#Medio Ambiente

Salir a la calle a las siete de la tarde

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El conductor sabe que si sigue avanzando el taco lo va a detener justo en la intersección de la siguiente calle, pero no frena. Supone que si deja atrás ese semáforo va a ganar algunos minutos de tiempo. Entonces cambia la luz de verde a rojo en su calle, y de rojo a verde en la que obstaculiza por completo. El conductor aprieta las manos firmes en el manubrio y fija su vista en el auto de adelante como si fuera una revelación divina. Quienes se ven afectados por su detención tocan la bocina con entusiasmo, no como aviso de un peligro sino como señal de disgusto, varios segundos, de manera continuada. Para cuando pueden avanzar han perdido demasiado tiempo, entonces deciden pasar hasta que el último auto obstaculiza la calle que antes los frenó. La misma escena se repite en una arteria y en la otra, alternadamente, y los bocinazos son cada vez más enconados.

Es la hora punta en Santiago. Algunos caminantes cruzan por entre los autos, porque los pasos de cebra no se respetan. Otros cruzan por entre los autos porque así lo hacen desde siempre, en cualquier punto intermedio de la cuadra. Los mendigos que piden monedas a las ventanas cerradas están expuestos a que los noticieros los fiscalicen como si fueran ellos los dueños de las financieras, Isapres y Administradoras de pensiones. O como si fueran los dueños de los canales de televisión que emiten esos noticieros.

En esos mismos momentos, pero abajo, más cerca del centro de la tierra, siempre hay un ciudadano que prefiere pararse justo frente a la puerta del vagón del Metro, para que cuando tenga que bajarse, aunque sea en diez estaciones más, no le impida el paso la marea humana que se apila a sus espaldas. En cada detención, quienes entran y quienes salen murmuran alguna protesta en un tono inaudible, pasándolo a llevar, pero el muchacho los ignora, fortaleciendo su postura para no ser derribado. Su rigidez corporal es verdaderamente meritoria, porque además está atento a que no le metan mano en los bolsillos. Lleva puestos audífonos para escuchar horribles canciones que tatarea mirando nada. Muchos en el vagón tienen los audífonos puestos. Es muy difícil hablarle a un desconocido en Santiago, lo suelen decir los extranjeros que necesitan saber dónde queda una calle. Atrás de él, algunos se refriegan contra el cuerpo de una desprevenida. En la mañana han estado en uno o dos cafés con piernas. Si les dicen algo van a alegar inocencia con la candidez del Ministro que es sorprendido en alguna falta.

Otros peatones prefieren andar en micro, para poder entretenerse por la ventana, respirar mejor aire, pagar algunos pesos menos. Subir es difícil, porque muchos de los que van de pie se apiñan cerca del chofer. Entre los que ocupan los asientos siempre hay una mujer sobre la mitad que da al pasillo, aunque el otro espacio esté vacío. Quizás lo hace para ponerse de pie más rápido cuando quiera bajarse, o para no ser arrinconada por lo que se le aspecta como un delincuente o degenerado, amenazas de piel oscura (“en mi país no hay racismo, si hay como dos negros, no más”). Y cuando alguien quiere ocupar ese asiento vacío, es necesario tocarle el hombro a la mujer, porque ella sola no lo va a ofrecer, ni se va a correr contra la ventana. Entonces, cuando escucha la petición, con rostro afectado repliega sus rodillas, haciéndole sentir su malestar al futuro compañero de asiento. A lo mejor le hablará más adelante, mientras aprieta sus bolsas contra sí ensayando una mueca de reprobación, fijando su vista en el piso, porque ha subido un hombre de pelo largo para cantar algunas canciones del repertorio del nuevo canto chileno.

El conductor se relaciona con el mundo a través de su auto. Es lo que lo define, lo presenta, lo completa. Las variables que maneja para su elección son la santísima trinidad de sus postulados estéticos: porte, lujo y color. Cierra los pestillos para que no lo asalten y las ventanas para que no le pidan monedas. Aprovecha la demora para hablar por teléfono con el manos libres. Gesticula como si su interlocutor lo viera. Mira de reojo el marcador de la bencina, gira su cabeza en ambos lados para ver si alguna minita se ha fijado en su auto, o sea en él, o sea en su virilidad. Divisa a lo lejos un paradero de micros, y se compadece. “Yo voy en auto hasta a comprar pan”, suele decir en las reuniones sociales, contento por aquello. Incluso en su foto de perfil de Facebook se le ve apoyado sobre el capó de su auto.

