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Turismo en Aysén: De sustentabilidad y mercantilización

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La semana pasada el coordinador de la Coalición Ciudadana por Aysén Reserva de Vida, Peter Hartmann, realizaba una retrospectiva de los esfuerzos realizados en pro del turismo sustentable en la región. Uno respetuoso con los ecosistemas, con la identidad, la cultura y que reparta entre quienes habitan los territorios. Y, también, deslizaba las amenazas y colusiones que se generan muchas veces entre funcionarios del Estado, grandes compañías turísticas nacionales y trasnacionales, para fomentar un formato que beneficia principalmente intereses externos más que locales.


Visitar un área silvestre protegida, dejar la bicicleta en la puerta de la casa sin cadena, caminar tranquilo por el barrio, la confianza entre vecinos. Todo esto no se compra con dinero, es una forma de organización. Nos negamos a que perderlo sean los “costos del progreso”.

Lo cierto es que los días pasan y el turismo se alza cada vez más como una alternativa viable y de futuro para Aysén. Mal que mal, es uno de los puntales de las diversas estrategias de desarrollo regional y cuenta con múltiples instrumentos de fomento del más diverso tipo para ir avanzando hacia una actividad robusta. La temporada alta se va ampliando mientras más habitantes de los poblados se van incorporando.

Una de las fortalezas del turismo es que puede ser complementario (en el sentido de que se puede realizar en paralelo, no de que su aporte sea una anécdota) a las aspiraciones de la región en términos de estilos de vida. En nuestro caso incentiva mantener la cultura y la identidad propia, conservar la naturaleza, porque eso es precisamente lo que llama la atención al visitante.

Pero claro, tal ocurre siempre y cuando se tenga claridad sobre una visión compartida. Si esta es solo del tipo extractivista (ganar lo máximo, al menor tiempo, con el menor costo) puede transformarse en un actividad económica tan impactante como los propios mega proyectos o mega actividades (salmonicultura, Alumysa, HidroAysén y Río Cuervo) que tanta resistencia han tenido.

Y esa mirada se construye sabiendo qué queremos conservar, hacia dónde queremos caminar. Aysén reserva de vida le llamamos muchos. Y organizarse, mediante ordenamiento territorial vinculante, que zonifique y defina capacidades de carga para todas las actividades que se emprendan.

Hoy por hoy es posible ver en la región sectores que, en temporada alta, sufren las consecuencias de un turismo desregulado, actividad que también tiene que pasar por el cedazo de la responsabilidad socioambiental. Ya supimos de localidades pequeñas como Villa O’Higgins que tuvieron iniciales problemas con el abastecimiento de sus servicios básicos por la alta afluencia de visitantes al conectarse al Camino Longitudinal Austral, el impacto en áreas de relevancia patrimonial como el Paredón de las Manos de Villa Cerro Castillo o el verdadero “mall del turismo” en que se ha convertido Puerto Río Tranquilo, que a estas alturas –como elemento sintomático- perdió desde el pueblo la hermosa vista del lago General Carrera por los stands instalados de facto y sin mayor regulación en la avenida costanera y cuyas asombrosas formaciones de mármol sufren los estragos de la masiva afluencia de visitantes.

La biodiversidad ecosistémica de Aysén, su patrimonio cultural e identitario, representan, para muchos de quienes acá vivimos, un privilegio. Y, por lo mismo, conllevan una gran responsabilidad. Orientarse hacia su cuidado, hacia su protección debe ser el principal desafío.

Pero no todos piensan de la misma forma. El modelo enfocado en la demanda es uno de los problemas. En el objetivo de obtener la mayor utilidad posible (y eso aplica para toda industria), se buscan todas las vías para dar al “cliente” todo lo que quiera y demande, más allá de lo que quien presta el servicio esté disponible a entregar sin morir en el intento. Porque, para qué estamos con cosas, el cliente no siempre tiene la razón.

El problema es cuando el fin no va más allá de la rentabilidad monetaria, cuando debiera basarse primero en apuntar a cómo queremos vivir, qué calidad de vida queremos tener, y a la cual el dinero aporta pero así también múltiples otros procesos que se han ido perdiendo en el mundo de la mercantilización a todo evento. Visitar un área silvestre protegida, dejar la bicicleta en la puerta de la casa sin cadena, caminar tranquilo por el barrio, la confianza entre vecinos. Todo esto no se compra con dinero, es una forma de organización. Nos negamos a que perderlo sean los “costos del progreso”.

Por eso el turismo sustentable no es solo uno que permita al visitante recorrer los espacios naturales aún presentes en este trozo de Patagonia. Debe ser, primero, una oportunidad que complemente lo que ya en Aysén se ha definido como prioritario (conservación de la biodiversidad, mantención de la cultura e identidad local, calidad de vida en sus más diversos ámbitos) y que sea una opción para desconcentrar las ciudades y mantener la vida rural con mejor calidad de vida. También, una actividad que reparta, donde directa e indirectamente, una mayoría de sus habitantes, si no todos, se beneficien materialmente de su impulso, lo que se conoce como desarrollo económico local. Por ejemplo, los cruceros y las políticas enfocadas en su impulso, ¿a quién benefician realmente? ¿Las iniciativas que los tienen como destinatarios y que se impulsan desde servicios públicos, generan aporte interno o son capitalizadas fundamentalmente por cadenas u operadores externos? Y esto no es chovinismo, es entender que quienes habitan los territorios no pueden ser meros espectadores de lo que ocurre a su alrededor.

Ya lo dijo alguien cuando hace unos días publiqué un artículo sobre la extracción no controlada del sphagnum en las turberas de la región. “Hasta cuando le ponen trabas al pobre para poder tener ingresos para alimentar a su familia” fue el planteamiento de una persona. Uno que tiene mucho de legitimidad por la urgencia que imprime la desigualdad, pero que esconde el desafío de fondo de la sustentabilidad: un proceso que se extienda en el tiempo, tanto porque permite la renovabilidad biofísica de los ecosistemas como porque mantiene estable la calidad de vida de quienes de estos dependen.

Es tal parte de la reflexión que en Aysén debemos seguir impulsando para transitar en pos de un turismo sustentable de verdad.

TAGS: #Aysén #Medioambiente #Sustentabilidad #TurismoSustentable

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