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Esclavitud; el costo de la heterosexualidad: Descalabros (una novela en crowdfunding)

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Queridos amigos, les ofrezco un capítulo de mi novela Esclavitud;el costo de la heterosexualidad que se encuentra en este momento en campaña de crowdfunding por la editorial española Pentian, editorial que tiene un comité editorial para la selección de los libros, lo que es una garantía de seriedad. Si te interesa apoyar la iniciativa y terminar el libro, solo haz click aquí.

¿Cuándo la sociedad de consumo llegará a la saciedad de consumo?
Mafalda (Quino)

Todos terminamos llamándolo “El Enano Maldito”. Se ganó la parte de “El Enano” por el simple hecho de ser más bajo del curso. La historia de su malditismo, en cambio, es mucho más interesante, pues fue por una hazaña que en su tiempo bordeó el heroísmo: luego de que temerariamente le gastó una broma pesada –que nadie recuerda bien y poco importa– al más grande, fuerte y violento del curso, el gigante respondió apenas llamándolo “enano maldito”. En aquellos días la palabra ‘bullying’ no existía en español, sin embargo, sí había bullying, pero tenía ciertas reglas y no se veía bien que un tipo alto golpeara a alguien más pequeño, por lo que el malvado “Enfermo Gatica” –cuyo apodo expresaba muy bien su aspecto temible– no pudo sino reprender verbalmente a nuestro pequeño condiscípulo. Aquello fue una demostración de un poder tal, que Raúl Vivar se transformó oficialmente en “El Enano Maldito” y comenzó a usar el apodo con orgullo como parte de su nombre cristiano. Para antes de la graduación, sin embargo, ya había alcanzado al resto de la clase en estatura, aunque no por ello quiso renunciar a su bien ganado título.

De aquello hace más años de los que me apetece contar. He seguido en contacto esporádico con Raúl, sobre todo después de la aparición de Facebook, y continúa siendo un personaje digno de interés; siempre estableció sus propias reglas, como lo demuestra la asunción voluntaria y exitosa de su apodo, y suele estar enterado de las cosas más insólitas, pues toma cursos de extensión sobre materias tan extravagantes como, por ejemplo, historia de la ciencia ficción o introducción a la exobiología –biología de posibles seres extraterrestres–. Me visitó para algunos cumpleaños y, si bien amigos, lo que se dice amigos, no hemos sido, creo que estamos más o menos enterados el uno de la vida del otro. Así fue que este año me invitó a su fiesta de  cumpleaños número cuarenta y tres, a celebrarse en un bar que no conocía, lo cual no es extraño, dado que mi reciente prontuario de hombre casado me alejó de los cotos de caza nocturnos. La invitación llegó en el complicado período tras mi separación, por lo que decidí que asistir era un deber moral y terapéutico: el “Enano Maldito” prometió la presencia de “doncellas”, aunque no garantizó dicha calidad en las damas, pero poco importaba. Si no tengo suerte con ellas –cosa muy probable producto del óxido de mis habilidades seductoras– podré disfrutar de los conocimientos, el agudo sentido de la ironía, el humor ingenioso y ese precioso manejo del lenguaje del “Enano Maldito”, y supongo que de sus nuevas amistades, pues no puedo imaginarme a alguien como él rodeado de imbéciles. Siempre me llamó la atención que no escribiera, aunque sospecho que tiene escritos escondidos en algún lado y que de pronto saldrán a la luz para dejarnos a todo el resto de los supuestos profesionales –semi profesionales, Chile no da para más– como simples aficionados. Imagino universos lovecraftianos, o acaso aventuras interplanetarias con un delicioso sabor anticuado a Ray Bradbury.


Queridos amigos, les ofrezco un capítulo de mi novela Esclavitud;el costo de la heterosexualidad que se encuentra en este momento en campaña de crowdfunding por la editorial española Pentian

