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Vargas Llosa y la alta cultura en entredicho

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En la presentación de su ensayo “La civilización del espectáculo”, acaecida días atrás en el instituto Cervantes de Madrid, el premio Nobel, Mario Vargas Llosa, en una suerte de idealización de la alta cultura (AC) y a contrapelo de la realidad histórica, afirma que su defensa está ligada a la preocupación por la democracia. Por consiguiente, que la AC “es inseparable de la libertad” y que es fuente de inconformismo, lo que le permitiría al hombre “defenderse de los totalitarismos, del sectarismo y de los dogmas”.

Tal apreciación del pensamiento creador a través de las letras y de las artes, que en último término constituye la AC, nace del convencimiento del autor de que la cultura “se ha adulterado” y está invadida por la frivolidad, en lo que hoy se conoce como la cultura de la diversión. Por cierto, no se equivoca, ya que la cultura de la diversión marca un deterioro de la ética y un abandono del sueño humanista en pos del hombre integral y que, llena de cinismo, se incorpora sin ambages a la fiesta de la banalidad.

Sin embargo, en lo medular, nos interesa aquí desnudar de falacia los argumentos del insigne escritor peruano que acotan la AC a formas de liberación política y social de dudosa credibilidad, puesto que toda la historia del hombre así lo confirma. Dice Vargas Llosa que “… la violencia está muy presente en nuestra sociedad”, y eso se puede atribuir al “desplome de la alta cultura”. Pero los porfiados hechos demuestran lo contrario. La violencia estuvo con el hombre desde siempre y la AC siempre se originó y se fortaleció con el poder. Se puede decir que es el resultado del ocio que engendra la riqueza y el bienestar, y al cual sólo tiene acceso una minoría muy restringida de la sociedad. En el paraíso terrenal, el hombre perdió la paz a costa del poder cuando se hizo del conocimiento y un ente ultrarrealista le ofreció la “libertad” (“y seréis como dioses” les dijo), anunciando así la entronización de la violencia y las luchas por el poder que, sin respiro alguno, serían la constante de las acciones humanas a través de toda la historia de la Humanidad.

Para confirmar lo anterior basta remitirse a dos etapas históricas trascendentales donde la AC no fue capaz de evitar la violencia, el abuso de poder ni la expoliación del hombre por otro hombre, aún a despecho del esfuerzo de algunos de sus protagonistas por subvertir esa realidad. La primera, en pleno Siglo de Oro español que, coincidente con el descubrimiento de América y la consiguiente explotación de sus habitantes, propició la paz interna y el desarrollo económico de la metrópolis. Mientras el hombre español descubría y avasallaba civilizaciones, la AC se revelaba como un bien sólo disfrutable para los hijos de España mediante el empobrecimiento y el sometimiento de otras culturas.

El segundo ejemplo lo podemos fijar en pleno siglo XX durante el colonialismo europeo en África, donde el invasor se resistió a perder sus dominios a costa de miles y miles de muertos en un afán enfermizo por sostener los beneficios que ello le significaba, entre ellos una rica y sofisticada AC, orgullo de los imperialismos europeos. Basta con mencionar el caso de Francia y Argelia en los tiempos de De Gaulle, que constituyó la más cruenta y violenta reacción del colonialismo europeo contra una nación de ultramar. Aunque es cierto que muchos intelectuales abogaron por su liquidación inmediata, el botín y el significativo desarrollo de sus culturas eran razones suficientes para responder a sangre y fuego a las pretensiones libertarias de las naciones cautivas, demostrando con esto su incapacidad de sostener la paz y la libertad, y cumpliéndose aquello de que la AC floreció allí donde el hombre conquistó y depredó al más débil. Incluso aduciendo afanes solidarios, palabra clave que pasa por ser hoy, la llave de las verdaderas transformaciones para alcanzar la libertad.

Tampoco se puede olvidar que cuando la AC estaba en su cenit y el hombre disfrutaba de su serenidad y se regocijaba de la paz, sobrevinieron las guerras más sanguinarias de la historia moderna. Sin ir muy lejos, en 1937 ocurrieron los brutales e ignominiosos crímenes de Nankín, en China, a manos del ejército imperial del Japón, una de las culturas más viejas y cultas de la Tierra. O la ocurrencia dos años después, de la Segunda Guerra mundial y su secuela de millones de muertos en la cultísima Europa, y curiosamente, con las demenciales fantasías wagnerianas del poder que la desató. Esto demuestra que las observaciones del premio Nobel no son más que la expresión de un idealismo exacerbado por su pasión como creador y diletante, ya que el autor intenta sublimar la AC tratándola como si fuera un producto al alcance de todos, olvidando su obligado perfil elitista.

Finalmente, y confirmando el carácter idealista de sus puntos de vista, el escritor peruano cae en el mismo subjetivismo ilusorio con que analiza las virtudes de la AC al sostener que, para contrarrestar el egoísmo y la soledad que crea el capitalismo, los hombres deben llevar una vida cultural que llene en plenitud aquel vacío espiritual. Lo dice como invitando a la evasión, lo que inevitablemente nos lleva a concluir que se trata de una visión demasiado condescendiente con la realidad.

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Foto: Globovisión / Licencia CC

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