El muchacho del metro ha llegado a destino. Desciende del vagón lamentando la mala educación de los que entran sin esperar que salgan los que necesitan hacerlo. Sube por las escaleras destinadas a los que van entrando, porque no tiene tiempo que perder, está apurado: va a empezar el noticiero. La mujer también ha llegado a la casa, pero más tarde. Alcanza a tomar el resumen de las noticias, y se lamenta de que la gente honesta esté encerrada en sus casas, mientras los delincuentes caminan libres por la calle.

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01 de junio

Bueno!!!

01 de junio

Muchas gracias, María Elena.

01 de junio

Jajaja… excelente retrato…

01 de junio

Gracias Rodrigo, vengo recién llegando de otra jornada más a esa hora maldita. Abrazo.

01 de junio

Patricio:
Comparto lo que dices en tu artículo. Sobre todo cuando haces referencia al Metro. Por cuestiones de trabajo me movilizo en metro a las 8am («hora punta»), y lo que uno ve, por ejemplo, en la estación Baquedano, es un masa deseosa de entrar a un coche cueste lo que cueste, así tenga que sacarse de encima a una anciana o una niña. Da lo mismo, a esa hora uno está dentro de una baño de multitd.

Un abrazo!

02 de junio

Hola Alex!
Lo de los audífonos lo escuché de ti primero, después le pregunté a otra gente y le pasaba lo mismo.
Lo de tirarse encima de la puerta del Metro es curioso, porque se trata en el fondo de una ponderación: me importa más llegar temprano que ser bien intencionado con el prójimo. Supongo que tiene que ver con jefes que miran con cara de perro al que llega un minuto tarde, no sé.
Abrazo, a ver si vienes al taller uno de estos martes.

02 de junio

Hola Patricio, tu relato podría ser el inicio de un libro. Describe muy bien los diversos mundos que se esconden en cada individuo, en una ciudad que a ratos es horrenda y otras veces hermosa.

Creo que casi todos hemos estado en un atochamiento, o en el metro como sardina, o en buses, dónde lo que menos prima es la civilidad y la decencia en todo sentido. Porque aunque alguien tenga un auto de 12 millones, eso no es garantía de que su comportamiento no sea el de un energúmeno. Basta viajar por las carreteras para verlos, acelerando el andar del resto.

Como decía Ortega y Gasset, cada vez es más fácil encontrarse con petulantes que se cree superiores a los demás.

Por eso, creo que estamos ante una especie de rebelión de las masas, entendida como el desarrollo de una “cultura” desbordada y carente de normas en cuanta vida social e individual, compuesta de una suma de individuos desprovista de toda civilidad.

Lo anterior, no tiene relación con clases o sectores sociales específicos, sino con comportamientos. Con una cultura de masas antisocial, que se ha hecho masiva y que es apreciable en los medios de comunicación, en las calles, supermercados, bancos, espectáculos masivos, y en la política.

Y el riesgo es que ante esa falta de civilidad, el instinto de supervivencia nos haga perder la individualidad y nos vuelva parte de esa masa de energúmenos. Y creo que eso pasa aunque muchas veces no nos demos cuenta…

Saludos

02 de junio

Hola Jorge Andrés:
Te quiero agradecer muy especialmente tu comentario, iluminador en cuanto a lo que subyace a estas actitudes vespertinas.
Uno quiere creer que el tránsito social no va para donde dices, y que no nos transformaremos en un energúmeno más gritando por la calle.
Se puede sostener, sin ser Carlos Larraín, que existe algo parecido a una crisis ética, cívica, qué se yo. Defender la existencia de valores de convivencia en la vida ciudadana no nos aleja del progresismo, al menos como lo veo yo.
Un abrazo,
P.

02 de junio

No vivo en Santiago, pero las veces que he estado allá, claramente me a tocado vivir ese relato que describes, muy bien por cierto.. Agradezco hoy poder verlo como algo lejano y aprecio el vivir fuera de la región metropolitana. Notable descripción de esa realidad santiaguina Patricio.
Saludos

02 de junio

Hola Leo, muchas gracias por tu comentario. He pasado períodos fuera de Santiago, y han sido felices. Supongo que todos los lugares tienen sus lunares, sólo que el de acá es cada vez más grande.
Muchos saludos,
Patricio.

03 de junio

Estupendo relato Patricio. Te faltaron los ascensores, todo un poema de olores e indiferencia.

03 de junio

Hola Jorge.
Uff, los ascensores, la intimidad obligatoria, la mirada en el techo, los que dejan la puerta trancada para que el ascensor no parta mientras hacen algo, los que la cierran antes de que pueda entrar el que espera pero se ha distraido, para así ganar un microsegundo de tiempo, en fin,
Abrazo, nos vemos el lunes.

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