Pese a que “El Enano Maldito” es un personaje tan atractivo, no mucha gente de la época sigue en contacto con él. Aquello se debe no solo al natural distanciamiento que producen los años, sino, sin duda, al macabro episodio que protagonizó cuando fue a hacerle aquel escándalo de celos a Victoria Jara. Ella comenzó a salir con un chico de primer año de la universidad, destrozando de esta manera el corazón del desdichado “Enano Maldito”. En defensa de la inocente Vicky, hay que decir que ella jamás tuvo una relación con Raúl y que solo supo de la existencia de tan fuertes sentimientos luego de aquella escena, que pocos vieron, aunque todos nos enteramos, y que tuvo lugar frente a la casa en la que ella aún vivía con sus padres, quienes, según se cuenta, estuvieron a punto de llamar a la policía. Esto sucedió poco tiempo después de que nuestra clase terminara la enseñanza media, mientras que Vicky seguía en ella, pues era un par de años menor que nosotros. La historia se comentó ampliamente entre alumnos y ex alumnos del colegio de cuyo nombre no quiero acodarme nunca más. Desde entonces Raúl fue mucho más discreto con su vida privada y, salvo por Gabriela Rojas, quien casualmente era conocida mía porque trabajamos juntos en una universidad privada, no le he vuelto a conocer a ninguna otra pareja, pues, desde entonces, es muy discreto sobre el tema, aunque se sabe que castidad no ha guardado.

Supimos, luego del incidente con Vicky, que el buen “Enano Maldito” estuvo en tratamiento psiquiátrico, lo que demoró sus estudios de ciencia política, pero finalmente pudo terminarlos y acomodarse en alguna dependencia del Estado, en donde ha permanecido sin mayores sobresaltos hasta donde sé. Espero ser capaz de seguir sus pasos, porque mis glorias artísticas no impidieron que mi ex mujer se fuera con Marcel Miller, el viejo neurólogo con plata, y no me llevo muy bien con la soledad: necesito procurarme una tranquila vida heterosexual monógama.

Por ahora, me dirijo raudamente en mi motoneta blanca a su fiesta de cumpleaños, a la que voy atraído no solo por la promesa de doncellas ni por que me gustaría profundizar el contacto con tan ingenioso personaje –y acaso descubrir sus escritos secretos–, voy porque necesito, sobre todo, encontrar nuevos círculos sociales. Mis amigos de siempre están bien y me son queridos, pero son solo parejas casadas o “arrejuntadas” de manera sólida, hombres o mujeres con las que hace mucho tiempo estamos en la ahora siúticamente llamada friend zone, como si nuestro castellano no tuviera palabras elocuentes. Esta noche será también mi primera vez como cazador-presa enfrente de mujeres desconocidas en casi una década, lo que me pone algo nervioso. Sin embargo, considero que enfrentar esta situación es un ejercicio necesario que debo, sí o sí, cumplir. Todavía creo que mi nueva soltería debe durar lo menos posible, porque ya paso los cuarenta y la edad senil se aproxima cada vez más rápido y de manera inexorable. No espero encontrar a mi segunda esposa esta noche, pero sí espero, al menos, practicar un poco aquella conversación anodina que permite llevarse a alguien a la cama. Mis expectativas, sin embargo, están moderadas para conformarse con mucho, mucho menos. Sé que mi falta de entrenamiento hace poco probable que pueda ser capaz de dormir con alguien que apenas conozco, dado aquel óxido que corroe mis habilidades conversacionales. En todo caso, un correo electrónico o una amistad de Facebook me parecen conquistas suficientes y aspiraciones razonables para hoy.

Estaciono mi motoneta frente a la entrada del bar y anuncio que voy a la fiesta de cumpleaños de Raúl Vivar. Un portero moreno y más pequeño que yo busca mi nombre en una lista, igual que en las películas norteamericanas, salvo porque el muchacho es menudo y no de raza negra. Me dice que suba al segundo piso y, comedidamente, me informa que no hay problema si dejo mi motoneta donde la dejé. Agradezco el gesto. En la Universidad de Chile mis colegas me hacen bullying diciendo que ando en una moto de monja –y son filósofos, se supone que la gente más inteligente y profunda del país–, pero le tengo un gran cariño a mi Honda Elite 125, porque me transporta a buena velocidad por la ciudad y da treinta y cinco kilómetros por litro. Aquello es un ahorro nada despreciable.

Luego de subir una escalera convenientemente cubierta de goma antideslizante y franqueada por paredes rojas, llego a un antro que me agradaría mucho más si la música no estuviera tan alta, pero no espero perfección. En una esquina, ocupando poco menos de la cuarta parte de todo el piso, veo al “Enano Maldito” presidiendo un grupo de alrededor de veinte personas, parejas en su mayoría, pero distingo suficientes mujeres solas y ningún hombre en la misma condición. La cosa promete. Primero, sin embargo, debo presentar mis respetos y mi saludo de cumpleaños a mi viejo condiscípulo, y lo hago diciendo su apodo a viva voz.

