia humana. El conflicto es el motor del cambio social. Como dicen los economistas, “una crisis es una oportunidad”. En esa perspectiva, el conflicto también es una oportunidad. Hay que enfrentarlo, administrarlo y superarlo. No hay que temerle ni imaginar que se trata de actos conspirativos.

Y en este escenario de conflictos y movilizaciones social-ciudadanas en ascenso ¿cómo ha enfrentado tales coyunturas la Nueva Forma de Gobernar?

La respuesta está en boca de todos. Lo han hecho mal. No sólo no han logrado identificar escenarios de potenciales conflictos y cuando lo han hecho no han captado sus especificidades y riesgos, sino que tampoco han tenido la capacidad-habilidad para conducir y articular las negociaciones con el fin de neutralizar y resolver el conflicto. Los costos políticos para el gobierno han sido enormes. No saber administrar “escenarios de crisis” no sólo ha generado malas evaluaciones –que las encuestas captan con mucho interés y facilidad-, sino también posicionamientos muy débiles para las próximas presidenciales.

Sin embargo, no deja de ser curioso el mal manejo de las “coyunturas de crisis” que han tenido. Algunas preguntas; ¿cómo puede ocurrir tal situación en un grupo de empresarios convertidos en políticos?; ¿cómo puede ser que los que transforman una crisis en una oportunidad, los que analizan día a día los riesgos y los que manejan millones de seres humanos no han tenido la capacidad para anticipar, negociar y resolver conflictos?

Quizás, la respuesta se encuentra en su aprendizaje. Hacer negocios y “emprendimientos” sin conflictos ni negociación laboral le está pasando la cuenta a los que transitaron de la empresa al Estado y de la economía a la política. Los que renegaron y eliminaron el conflicto de sus negocios se ven hoy día inundados por coyunturas de movilización y crisis que no han sabido resolver. Se prepararon veinte años para gobernar Chile y olvidaron el tema de la “crisis y el conflicto social”. Las crisis no sólo son económicas. Es más, cuando fueron gobierno al amparo del pinochetismo lo hicieron sin conflicto ni negociación. Cuando, hubo algo semejante se uso la represión y la fuerza.

La Opinión Pública confirma la percepción de que lo han hecho mal. Adimark presenta mes a mes un conjunto de características personales del mandatario. Ellas se dividen en dos tipos; las emocionales y las racionales. Las primeras se refieren a “ser querido por los chilenos”, “tener credibilidad”, “ser respetado” y “generar confianza”; las segundas, a su “liderazgo”, “manejo de crisis”, “autoridad”, “activo-enérgico” y “solucionar los problemas del país”. Las cifras muestran que los atributos racionales son los mejor evaluados. Con Bachelet, ocurre lo contrario.

De los cinco atributos racionales, en cuatro de ellos las evaluaciones superan el 50%. Piñera es “activo y enérgico” para el 59% de los encuestados. Entre Marzo del 2010 y Febrero del 2012, la baja ha sido de 24 puntos porcentuales al pasar de 83% a 59%. Para el 52% el Presidente tiene la “capacidad para enfrentar situaciones de crisis”; al iniciar su mandato llegaba al 76%. La misma cifra se observa para su “capacidad de resolver los problemas del país”; la baja en este atributo pasó del 79% al 52% en el mismo lapso de tiempo. Para el 50% “cuenta con autoridad”; en Marzo del 2010 llegaba al 77%. Finalmente, sólo para el 47% el Presidente tiene “liderazgo”.

La fuerza del Presidente es su racionalidad. Sin embargo, los atributos que dan cuenta de ese aspecto se han debilitando a medida en que las crisis y los conflictos se han ido sucediendo. Uno de los aspectos –entre otros- que definen el alza o la baja en los niveles de aprobación-desaprobación del Presidente y del Gobierno es la capacidad que manifiestan para administrar y resolver crisis. Lo han hecho mal.

Por tanto, mientras no enfrenten de manera distinta las “coyunturas de crisis” en todas sus dimensiones será muy difícil recuperar el poder político-social que han perdido en estos dos años. Hay que empezar por no tenerle miedo y entender que para solucionarlas no sólo se requieren recursos. No todo es plata. Se necesita menos represión y más comunicación. Se requiere, finalmente, un liderazgo más amigable y emotivo. Menos miedo y más confianza.

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