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Entre la fresera y la nostalgia

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La semana pasado fuimos a cortar manzanas con mi hermana-mamá. Hay un lugar a las afueras de Illinois que colinda con el Estado de Wisconsin, es una gran fincona. Hay cabras, patos, gallinas, conejos, marranos y los sembradíos de ayotes. Los árboles de manzanas, duraznos, ciruelas. Ahí mismo un restaurante al estilo country donde se pueden comprar tartas de las frutas de la estación, la típica sidra de manzana y otras bebidas de la región. Esa finca es apenas una pincelada en acuarela del mágico lienzo abstracto de mi lejana infancia que alberga mi caos existencial.


Al ver que no nos alcanza con el pago, y que había que criar a los cumes, pagarnos la escuela, la comida y el calzado, mis papás se idearon llevar a vender pupusas de chicharrón y atol. Entonces nos levantábamos a la una de la madrugada a cocinar todo para estar a las dos de la madrugada ya con las hieleras al hombro.

Llegamos, pagamos la entrada e inquieta me dirigí hacia los gallineros, enfrente está el corral de las cabritas y me emocioné como una niña cuando las vi; mis amores, mis amigas de infancia, mis aleras… Pronto se estacionó el tractor que lleva enganchados los vagones tipo galeras donde llevan a los visitantes al sector de la finca donde están las frutas. Con su paso lento permite que los convidados disfruten del paisaje, allá a lo lejos en los linderos las sombras de los encinos y los arces. Los encinos, los tan hermosos encinos.

Perdí la cuenta de la cantidad de tipos de manzanas que hay ahí sembradas, yo tengo dos muy presentes en mi memoria: las manzanas de Washington que solo comprábamos una libra para Navidad, y los perotes que compraba en el mercado la Terminal cuando me alcanzaba para los lujos cuando iba a comprar la fruta para hacer los helados. Con el afán de mantener intacto ese recuerdo solo compro manzanas de Washington para Navidad y lo mismo hago con las uvas. Es la única época del año en que las como: es como retornar, como volver a caminar en las calles polvorientas de mi arrabal, volver a sentir el olor a musgo y el vendaval frío de fin de año. Es como sentir de nuevo el calor de hogar y el abrazo hermano de los amigos de mi infancia. Es no sentirme extranjera y desterrada.

Nos bajamos del vagón y yo me dejé ir como cabra suelta en la arada entre tantos palos de manzana, mi vista no alcanzaba entre tanto surco, por un instante me faltó el aire y me fue difícil respirar, era tanta la emoción, los recuerdos venían de golpe. Los surcos entre manzanas y encinos me hicieron recordar La Aguacatera en la aldea Zorzoyá, en San Lucas Sacatepéquez que pasábamos en nuestro camino a La Fresera, finca en la que trabajábamos para fin de año cortando las frutas que exportaban.

Fue para los tiempos de recién emigrados a Ciudad Peronia, el arrabal comenzaba a poblarse y habían anunciado trabajos para jornaleros para ir a cortar fresas, toda la familia nos apuntamos, días iban nuestros papás con nosotros pero ya estaban los cumes y había que cuidarlos, los dejábamos con una tía y nos íbamos. Media Ciudad Peronia se había apuntado. Nos juntábamos a las dos de la mañana en la salida de la colonia por el lado de la aldea La Selva y ahí comenzábamos a caminar eran 20 kilómetros de ida y 20 de regreso. Pasábamos caseríos, sembradíos, riachuelos, las montañas verde botella que tanto añoro, y pasábamos por Sorsoyá para finalmente llegar a La Fresera.

Ahí comenzábamos el jornal a las seis en punto de la mañana para terminarlo a las seis en punto de la tarde. Nos daban media hora para almorzar. Los sanitarios eran al aire libre, entre el zacatal. Al ver que no nos alcanza con el pago, y que había que criar a los cumes, pagarnos la escuela, la comida y el calzado, mis papás se idearon llevar a vender pupusas de chicharrón y atol, -la venta de los helados vino después-. Entonces nos levantábamos a la una de la madrugada a cocinar todo para estar a las dos de la madrugada ya con las hieleras al hombro. Las dejábamos al inicio del surco y nos poníamos a cortar las fresas. A la hora del almuerzo vendíamos y todo lo dejábamos fiado para cobrar a fin de mes. Fue en tiempo de vacaciones de la escuela, desde octubre hasta enero.

Qué días aquellos, el jornalero siempre explotado. Los dueños de la finca eran déspotas y el caporal corregido y aumentado, nos robaban en la pesada de la fruta y nos pegaban lo que querían.

Estoy parada frente a los surcos de árboles de manzana en las afueras de Illinois y con la boca llena atipujándome a dos manos los perotes que encontré. Con las lágrimas en el borde, con los suspiros contenidos, respirando el olor a monte, con la mirada extraviada en los surcos de fresas, con el olor de los aguacates de La Aguacatera, entre pinos, cipreses, y el aire frío de San Lucas Sacatepéquez. Entre el ayer y el hoy, en mi eterno vaivén. En este presente de inquilina.

Ay, Negra, malaya los coches, me dice mi hermana al ver aquel manzanal maduro al pie de los árboles. Para mantener los marranos en la casa de Ciudad Peronia después de vender helados nos íbamos a los puestos de frutas y verdura a recoger las sobras y las metíamos en un costal y ese era el manjar para ellos. Bien les iba cuando teníamos para comprarles afrecho, o cuando nos sobraban tortillas tiesas que les poníamos a remojar, fiesta hacían cuando les dábamos chilate. Felices cuando me bañaba con ellos. Yo era la encargada de todo el oficio del patio y de los animales. Mi hermana-mamá de los cumes, del oficio de adentro y de la lavada de ropa. Teníamos también tareas compartidas, entre las de diario ir a vender helados.

Entre la arboleda de manzanas, a lo lejos, ensimismados y visiblemente agotados estaban los jornaleros gringos limpiando la maleza… En todos lados estamos los peones, sin credo, sin raza, sin color, sin nacionalidad: somos la esencia de la clase obrera, campesina y proletaria.

Por un breve instante ambas nos vimos a los ojos y sin saber qué era lo que pensaba la otra dijimos al unísono: ¡la fresera!, y nos abrazamos nostálgicas. Entonces yo reparé en que “Uno se despide insensiblemente/ de pequeñas cosas….” Y que “…Uno vuelve siempre/ a los viejos sitios/ donde amó la vida…”

Seguimos cortando manzanas y vi alejarse entre los surcos a mi hermana-mamá, la gran mujerona, no pude contener las lágrimas al pensar en lo privilegiada que soy de ser su hermana y de poder decirle todos los días al despertar: buenos días Pelu, como en los años de nuestra hermosa infancia.

Para: mi hermana-mamá.

 

Blog de la autora: Crónicas de una Inquilina

TAGS: Emigrar Infancia Jornalero

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