–Ahora solo Raúl, por favor –me corrige.

Estoy perfectamente consciente de que somos adultos –lo que quiera que eso signifique– y de que tal vez deba mantener ciertas formas, sin embargo, algo me molesta mucho más que tener que llamar ‘Raúl’ al “Enano Maldito”, es una vaga incomodidad, pero la ignoro. Alguien pregunta por qué le decíamos “El Enano Maldito” y Raúl –qué extraño llamarle así– se limita a explicar que alguna vez fue el más bajo del curso, lo que ha perdido toda su relevancia, dado que ahora somos básicamente de la misma estatura e incluso quizá él sea un poco más alto. No hay ninguna referencia a “Maldito”, que es la parte más interesante del apodo, el título de nobleza. Hubiera esperado escuchar un relato épico como los de antes, con “El Enfermo Gatica” descrito como una especie de Cthulhuy la condecoración escolar elevada a la categoría de un ducado, pero no, no ocurre nada de eso.

Jaime, Leticia, Romina y Félix, otros ex condiscípulos, estaban también invitados, pero he llegado lo suficientemente tarde como para saber que ellos no vendrán y me siento un poco desolado, puesto que tendré que pasar directamente a la conversación con la gente desconocida y no tendré ninguna instancia de preparación. Respiro hondo. ‘Raúl’ me deja para atender al resto de sus invitados, pero antes me presenta a una muchacha no desagradable, aunque no dice su nombre.

–Arturo es filósofo, poeta, escritor y guionista. Escribió el guión de… que salió en el Festival de Viña –no es una mala presentación, creo. Hasta ahora, mis únicos trabajos que han tenido relativa trascendencia han sido mis guiones. Mi novela tuvo excelentes críticas, pero malas ventas y de la poesía no se puede esperar nada en estos días en que todos la escriben y nadie la lee. De la filosofía ni hablo, porque se ha transformado en una disciplina aislada de la que solo sabemos los filósofos, mientras que el público general permanece atado a tradiciones y prejuicios cuando se trata de discutir cuestiones relevantes.

–No veo nunca el Festival de Viña –dice ella. Con su antipatía se ha ganado mi simpatía y respeto. Yo tampoco lo veo, a no ser que tenga que ver el resultado de mi trabajo, cosa que no ha ocurrido desde aquel 2007.

“El Enano” me deja conversando con la mujer.

–¿Has probado la cocaína? –Es lo primero que me dice.

Alguna vez, hace muchos años, alguien me hizo jalar una línea cuando estaba ebrio y no tenía voluntad para negarme. Instantáneamente la sustancia me despertó y me dio una desagradable vigilia artificial que me hizo apretar los dientes. Ahí entendí por qué se dice que los consumidores andan “duros”. Luego de ello, nunca volví a consumirla y me cuesta imaginar que alguien se haga adicto a una sustancia tan anodina. Refiero mi experiencia a la joven. Ella tiene el pelo liso y castaño, los ojos grandes y se sienta con las piernas tensamente cruzadas. Me cuenta que la semana pasada lo hizo por primera vez en mucho tiempo sin droga y yo, ingenuamente, le pregunto qué fue lo que hizo.

–El amor, obvio –me responde.

Luego continúa revelando lo difícil que le resultaba tener orgasmos sin ponerse polvos blancos en salva sea la parte, y me refiere su último coito sin droga como una especie de triunfo físico y moral, pues está en rehabilitación. Claramente la muchacha tiene pareja –pienso– y por un lado agradezco al azar por ello, dado que no sé si esté en condiciones de tener una relación siquiera casual con alguien como ella, además de que no estoy dispuesto a poner cocaína en mis genitales en caso de una recaída.

