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En nombre del nombre propio

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Uno podría sospechar que algunos de esos posibles adoptados irregulares nunca han tenido noticia de su condición, y probablemente nunca lo sepan. Cuando se secuestra y asesina personas a diestra y siniestra no sólo desaparecen los cuerpos, también los roles.

Hace poco, conocí en Rosario a una chilena que está hace algunos años radicada allá. Me recibió en su casa junto a su familia un par de días, nos reímos, tomamos vino y comimos pizza. Me ha autorizado a contar su historia, no su nombre. La llamaremos Diana. Su madre, militante comunista, fue asesinada por la dictadura antes de que ella aprendiera a hablar. El padre no era un tipo de confianza en ese tiempo. Al parecer, el grupo de apoyo familiar era más bien escueto, pues, sin demasiadas dilaciones, gente vinculada al Partido decidió dar a Diana en adopción a un matrimonio de sus filas. El procedimiento utilizado fue, a lo menos, desprolijo: la inscribieron en el Registro Civil directamente como hija, con los apellidos de los nuevos padres, sin mención alguna a su verdadera identidad. Aunque no le ocultaron su condición de adoptada, siempre se negaron a que Diana descubriera su historia, por lo que tuvo que dedicar una buena parte de su vida adulta, como detective solitaria, a determinar quiénes eran sus padres y el resto de sus familiares biológicos. En el camino, se encontró con la incomprensión de muchos que podrían haberle dado información y no lo hicieron, y una escalofriante desidia por parte de nuestra institucionalidad. Después de mucho bregar, Diana hoy puede decir que ha restaurado sus vínculos, se ha encontrado con su identidad y puede decirles “hermanos” a quienes realmente lo son, más allá de lo que expresen sus apellidos.

Al escuchar la historia, inmediatamente se viene a la memoria el caso de Claudio Bunster, quien acusó a Volodia Teitelboim, histórico secretario general del Partido Comunista y su progenitor de facto, de ocultarle cuál era su verdadera estirpe, mucho antes de la dictadura de Pinochet, pero con similares maneras. Hablo de esto en una cena, en Santiago. Una mujer cuenta que una persona que conoce estuvo a punto de ser dada en adopción de esta manera a una pareja de policías, al final de los setentas. Un médico me comenta que en un par de oportunidades, a propósito de la necesidad de hacer estudios genéticos, pacientes se han encontrado con que no se debe buscar en la familia de quienes se dicen sus padres.

Es posible empatizar con la perspectiva de los padres postizos; asumen una de las más altas responsabilidades que puede asumir una persona sin tener la obligación de hacerlo. No se denuncian malos tratos, Diana y Claudio parecen haber crecido fuertes y sanos sin que su entorno haya sido un estorbo para aquello. Uno podría presumir incluso las mejores intenciones por parte de los impostores. Pero lo que se ha cometido es una atrocidad: cercenarle la identidad a una persona antes de que esta tenga uso de razón.

Siempre en el terreno de las presunciones, es altamente probable que estos no sean los únicos casos de esas características. Su similitud permite imaginar un procedimiento si no habitual, al menos recurrente. Uno podría sospechar que algunos de esos posibles adoptados irregulares nunca han tenido noticia de su condición, y probablemente nunca lo sepan. Cuando se secuestra y asesina personas a diestra y siniestra no sólo desaparecen los cuerpos, también los roles: allí desaparece una madre, aquí un hermano. A propósito de esto conversé con un profesor de derecho de familia y, en los hechos, la inscripción de recién nacidos no siempre exigía documentos fidedignos en esos años. Bastaba con la firma de los padres y algún certificado sin mayores autentificaciones.

Durante los peores años del siglo XX chileno se juntó la muerte sistemática con un Registro Civil bastante laxo en sus prácticas. No es difícil que existan decenas de personas que le han entregado el afecto filial a una máscara, sin siquiera sospecharlo. Un atentado a los derechos humanos de las dimensiones del vivido en Chile deja varias esquirlas impensadas. No todas ellas alcanzan a ser revisadas por la historia. En Argentina y Uruguay, hace no demasiados años, se destapó el caso de mujeres que daban a luz en cautiverio y cuyas criaturas eran entregadas en adopción a familias afines al régimen. Aunque el procedimiento en ese caso es infinitamente más retorcido, también es posible adivinar buenas intenciones en los padres falsos: muchos de ellos resultaron ser bondadosos con los hijos usurpados. En Chile, la agrupación de familiares de detenidos desaparecidos registra nueve casos de detenidas embarazadas cuya suerte se desconoce, hasta hoy. En el caso argentino, fue este delito el que permitió burlar la amnistía, pues esa ley no lo abarca.

El derecho a la identidad es uno de los derechos más abstractos; sin embargo es indispensable. El largo camino que significa descubrir quiénes somos está lleno de tropiezos. Diana me cuenta con honesto orgullo el intrincado periplo que le permitió hace un par de años dejar flores en la tumba de su madre, en el Cementerio Metropolitano. No fue cómodo enfrentarse a su historia, pero la recompensa le llena la cara de risa. En un momento de la noche, me muestra una foto de su verdadera madre, la que quisieron que no viera nunca. En la imagen se distingue una muchacha preciosa, menor que su hija. Las miradas son muy similares entre ambas. Toda la escena que contemplo pudo no haber sucedido nunca, si no es por el tesón de Diana y su compañero. Cuántas de estas historias podrían ocurrir si quienes pueden hablar se decidieran a hacerlo.

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Foto: Johan Berna / Licencia CC

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