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Una vuelta de tuerca a los tres ideales de la revolución francesa

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Cada vez que leo o escucho a un representante de la derecha chilena poner el acento, relevar casi como mantra que es necesario preservar la “libertad” que podría poner en riesgo la izquierda si llegara al poder; en cada ocasión en que un representante de la izquierda o centro-izquierda extrema su defensa de la “igualdad”; cada vez que se enfoca en la dolorosa inequidad existente en nuestra organización social y que se requiere sanar, y lo expresa también con una actitud mántrica; cuando veo y escucho que cualquiera de estas dos opciones son presentadas polarmente, yo me pregunto: ­¿es que puede entenderse la libertad como un objetivo único que debe alimentar como ideal cada una de las actividades propias del tejido social? ¿Es que la igualdad tiene que ser entendida como una fuerza que debe permear a cada ámbito de la vida en comunidad?

Siento que debo expresar lo que pienso en este momento de nuestra vida política; no quiero permanecer al margen de lo que mi pensamiento me señala que es un grave error que debe ser presentado a la conciencia pública:

Cada vez que leo o escucho a un representante de la derecha chilena poner el acento, relevar casi como mantra que es necesario preservar la “libertad” que podría poner en riesgo la izquierda si llegara al poder; en cada ocasión en que un representante de la izquierda o centro-izquierda extrema su defensa de la “igualdad”; cada vez que se enfoca en la dolorosa inequidad existente en nuestra organización social y que se requiere sanar, y lo expresa también con una actitud mántrica; cuando veo y escucho que cualquiera de estas dos opciones son presentadas polarmente, yo me pregunto: ­¿es que puede entenderse la libertad como un objetivo único que debe alimentar como ideal cada una de las actividades propias del tejido social? ¿Es que la igualdad tiene que ser entendida como una fuerza que debe permear a cada ámbito de la vida en comunidad?

Intentemos responder estas interrogantes:

¿Qué pasaría si lográramos imponer la libertad en el campo de lo económico y de lo jurídico- administrativo? Imaginen el resultado; en lo económico se nos vendría encima el total libertinaje: explotación de los clientes, de los trabajadores, destrucción de la pequeña empresa, colusión en la industria, elusión a todo dar, etc, etc; en otras palabras, la explotación del hombre por el hombre, la ley del más fuerte, el salvajismo económico en todo su esplendor.

Y en lo jurídico-administrativo…, bueno, fácil de imaginar: la ley del compadrazgo, del pituto, la supremacía del poderoso y del rico; todos seríamos iguales ante la ley, solo que algunos más iguales que otros. ¿Y cómo podríamos proteger al débil, al pobre, al vulnerable, al anónimo y humilde miembro de nuestra sociedad?; ¿a la tan cacareada “igualdad ante la ley” de cada uno de nosotros, los miembros de la comunidad, los ciudadanos de la polis, que nos prometen nuestras instituciones que “funcionan”? Los protegeremos solo si procuramos instaurar la igualdad en el plano jurídico-administrativo como la fuerza de cohesión del cuerpo social en este ámbito, que asegure una “verdadera” justicia y un respeto por los derechos del trabajador, de los ancianos, de los menores.

Ahora, si nos compramos el discurso de la izquierda, sobre la igualdad como bandera de lucha aplicable a toda la vida social, ¿qué ocurriría en los ámbitos económico y cultural si se diera tal cosa? Imaginemos los efectos de la igualdad en el campo económico. No hay que esforzarse mucho para recordar los experimentos al respecto en los países socialistas y sus efectos, duros y mensurables: baja de la productividad, escasez, mercado negro y corrupción; una organización productiva sustentada en la desmotivación del trabajador.