Se llama Isabel. Lo sé luego de saber que el ejercicio del derecho era para ella una tortura, porque debía hablar delante del majestuoso estrado del juez y aquello la aterraba. Por ello comenzó a consumir, pues “dura” se sentía lo suficientemente fuerte para enfrentar todos los tribunales, defensores y acusados del país. No está trabajando, pidió una licencia médica para terminar de rehabilitarse y teme recaer cuando tenga que enfrentar de nuevo los procedimientos criminales. Yo tiemblo. Ella es demasiado para un convaleciente de un adulterio y un subsecuente abandono. En algún momento, tal vez impulsado por las revelaciones de Isabel, cuento mi propia historia. Ella me dice que todavía no he superado la ruptura y yo sé que ella no me ha revelado nada nuevo. Se acerca gente que ella conoce y se saludan, me presentan, me saludan y yo aprovecho el momento para escabullirme al bar y obtener algo de beber. Ahí está de nuevo “El Enano Maldito” quien me pasa una tarjeta celeste que vale por un trago, las tiene como parte de su fiesta de cumpleaños. Le doy las gracias tratándolo por su apodo, pues no tengo la presencia de ánimo para recordar llamarle ‘Raúl’. Esta vez no parece molesto.

El bar ténder recibe la tarjeta y le pido pisco con Coca-Cola Zero, pues hace dos años he dejado de consumir azúcar, como corresponde que haga un hombre responsable que supera los cuarenta. No está en mis planes dejar el alcohol, la vida es insoportable si uno pasa toda la semana sobrio.

–¿Has sabido de Vicky? –Me pregunta Raúl.

Le pregunto cuál Vicky, porque no puedo creer que me pregunte por Victoria Jara, pero es precisamente lo que hace. Le digo que sé que es bioquímica, que tiene un niño, que hace clases en la Facultad de Medicina, que rara vez la veo porque yo trabajo en la de filosofía. No son muchas novedades e imagino que ha de estar decepcionado. Luego me mira a los ojos y me interroga de nuevo.

–¿Qué pasó entre Gabriela y tú?

Los tiempos en que Gabriela y Raúl fueron pareja se me antojan inmemoriales. Ella se casó hace años con alguien a quien no he conocido. En general siempre me llevé bien con ella, pero el problema fue que, en mi única novela publicada hasta ahora, uno de los personajes se llamó Gabriela Rojas. Juro que cuando elegí el nombre no pensaba en la Gabriela del “Enano Maldito” y que solo noté la coincidencia cuando recibí la maqueta corregida del libro para aprobarla. Mi Gabriela Rojas no tenía ningún parecido con la de la vida real salvo por el nombre, por lo que consideré la coincidencia sin importancia y no hice ninguna modificación. La ex novia del “Enano” encontró la anécdota divertida y se sintió halagada, tal vez sin razón, pero era mejor no discutir. Raúl me mira escudriñando mis ojos para extraerme la verdad, pero la verdad es la que le acabo de contar y no hay más. Dos muchachas recién llegadas se acercan a darle el feliz cumpleaños, de paso me saludan y se presentan. Una de ellas también se llama Gabriela, lo que espero que disipe un poco la paranoia de Raúl por aquellos tiempos ya remotos. Tras ellas aparece un tipo que no me saluda ni se presenta, pero que parece ser compañero de trabajo del “Enano”, puesto que rápidamente comienzan una conversación solo para iniciados, lo que fuerza a las recién llegadas a conversar conmigo. Entonces comienza a sonar Personal Jesus, en la versión original de Depeche Mode y, en una pantalla gigante que recién advierto, pasan el video de la canción –supongo que la historia de la cocaína en los genitales era más interesante y que cautivó tanto mi imaginación que no noté la enorme pantalla–.

