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Homo politicus, no animal político: Un canto de esperanza por Chile

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El ser humano no actúa necesariamente en forma instintiva. Puede trascender su deseo y actuar motivado por un sentimiento, por un recuerdo; moviliza su voluntad y puede acertar con la decisión correcta o bien errar del todo.

Dado que el ser humano puede pensar sus experiencias y no sólo sumergirse en ellas,  puede desde allí orientar su voluntad según sean los motivos que lo muevan como individuo único y no ya como ejemplar de una especie. Cada hombre, una especie en sí mismo, porque no se pierde necesariamente en sus experiencias sino que puede objetivarlas e incluso objetivarse y alcanzar la autoconciencia —la conciencia de sí mismo como un yo—, no resulta predecible en sus respuestas ante un determinado estímulo ni está condicionado a permanecer en un único y mismo entorno. Pero sí el animal: frente al estímulo, sólo reaccionará según los dictados de la voluntad instintiva de la especie a la cual pertenece, y sólo en lapsos muy largos, en el largo o muy largo plazo, podrá ganar —la especie, no ese ejemplar en particular— la capacidad de habitar y sobrevivir por sí mismo en un entorno diferente.

Ante un estímulo, el ser humano no actúa necesariamente en forma instintiva. Puede trascender su deseo y actuar motivado por un sentimiento, por un recuerdo; moviliza su voluntad y puede acertar con la decisión correcta o bien errar del todo. Puede aplicar, si quiere,  su voluntad centrada en sí mismo y sólo en sí mismo, para alcanzar un objetivo benéfico para él y dañino para su entorno. Lo que haga o decida hacer, depende de su voluntad. También puede, si así lo quiere, abrirse incluso a la aspiración, para convertir su voluntad en instrumento de sus ideales, movilizándola más allá de la órbita de su egoidad. Es una opción que el hombre tiene, y que el animal no tiene, porque no la necesita para vivir su existencia sobre la Tierra. Un ser humano puede elegir libremente no dar cabida a los ideales o sí dejarse compenetrar por ellos en su vida anímica, tal si fueran las musas inspiradoras de su voluntad trasmutada en aspiración. Un animal realiza el acto natural —y en consonancia con su entorno y la voluntad de la evolución— desde la voluntad instintiva, porque no puede hacer sino eso. El animal no es libre ni puede serlo; está condicionado por la sabiduría de su especie. El ser humano debe ganar, sólo si así lo quiere y por su propio esfuerzo consciente y libre, la capacidad de realizar el acto moral. El acto del animal es siempre afín con su ambiente natural y no podemos juzgarlo desde lo moral porque no es un acto libre: el animal actúa como actúa amén de sí mismo, desde una voluntad que lo trasciende como ejemplar y lo comanda desde el alma grupal de la especie.

He aquí, entonces, las diferencias que podemos reconocer entre el animal y el ser humano: el hombre dispone de una conciencia ya casi liberada del instinto. Desde el libre ejercicio del pensamiento autónomo puede ir en busca del acto moral, de la autoconciencia y del aprender a escuchar la voz de la aspiración, que lo invita a la superación de sus limitaciones, dificultades y a la transmutación de sus dolores y su egoísmo. El ser humano dispone, en fin, de un yo único, propiedad personal e intransferible de cada hombre en la faz de la Tierra, capaz de acoger, en su diversidad y sin perderse a sí mismo, a los otros yo de su entorno y más allá de estos.

Por todo lo expresado hasta aquí, los invito a considerar la posibilidad de reconocer que los seres humanos constituimos un cuarto reino, el reino humano y a poner luz sobre aquello que hasta ahora no nos ha parecido digno de ser pensado o, simplemente, no nos ha interesado observar.

Nunca más llamemos “¡animal!” con intención ofensiva al hombre que actúa bajo el imperio de sus impulsos más primitivos. No denigremos con este apelativo a los animales, naturales a la vez que  perfectos en la armonía manifiesta entre su constitución y su actuar: Cuando el animal actúa lo hace desde la profunda y certera sabiduría natural de sus instintos, desde su conciencia y su voluntad instintiva, y su actuar será siempre afín y respetuoso con su entorno. El hombre que se deja llevar en la vida diaria por sus impulsos más groseros no está actuando como un animal. Su conducta lo ubica en un estadio sub humano —en su sentido más estricto—y también sub animal, porque su actuación contraría su esencia y su destino de hombre y, por lo mismo, deviene un ser dañino para su entorno. El hombre que no desarrolla su pensar ni expande su conciencia -que no busca conscientemente mediar entre el estímulo y su respuesta y elevarse por sobre sus respuestas instintivas o pasionales- no puede ganar la objetivación y la autoconciencia, atributos que son los que lo caracterizan como ser humano y como miembro del reino humano.

Tal como un hombre en coma, cuya conciencia está en suspenso, es un “hombre en estado vegetal”, así el “hombre reactivo”, con su conciencia despierta, pero con su Yo en suspenso, -que no se yergue como un Yo interrumpiendo el curso de lo “natural”  entre el estímulo que enfrenta y la respuesta que debe emitir como hombre- es un “hombre en estado sub animal”.

Somos seres humanos, y los dones recibidos son la medida de nuestro destino y la razón para constituirnos en el cuarto reino, el reino humano. Y tomar conciencia de esta realidad es un imperativo moral para todos, pues de ello depende el signo del desarrollo de nuestra evolución aquí en la Tierra.

¡Que viva el homo politicus, el hombre que no es un animal político! Es nuestra única esperanza para salir del marasmo en el que vivimos como sociedad.

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