Y en la vida cultural de la sociedad, ¿cómo afectaría la implantación de las fuerzas de la igualdad? ¿Si se busca la igualdad en este terreno?, ¿si pretendemos que todos los seres humanos somos o seamos iguales en nuestra interioridad, en nuestros gustos, anhelos, sueños, capacidades, ideales?; ¿si suponemos que la igualdad debe imperar en este plano de la vida social, que somos o debemos convertirnos en meros engranajes de una “maquinaria” social dentro de la cual se nos puede imponer lo que debemos estudiar, escribir, pensar, sentir, renunciar a – o hacer- en aras de su “funcionamiento eficiente” y de una pretendida “sociedad igualitaria”?; ¿si se organizara la vida cultural y espiritual de una sociedad desde una concepción mecánica del ser humano? Si así ocurriese, estaríamos entonces matando lo que es más propio del hombre, la diversidad, esta multiversidad y al mismo tiempo singularidad de cada miembro de la sociedad, que permite los contrastes, el enriquecimiento de la vida cultural, los aportes que la evolución requiere para ser. Estas necesarias singularidad y diversidad necesitan ser protegidas por el permitido y estimulado ejercicio social y personal de la libertad. Aquí sí que es requerida la defensa del derecho a la libertad. La libertad del hombre es a la vida cultural de una sociedad como la multiversidad dentro de una organización social particular es a la posibilidad de evolución de la humanidad.

Y si llegamos a comprender y aceptar que la igualdad es a la vida jurídica-administrativa como la libertad es a la vida cultural y espiritual de los pueblos, entonces debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿cuáles son las fuerzas que deben fertilizar el suelo de la vida económica, asegurar los fundamentos éticos de la actividad económica de una organización social?

Es un hecho que la humanidad tiene su asiento físico en la Tierra y ésta es la gran proveedora de los elementos que el ser humano requiere para sobrevivir. ¿Podríamos encontrar alguna razón válida para defender la hipótesis que existen seres humanos con derecho a sobrevivir y otros que no gozan de tal derecho? ¿Qué hay personas que tienen y otras que no tienen el derecho de aspirar a compartir los frutos de la Tierra y a vivir una vida digna, satisfaciendo, al menos, sus necesidades primordiales de subsistencia? Nadie en su sano juicio podría aceptar esta suerte de discriminación basal, de no reconocimiento del derecho de todos a satisfacer las necesidades básicas. Y esto es así porque de manera consciente o inconsciente sabemos que existe un “algo” que nos hermana: nuestra vulnerabilidad intrínseca si nos concebimos como un ser solitario, alejado de la organización social. Sabemos que somos individuos gregarios, hermanados por dicha realidad: somos, -y nos constituimos como individuos-, en tanto nos contrastamos con el otro, y existimos, como los seres “necesitados” que somos, en tanto la sociedad nos ayude a proveernos. Esta se organiza económicamente para producir lo que necesitamos para vivir y para orientar y distribuir el producto del esfuerzo humano.

Y lo que cada uno necesita es también distinto como diferentes somos unos de otros. Producir y distribuir. En esto consiste la esfera de lo económico dentro de la organización social de las comunidades. Y si la necesidad nos hermana; si todos nacimos a la Tierra y requerimos de sus frutos, ¿puede ser otro ideal, otra fuerza de cohesión, impulsora  y organizadora mas que la Fraternidad, la que guíe nuestro quehacer económico? Solo así podremos aspirar a que el esfuerzo productivo de sus actores se remunere con justicia y el trato a los trabajadores incluya el respeto a la dignidad humana.

La parcial relevancia de uno u otro ideal (libertad vs. igualdad) por parte de las fuerzas políticas polarizadas y el desconocimiento de estas relaciones biunívocas ya caracterizadas con las áreas económica (fraternidad), justicia-administrativa (igualdad) y cultural-espiritual (libertad), lleva a un enfrentamiento polar que no es real pero sí realmente improductivo y dañino para la sociedad, que provoca pérdida de esfuerzos, de vidas y del norte hacia el cual marchar. El duelo “libertad vs. igualdad” es una falacia porque no es posible encontrar la resolución del conflicto entre lo individual y lo social sin el concurso del tercer ideal, la fraternidad, que opera como puente entre ambos. Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios también vale en este contexto. Cuando se comprende lo señalado y se lo acepta como una realidad operante, recién comienza a hacerse un camino fructífero, fraterno, libertario y justo al andar de la sociedad, de la polis; no antes. El ser humano es un ser político y su quehacer político –expresado en la “política” se pervierte cuando no considera los tres impulsos ya contextualizados.