–Me encantan los Depeche y la música de los ochenta –comienza Ingrid, la chica que no se llama Gabriela. Luego explica que no entiende que no le guste la música de su época y prefiera la música de los ochenta y noventa a la contemporánea. No parece tan joven y sin que le pregunte me revela que tiene treinta y cinco años, por lo que la música de los ochenta es perfectamente coherente con su generación. Le explico que lo que sucede es que casi no hay más música de distribución comercial dado que el MP3 hizo demasiado fácil el pirateo. Por ello es que los nuevos músicos deben vivir de sus conciertos y se producen pocas cosas nuevas de distribución masiva, salvo por el insoportable reguetón, que puede producirse a muy bajo costo –algunos colegas demasiado optimistas ven en él una forma de resistencia y me han acusado de academicista por odiarlo, mientras ellos se fuerzan no solo a oírlo, sino a estudiarlo de acuerdo a la analítica del poder de Foucault, pero creo que referir estas profundidades está de más–. Luego Ingrid enumera bandas de los ochenta y noventa con gran erudición. A mí, que soy de la época en cuestión, me sorprende con su sabiduría, aunque ella tampoco sea de una generación tan distante. Trato de cambiar el tema, pero la joven sigue enumerando bandas e hitos que superan mi pobre conocimiento. Entre medio he logrado que me revele que es médico, que no tiene todavía especialidad, pero luego sigue enumerando las radios que le gustan en el dial y en internet. Finalmente me pregunta si me gusta la música, lo cual tiene obviamente una respuesta afirmativa: a nadie no le gusta la música. Nuestra coincidencia en parte de mis gustos musicales, y la totalidad de los suyos, me asusta. Ingrid continúa como si hubiera apretado el ‘play’ de un antiguo Walkman, pero no puedo encontrar el ‘stop’. Me doy cuenta de que ha encontrado en su afición a la música de consumo de un período su identidad y me parece una identidad pobre, unidimensional y comienzo a cansarme. ¿De qué hablará el divertido y culto “Enano Maldito” con esta gente? ¿Cómo llegaron a volverse sus amigos? Supongo que la rutina del trato diario o simplemente frecuente, unida a la falta de tiempo para buscar gente mejor, hicieron que el pobre Raúl terminara por asimilarse con estas personas. La muchacha que sigue hablando de música no parece tener ideas políticas, ni posiciones morales o metafísicas de ningún tipo –cómo si alguien supiera qué es eso–. Mis intentos de llevar la conversación a esos o cualquiera otros puntos son infructuosos. Entonces Gabriela, que ha estado en silencio –yo apenas sí he podido hablar– hace por fin su aparición en el difícil mundo de la conversación.

–Yo soy budista –dice.

Me parece un tema extraño, pero no importa, pues sucede que yo también soy o fui budista –a estas alturas es cuestión de opiniones, supongo que mi formación filosófica me lleva a un grado menor o mayor de heterodoxia en todos los aspectos, lo que hace que mi relación con las comunidades budistas sea al menos complicada–. No es el lugar ni el momento para tales honduras, pero la posibilidad de comunicarme por fin con alguien acerca de un tema común, y menos irrelevante que la música de consumo, se siente como la salvación.

–¿Theravadao Mahayana? –Pregunto con inocencia.

–Ninguno, así no más.

Todos los budismos vigentes pertenecen a una de las dos escuelas, por lo que no es posible que nadie sea budista “así no más”. Sin embargo, existen maestros, tales como los Zen (Mahayana), que no enseñan teoría a sus discípulos y simplemente los hacen sentarse a meditar sin mayores explicaciones. Le pregunto en dónde tomó refugio. La toma de refugio es la iniciación por la que todo budista debe haber pasado. Básicamente, consiste en la repetición de la plegaria de refugio que reza: “tomo refugio en Buda, el maestro, en Dharma, la enseñanza y Shanga, la excelente orden” o comunidad. Esta fórmula debe decirse en lengua vernácula, sánscrito, pali, japonés o tibetano antes de cualquier tipo de meditación.

–Lo que pasa es que leí un libro, me gustó y soy budista –me aclara destruyendo toda mi presunción de buena fe, insultando mi profesión, mi inteligencia y mi heterodoxa e irregular práctica del budismo, que, de ser más ortodoxa, debiera inundarse de compasión en vez de ira, pero he pasado por meses complicados. Si el libro no explicaba lo del Mahayana y el Theravada, debe haber sido un libro menos que mediocre, aunque sospecho que no fue más que un artículo en algún suplemento de “El Mercurio” o en alguna revista superficial.

