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La fatalidad del paraíso

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Fue en 1968 que el artículo “La tragedia de los comunes” (“The tragedy of the commons”), publicado en la revista Science, llamó la atención sobre el problema que representa la presión de un grupo de individuos sobre recursos naturales limitados, motivados todos en forma racional por satisfacer sus intereses individuales.

El ecologista estadounidense Garrett Hardin planteó esta paradoja aludiendo a los bienes públicos, explicando que al poner éstos al libre acceso del colectivo –una aspiración socialmente positiva- siempre existirá el riesgo de su extinción, incluso teniendo en claro cada uno de los involucrados el perjuicio general que a la postre su acto individual puede generar.


Un desafío presente es qué hacer cuando la saturación poblacional en el resto del país genere un éxodo masivo a otras zonas. Tal es más pertinente hoy cuando la tecnología permite a muchas personas trabajar a distancia.  Es la presión que viven los sectores rurales aledaños a la región Metropolitana, Chile con relación a otros países vecinos y Europa desde hace muchos años con respecto a habitantes de todo el planeta.

En las últimas décadas esta teoría ha quedado demostrada en un sinnúmero de situaciones a las que nos hemos venido enfrentando como especie.  Desde el cambio climático al uso de bolsas plásticas, el actuar humano como un conjunto de acciones destinadas a la satisfacción individual ha expuesto sus límites. A estas alturas no solo afectando a otros, sino a todos quienes dependemos de la biodiversidad. Incluidos entre estos los que sienten la naturaleza prioritariamente como una despensa o un vertedero.

En esto pensaba hace algunos días producto de varios dilemas que cruza el país y particularmente la región de Aysén: la contaminación atmosférica por leña, la introducción de animales domesticados a las áreas silvestres protegidas, la ampliación de la salmonicultura a Magallanes, la sobrepoblación de las ciudades.

En realidad, la tesis de Hardin apuntaba a un fenómeno que es obviado en gran parte de los debates relativos a la presión sobre los recursos naturales.  La sobrepoblación.  Por involucrar aspectos biológicos, legales, políticos, afectivos, morales, no es una materia tan fácil de abordar.  La discusión sobre derechos sociales y recursos naturales básicos para todos y todas representa un desafío, así como hablar de métodos de control de natalidad y la discriminación de quiénes pueden acceder a esos bienes comunes.  ¿Será un criterio el nivel de necesidad, el poder adquisitivo (muchas veces propiedad privada mediante), la técnica, la pertenencia cultural, territorial?  ¿Es más justo que alguien de Aysén acceda al agua, porque en el territorio austral la hay en abundancia, que un nortino, en cuyo suelo hay una severa escasez, tanto por sus condiciones naturales como por actividades productivas que la han agotado con fines económicos?

La reflexión no es irrelevante.  Involucra a todos los territorios donde sus comunidades han logrado ciertos estándares de vida que son vistos con buenos ojos por quienes en ellos no habitan.  Por cierto que mucho de subjetividad tiene esta idea, sin embargo esta línea de pensamiento es la base de los procesos de inmigración y sus efectos (positivos y negativos) en los suelos anfitriones.  Llámese aquello aspirable educación, oportunidades laborales, tranquilidad, naturaleza en estado natural, sentido de comunidad.

Similar ocurre con Aysén. Para quienes aún sentimos un privilegio vivir en la Patagonia con sus particularidades, la mantención de ciertas características es fundamental.  Cualidades que ya no se encuentran en otras zonas del país ni, incluso en algunos casos, del planeta.  La paradoja de lograr este objetivo (mantener Aysén como reserva de vida) puede generar paulatinamente mayor interés por habitar en este espacio de excepción, más aún con los problemas cada día más visibles que representa vivir en las grandes ciudades.

Por cierto que existen barreras naturales y sociales que han hecho de la zona austral un lugar aún no sobrepoblado. Sus severas condiciones climáticas en invierno, la falta de conectividad vial y su compleja geografía, entre otras características sociales, han evitado el arraigo masivo de población, generando que este extenso territorio de Aysén de 108 mil kilómetros cuadrados  (campos de hielo y montañas mediante) aún se mantenga con una densidad poblacional menor a un habitante por km2 (en el Censo de 2017 se registraron 99.410 residentes habituales), con concentraciones urbanas fundamentalmente en Coyhaique (56.823) y la zona de Puerto Aysén-Puerto Chacabuco (23.310).  La densidad poblacional de Chile es 8,77 por km2.

Sin embargo esto, un desafío presente es qué hacer cuando la saturación poblacional en el resto del país genere un éxodo masivo a otras zonas. Tal es más pertinente hoy cuando la tecnología permite a muchas personas trabajar a distancia.  Es la presión que viven los sectores rurales aledaños a la región Metropolitana, Chile con relación a otros países vecinos y Europa desde hace muchos años con respecto a habitantes de todo el planeta.

Es la fatalidad del paraíso. Una reflexión que más que impulsar procesos de discriminación no evolutiva busca un debate colectivo.  Por lo demás, el proceso de selección no natural ha ocurrido desde que el ser humano se transformó en homo sapiens, a partir de la revolución cognitiva de hace 70 mil años. Se profundizó con la revolución agrícola de hace 12 mil, la científica de hace 500 y la industrial de hace 200.  En cada una de ellas hemos dado pasos gigantescos que nos han traído a los dilemas que enfrentamos hoy, como apunta el historiador israelí Yuval Noah Harari en su obra “De animales a dioses”.

Es este un debate aún pendiente, que involucra además de lo ya dicho procesos de organización y ordenamiento territorial.  No enfrentarlo sería sinónimo de una profunda irresponsabilidad.  La irresponsabilidad de la que precisamente nos habla Garrett en su obra magistral.

TAGS: #Aysén #Modernidad #Sobrepoblación

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