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Educación y sociedad

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Hoy existe un retroceso hacia la vieja escuela que coexiste con los paradigmas más avanzados, convirtiendose en la misma escuela que vigila pero no castiga, la enciclopedista pero sin razonamiento, la de la producción, la apolítica, la educación ermitaña. La escuela cumple cabalmente con los estímulos que le entrega la sociedad, a través de la segregación.

El mundo actual se vuelve cada vez más complejo, los distintos tipos de conocimientos técnicos se multiplican y la información circula con gran rapidez. La globalización ingresa en los hogares, la tecnología se vuelve una necesidad y emergen nuevas formas de sociabilizar. Las escuelas buscan una excusa para hacer frente a los cambios, pero finalmente terminan cediendo a la rígida estructura del currículo oficial, impuesto desde el Estado y sus instituciones.

Los nuevos enfoques pedagógicos exigen la participación y democratización del saber (Pizarro, 2003), no sólo bajo parámetros internacionales, sino –y sobretodo- bajo principios que son fundamentales para su elaboración, atendiendo a la diversidad, multiculturalidad, inclusión y transversalidad del país, sustentada en los derechos humanos según la misma UNESCO. Un camino cuyo norte sea  la construcción de una identidad común, el desarrollo del pensamiento reflexivo al interior de las aulas y por adición como una forma de re-pensar la sociedad.

La Conciencia Crítica en la crisis de la «Modernidad»

La idea de «Hegemonía» fue desarrollada por A. Gramsci para explicar las formas en que la sociedad se encuentra dominada en sus distintas esferas y especialmente en el campo cultural. En ese sentido, el Estado y la sociedad civil se articulan a través de organizaciones culturales, sociales y políticas, que al dominar el aparato productivo –por parte de la clase dominante– se ejerce un monopolio sobre los organismos de difusión y la libertad informativa para imponer su filosofía, su moral, sus costumbres (Marx y Engels, 1932).

Desde la perspectiva señalada, se impone un «sentido común» que favorece el reconocimiento de su dominación, un sistema que ha imperado en la educación formal para moldear las mentes de cada estudiante que sale de la «fábrica» de conocimientos. En la actualidad, al campo de acción de la pedagogía –y por tanto del docente– no sólo le compete la enseñanza y educación, sino que se vislumbra una idea de generar un «producto de calidad», cuantificable y deshumanizado, que se traduce en una explotación y pauperización de la labor docente.

Las escuelas y sus símbolos «estandarizadores» arremeten continuamente contra el quehacer de la realidad social (Touraine, 1997; Giroux, 1990), complementan las construcciones hegemónicas que han sido impulsadas desde las élites en el poder, obviando la emocionalidad del aprendizaje y sus contextos propios, tornándose un elemento de tensión entre los que manipulan y los que son manipulados (Freire, 1990). Por ello, es necesario analizar los componentes ideológicos del discurso educativo, para poder llevar a cabo políticas que desarrollen las relaciones sociales, propias del encuentro en el aula y su acción transformadora sobre la realidad.

Enseñar a pensar debe ser entendido como un desafío permanente, especialmente dados los últimos giros que se manifiestan como una constante separación entre el saber académico, la experiencia vivida y la enseñanza en las aulas. Existen varias salidas para entender a la modernidad –y ninguna de ellas es de carácter arbitraria–, pero es innegable que la función socializadora de las escuelas aún sigue siendo importante, de modo que es en ella donde debiese desarrollarse un pensamiento crítico y de carácter profundo, como medio de apertura a los cambios sociales y a la diversidad.

La escuela no puede desprenderse de los intereses sociales

Los discursos modernos al interior de las escuelas demuestran sus esfuerzos por vincularse con los requerimientos sociales, pero en su praxis replican un modelo post-industrial de enseñanza/producción. En un primer momento existió un enfoque religioso que formaba en valores a jóvenes propensos a la tentación y apetencias naturales, según M. Foucault. Más tarde se puso énfasis en los conocimientos enciclopédicos que formaron el pensamiento de las élites, ya que hay que recordar que el verdadero acceso a la educación sólo era alcanzado por las clases altas.

Posteriormente en el siglo XIX, autores como Durkheim, Alain y Cháteau sostienen que educar es elegir y proponer modelos a los alumnos con claridad y perfección. El docente pasó a ser un «mediador» entre el conocimiento y el individuo, a través de un trabajo sistemático consistente en: simplificar, preparar, organizar, y ordenar, derivado del método científico aplicado a las humanidades y la incorporación de una clase media emergente.

