#Medio Ambiente

´El mundo se achicharra y nosotros nos enriquecemos`

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El cuestionado apoyo de la ministra Karla Rubilar a su pareja Christian Pino en su candidatura a diputado ha hecho recordar una imagen que, en los inicios del estallido social, el periodista difundió por sus redes sociales.  Corría el mes de noviembre, con protestas, incendios y toque de queda generalizado, cuando el Pino subió a su cuenta de Instagram (que luego borró) una imagen donde se le ve abrazado a la autoridad de gobierno, con la leyenda “El mundo se derrumba, y nosotros nos enamoramos”.


Así con el mercado como puntal.  Estamos a punto de irnos al infierno por nuestras acciones y hay quienes, más que cambiar el rumbo, piensan en cómo vender papas fritas. Viveza le llamaran algunos, otro simplemente la conocemos como oportunismo e irresponsabilidad, que son parte de los valores que nos trajeron hasta acá.

La frase alude a la que Ilsa Lund (personaje interpretado por Ingrid Bergman) dedicara a Rick Blaine (Humphrey Bogart) en Casablanca.  “With the whole world crumbling, we pick this time to fall in love” dijo la joven, cuya traducción más correcta sería “con el mundo entero derrumbándose, escogemos este momento para enamorarnos”.

En días de crisis climática, la diferencia entre una y otra interpretación es fundamental.

La primera, la que el cine de habla hispana acuñó, da a entender que en dicha situación el acto de enamorarse fue un fenómeno que sólo se vinculaba al desastre por compartir el mismo momento.  No hubo relación consciente entre uno y otro.  Y, además, habría sido un camino inevitable, colmado de fatalidad.

La segunda, en cambio, habla de un acto consciente, de elegir enamorarse.  Es tener claridad del caos circundante y, aún así y a pesas de éste, tomar una opción de beneficio personal, voluntaria.

Más allá de entrar en la discusión sobre el guion y el lenguaje cinematográfico, la contrastación es pertinente en un ámbito tan relevante como la crisis climática actual.

El calentamiento global es el principal desafío que haya enfrentado alguna vez la humanidad.  Sus efectos son mundiales, es producido por nuestros propios actos, requiere del esfuerzo generalizado para revertirlo y pone en riesgo nuestra supervivencia y la de las otras especies.

Pero aunque sea una tarea monumental, es parte de una empresa mayor:  recomponer la relación de nuestra especie con las otras especies y las plataformas naturales que permiten su existencia.  La crisis, en el fondo, es ecosistémica, donde la climática es una fundamental, pero una más.

En pocos días comenzará en Glasgow, Escocia, la COP26.

Han pasado escasos meses desde que en agosto el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) emitiera su sexto y último informe, donde constató fehacientemente que “muchos de los cambios observados en el clima no tienen precedentes en miles, sino en cientos de miles de años, y algunos de los cambios que ya se están produciendo, como el aumento continuo del nivel del mar, no se podrán revertir hasta dentro de varios siglos o milenios”.  Y en esto, “es evidente que el clima de la Tierra está cambiando, y el papel de la influencia humana en el sistema climático es indiscutible”.

Algunos medios internacionales han calificado este reporte como “devastador”.  Incluso el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, señaló que es un “código rojo para la Humanidad….  La campanadas de alarma son ensordecedoras y la evidencia es irrefutable“.

Con tales anuncios, uno podría pensar que los esfuerzos generalizados irán todos en dirección a detener su avance.

Como en la fábula del sapo y el escorpión, los cambios deben ser más profundos.  La cultura de extractivismo y mercantilización de la naturaleza, que es el origen del problema en discusión, se mantiene y pretende aprovechar la crisis para hacer negocios.

Desde hace ya algunos años las potencias están viendo la importancia para el comercio global que tiene el derretimiento de los hielos, al abrir nuevas rutas para los buques de transporte de mercancías.

Pero no sólo eso.

Los países del entorno se han lanzado a la conquista de los recursos naturales hasta ahora escondidos bajo el hielo. Según datos del Servicio Geológico de los Estados Unidos, allí descansan hasta el 30% de las reservas de gas mundiales por descubrir, así como un 13% de los yacimientos de petróleo. Minerales como oro, plata, níquel y también diamantes completan el botín” alertaba ya en 2011 la Deustche Welle.

Pero no hay que mirar tan lejos para ver cómo el desastre climático a algunos les abre el apetito.

La agricultura industrial es un buen ejemplo. Para seguir como hasta ahora, más que evaluar si el modelo productivo ha sido responsable de la crisis ecosistémica y climática (matar el suelo mediante químicos que son derivados del petróleo no son muy CO2-inocuos) intentan replicarlo en lugares donde haya más disposición de agua y, ¡bendito desarreglo ambiental!, las temperaturas sirvan a sus fines.

Y qué decir de la minería y las eléctricas, que con la utopía full electric no cuestiona el consumismo sino que nos vende renovables a gran escala y almacenamiento gracias al litio, sin una sola palabra sobre la degradación de territorios e intervención de comunidades.

Así con el mercado como puntal.  Estamos a punto de irnos al infierno por nuestras acciones y hay quienes, más que cambiar el rumbo, piensan en cómo vender papas fritas. Viveza le llamaran algunos, otro simplemente la conocemos como oportunismo e irresponsabilidad, que son parte de los valores que nos trajeron hasta acá.

Porque, y no cejaremos en repetirlo, la señal que nos está dando el planeta con la crisis climática no se restringe exclusivamente a emitir menos CO2, metano u otros contaminantes. Lo que en el fondo nos está diciendo es que como especie hemos hecho las cosas muy mal en nuestra relación con nuestra propia especie (en términos actuales y futuros), y con las otras también.   Si no entendemos aquello, cualquier alternativa de solución será más de lo mismo, pero con otro nombre.

TAGS: #CalentamientoGlobal COP26 Emergencia Climática

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