Por otra parte, la discusión acerca de “cuánto mercado, cuánto Estado, cuánta apertura al exterior y cuánto desarrollo hacia adentro” no resulta conducente si no se agrega la quinta y más importante variable: ¿qué pasa con el desarrollo interior del ser humano? Mientras el proceso formativo desde infante hasta joven adulto no contemple esto, -el desarrollo de la autoconciencia, la responsabilidad respecto de los actos propios, apertura intelectual respetuosa de la diversidad y compasiva hacia el mundo que lo rodea, el respeto por sí mismo y los demás, el desarrollo del amor por la verdad y el bien, vale decir la conciencia moral y la vocación de servicio- fallará la base misma de un sistema político de cualquier color o tendencia. Y discutir, por ejemplo sobre la preeminencia de la educación privada sobre la pública o viceversa y sus efectos sobre la igualdad de oportunidades, resulta también una pérdida de tiempo.

No se trata de más libertad o más igualdad; de más “mano invisible” o de más controles y/o de nuevas superintendencias. Se trata de una nueva manera de enfocar la educación de modo que transforme al ciudadano del futuro en un ser que sepa administrar su libertad porque respeta la diversidad y asume su responsabilidad como miembro de la sociedad. Que se eleva de su natural egoísmo porque sabe sustentarse en la fraternidad ante los desafíos del mundo laboral y empresarial. Que gana en confianza ante la vida y sus “semejantes” porque se sabe protegido por un sistema judicial que lo acoge como un igual en derechos y deberes.

En resumen: una sociedad debe intentar acercarse al ideal de la igualdad jurídica y administrativa que reconoce y asegura idénticos derechos ante la ley a todos sus miembros. Esto sentará las bases para alcanzar una desigualdad perfectamente justa, sana y necesaria entre las personas respecto de las diversas alternativas de realización cultural y espiritual que les sean afines y que adopten, de las acciones en el plano de la economía que decidan establecer, y de las necesidades materiales que busquen satisfacer en función de sus características, diferencias y condiciones individuales y de su entorno.

Siempre y cuando, por supuesto, sea la libertad el ideal que ilumine y siembre la vida espiritual y cultural de un pueblo, y en su organización económica la fraternidad venga a ser el ideal que la fertilice y la oriente hacia el bien común y la justa repartición de los recursos de esta Tierra que han de ponerse al servicio de toda la humanidad.

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Comentarios

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Paola Vielmat

28 de diciembre

Que maravillosa reflexión para terminar este 2013 y comenzar este 2014. La Revolución francesa no fue más que el inicio de una revolución burguesa, que no benefició a los más desposeídos, sino garantizó la libertad e igualdad para un grupo. Lo realmente valioso fue el término de la sociedad estamental y, pero el paso a una sociedad de clases no aseguró la fraternidad, ni la concreción de derechos. Aún hay luchas pendientes y la mayor es la de llegar al corazón de hombres y mujeres, que deben retomar y repensar ideales que han sido manoseados y utilizados por bajas pasiones políticas. Muchas gracias, lo compartiré.

jose-luis-silva

29 de diciembre

Los emblemas libertad e igualdad tuvieron su máxima expresión al abolir el feudalismo porque en esa situación fueron ideales que no se contraponen, es mas, se potenciaban. Pero en otras situaciones no son propósitos tan complementarios, como aspectos que señala el articulo en administación, economia, leyes o cultura, donde la libertad y la igualdad son desiciones que a veces entran en conflicto.

Pero la revolución francesa hubiese pasado sin pena ni gloria si no tuviese otra sustancia: la prosperidad. La libertad o igualdad no le importan a nadie si no traen prosperidad. Eso es lo mas importante.

Por ejemplo se puede contrastar la existosa revolución francesa con la fracasada revolución bolchevique

Despues de años de hambre y miseria que trajo la revolución, a Francia le vino tanta prosperidad que llegaba gente de todos los rincones del mundo a trabajar a ese pais y luego el resto de los paises se sumaron rápidamente a esos conceptos que dieron prosperidad. Esa revolución cambió el mundo.

En contraste despues de años de hambre y miseria que trajo la revolución bolchevique, a los rusos no les llegó prosperidad, tuvieron que fortalecer las fronteras para que la gente no se arranque y fué cada vez mas sanguinario incorporar algun pais a los conceptos marxistas. A la postre esa revolución que prometia igualdad, fué abandonada por todos.

La prosperidad es la clave para cualquier revolución social.

Saludos

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