–Entonces no eres budista –aclaro con cierto malestar y vuelvo a la esquina que ocupa el grupo y me siento en silencio. A mi lado se sienta una mujer que no había visto, pero con un cuerpo que pocas veces se ve, por lo que sospecho que ha llegado hace poco. La miro, pero ella me ignora; creo que con algo de coquetería. No hay nadie más a su lado por lo que es perfectamente posible hablarle, pero ya no tengo la energía para un ejercicio semejante, sobre todo porque, en mi silencio, he escuchado las además las irreproducibles conversaciones ajenas. Miro al bar y veo que ya no hay nadie del evento al que estoy invitado. Me acerco, compro otra piscola, la bebo mientras observo a la gente del cumpleaños. De pronto, noto que en el piso de abajo gente se mueve. Hay una escalera que me permite ver el principio de una pista de baile e imagino que nuestro evento terminará allí. La música no es mala, es de mis tiempos. Claramente el lugar en el que estoy es un coto de cacería diseñado para personas entre los treinta y los cuarenta. Vuelvo a mirar al grupo y ahora sí siento la compasión Mahayana que debí sentir cuando la “budista” me habló, pero siempre he sido un mejor teórico que práctico. Mi compasión es para Raúl, “El Enano Maldito” que parece tan a gusto entre aquellos seres anodinos. No sé si finge o si realmente lo disfruta. La conversación que alcancé a oír hace unos momentos, al lado de la cariátide que posó a mi lado, oscila solo sobre consumo: el nuevo auto, las vacaciones en un resort, la cocaína –lo más auténtico de la noche–, la música (de consumo), el nobleDharmadel Buda, rebajado también a bien de consumo que viene gratis con alguna revistita anodina. Hombres y mujeres comparten el mismo género de frivolidad,  en una igualdad que no creo que sea la buscaron las feministas tan serias de antes. Me invade un agotamiento que claramente no se explica por la aburrida reunión de la universidad que me obligó a llegar tarde. Tarde en términos relativos, pues hay gente que acaba de llegar, como la morena del cuerpo escultural que se sentó a posar a mi lado hace un momento y que ahora es abordada por alguien con más ánimo que yo, tal vez alguien que está “duro”. Me acerco finalmente donde mi amigo, recojo mi enorme casco y me despido. Me acerco a la chica en rehabilitación, pues percibo en ella al menos cierta luz de autenticidad y también me despido. Isabel me sonríe y vuelve al diálogo con los demás. Al resto les hago una mera señal con mi mano y me retiro.

Mi scooter está donde la dejé, el amable portero me pregunta si voy a volver. Yo le digo que no y le doy las gracias. Sé que arriesgo mi vida o en realidad solo mi licencia conduciendo después de dos bebidas, pero sucede que tengo que escapar de ahí. El aire en mi cara me devuelve algo de energía y me trae a la mente un temor mucho mayor que la pena que puedo sentir por Raúl y su cautiverio entre imbéciles: existe la posibilidad de quedarse solo, de que el mundo no sea más que aquello que vi como muestra en aquel bar del que ni recuerdo cómo se llamaba. Tal vez sea el momento de revisar una vez más el Dharmay volverse monje esta vez, sin embargo,  sé que no tengo pasta para ello: sigo siendo un hombre carnal y heterodoxo.

Alguna vez, en un tiempo que terminó hace apenas unos meses, pero que es ya más inmemorial que la época en que Raúl se ganó su sobrenombre, yo viví la ilusión del amor eterno y me entregué gozoso a tan tibia comodidad, que era la verdadera cara del éxtasis. Yo venía de vuelta de una vida aventurera que me dejó cicatrices físicas y morales, de las que pude purificarme completamente en el contexto de un matrimonio que fue feliz, pero, aparentemente solo feliz para mí. Quiero construir algo que se parezca a mi fantasía de entonces.

Las veces en que hablé a solas con “El Enano Maldito” no pudieron predecir que estuviera rodeado por semejante caterva de seres anodinos y, si tan excelso personaje –cuyas debilidades lo vuelven todavía más respetable– ha terminado rodeado de idiotas, tal vez sea una señal de que el mundo se ha vuelto un lugar solitario para quienes sentimos profundo, o acaso nuestro sentimentalismo no sea más que una flaqueza que jura que es mejor que los demás, como un intricado mecanismo de defensa.

En el balcón de mi piso treinta, contemplo a solas las luces urbanas; es un espectáculo simple, bello y romántico. Todo el drama de la vida y la muerte, el sueño y la vigilia se está mostrando ante mí en la forma de una ciudad que busca, pero no alcanza jamás un orden con el que solo tiene una relación asintótica. Es una revelación instantánea y trascendental para cualquiera no se haya contaminado todavía con el consumo, ya sea de drogas o de bienes. Todavía estoy forzado a esperar encontrar a quien pueda contemplar el mundo junto a mí, pero sé también que ni mi esperanza ni mi búsqueda son alguna garantía de que ello ocurra.

TAGS: #Crowdfunding Literatura

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Ivonne Concha Alarcón

24 de Abril

Bastante interesante y un relato entretenido de leer.

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