La nueva escuela o enfoque contemporáneo de la educación surgió en el siglo XIX, aunque se puede encontrar algunos de sus principios basicos en el Renacimiento, denunciando los vicios en la educación tradicional: pasividad, intelectualismo, magistrocentrismo, superficialidad, enciclopedismo, verbalismo y definiendo un nuevo rol a los diferentes participantes del proceso educativo y proponiendo un modelo menos rígido de enseñanza.

Hoy existe un retroceso hacia la vieja escuela que coexiste con los paradigmas más avanzados, convirtiéndose en la misma escuela que vigila pero no castiga, la enciclopedista pero sin razonamiento, la de la producción, la apolítica, la educación ermitaña. La escuela cumple cabalmente con los estímulos que le entrega la sociedad, a través de la segregación. Se mantienen el statu quo y de esta forma aparece una fuerza de trabajo ignorante: sin artes, sin historia, sin filosofía y, por ende, sin participación.

A modo de respuesta

La forma en que se conciben los hechos sociales permiten comprender los procesos de la sociedad, sobre todo cuando entendemos a la educación como desarrollo y como derecho.La escuela se convierte en un reflejo de las diferencias económicas y las injusticias sociales, un ideario común inconcluso y la falta de acceso libre a la información y a la cultura.

La forma de hacer oposición a la hegemonía cultural de las élites, es la construcción de una identidad común. Una realidad propia y compartida para percibir el mundo, un sentido común propio. Esta forma de resistencia no sólo se logra accediendo al poder político, sino también creando y difundiendo una nueva concepción del hombre y de la sociedad, por medio del discurso en las aulas y asumiendo el rol transformador del docente por medio de una educación activa (Freire, 1991,1998).

El educador tiene un papel fundamental y participativo en la construcción de nuevos paradigmas y supuestos pedagógicos, por ello no hay recetas para ser mejor educador, docente o profesor, pero existe la capacidad de generar un nuevo sistema educacional que asuma las necesidades actuales del país. Ello significa otorgar la libertad para acomodar los planes y programas del Ministerio de Educación a las distintas realidades del país. Esto exige esfuerzo por repensar la educación, asumir un rol activo en la construcción del pensamiento y, por sobre todo, enaltecer nuestra labor docente.

Es imperante alejar la moralidad de la escuela –como sistema opresor de la conciencia– desarrollando y fortaleciendo valores comunes, el desarrollo pleno de las capacidades afectivas y cognitivas, donde cada sujeto pueda decidir por su propio bien y el bien colectivo, fortaleciendo los lazos con la sociedad para conseguir una educación libre, democrática y participativa.

Referencias

– BAZÁN, Domingo. Ciencia y pedagogía: Los caminos de la cientificidad en El oficio del pedagogo. Buenos Aires: Homo Sapiens, 2008.

– BAZÁN, Domingo; RUZ, Juan. “Transversalidad Educativa: La pregunta por lo instrumental y lo valórico en la formación. Pensamiento Educativo”. Revista de Investigación Educacional Latinoamericana, Santiago: Pontificia Universidad Católica, Volumen 22, pp. 13 -39.

– FREIRE, Paulo. La naturaleza política de la educación, cultura, poder y liberación. Barcelona: Paidós, 1990.

– FREIRE, Paulo. Pedagogía de la Autonomía. Editorial Siglo XXI. Barcelona: Paidós, 1997.

– FUENTES, R.; GAMBOA, J.; MORALES, K; RETAMAL N. “Jean Piaget, aportes a la educación del desarrollo del juicio moral para el siglo XXI”. Revista Convergencia Educativa. Talca: Universidad Católica del Maule, 2012, pp. 55 -69.

– GIROUX, Henry; PENNA, Anthony. “Educación social en el aula: la dinámica del currículum oculto” En su: Los profesores como intelectuales. Hacia una pedagogía crítica del aprendizaje. Barcelona: Paidós, 1990

– HOYOS, Carlos «Pedagogía de la modernidad. Estudio introductorio». Epistemología y objeto pedagógico. México: UNAM/CESU/PIV, 1997

– MOLINA, Víctor. Educación, evolución e individuación. Revista Prelac, Nº 2, 2006. pp. 76-89

– PIZARRO, Marino. “Educación, Democracia y Participación”. Revista Enfoques Educacionales, Santiago: FACSO/Universidad de Chile, 2003, pp. 101 -103

– TOURAINE, Alain. ¿Podemos vivir juntos?. México: Fondo de Cultura Económica. 1997.

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