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Reflexiones de un Grinch

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El centro de Santiago es una locura. Adornos de navidad, regalos. Pero no es solo eso. Los precios de todas las mercancías se han elevado a las nubes. Es la hora de comprarse ropa nueva para la fiesta de año nuevo, aunque, en general, es muy poca la gente que asiste a galas. Se trata sobre todo de ropa sport para asados y carretes por el estilo. Hay que celebrar sí o sí.


Lo importante es consumir, acaso aparentar y reventar los créditos antes de marzo. Mientras, la deuda hogareña crece de manera desmesurada.

La idea de la fiesta no me parece mala, de hecho, creo que en una sociedad gris como la nuestra es la mejor idea posible, pero ¿por qué esta celebración en particular implica un consumo así de desmedido? No soy tan viejo, pero creo que, dada la velocidad de los cambios, tengo todo el derecho de hablar como un anciano: en mis tiempos se insistía en el valor religioso de la navidad, o, en un hogar laicista como el mío, en su carácter de reunión familiar. Sí era el segundo momento del año en que los niños esperábamos ese gran regalo, ese juguete caro para el que habíamos hecho méritos durante el año completo, pero incluso a nosotros se nos decía que eso no era lo importante de estas fiestas. Lo importante eran o bien Jesús o la familia reunida, para quienes lo han olvidado o son demasiado jóvenes para haber vivido tiempos tan inocentes.

El año nuevo, por su parte, era la fiesta de los grandes; incluía trasnoche y algo de exceso de alcohol. Los niños comíamos las uvas y/o las lentejas y salíamos a dar vuelta a la manzana con una maleta, para que el año trajera viaje. En todo caso, salvo por los ahora llamados snacks de cocktail, no era nuestra fiesta, la nuestra había sido el 25 de diciembre, día que quizá no coincide con el nacimiento de Jesús de Nazareth, pues nadie sabe cuando nació, sino con el antiguo Sol Invictus, la fiesta pagana que Constantino cristianizó por allá por el siglo IV, pero nosotros todavía no sabíamos eso.

Hoy la gente se endeuda y compra. Tanto en las multitiendas como en los puestos callejeros del centro, los juguetes juegan un rol secundario. Es la ropa, son los cosméticos e incluso las ofertas para cambiar de automóvil lo que “la lleva”, junto con la nunca bien ponderada electrónica. Lo importante es consumir, acaso aparentar y reventar los créditos antes de marzo. Mientras, la deuda hogareña crece de manera desmesurada.

El viejo emperador Constantino no era un hombre de fe, sino un hombre práctico. Adoptó el cristianismo como una forma de crear una nueva identidad romana, porque la antigua se resquebrajaba producto de un proceso que no vale la pena explicar ahora, pero que incluía invasiones bárbaras y relajamiento de las costumbres. La Navidad fue creada como una forma de dominar, de crear una identidad colectiva muy parecida a la de las barras bravas, pero a nivel imperial. Más tarde, padres de la iglesia dieron a la fiesta un sello más espiritual, pero continuó siendo una forma de adhesión, esta vez a la iglesia, aliada con los diversos tronos europeos, era una forma más de mantener el orden.

Claramente que en el siglo XXI, con ese historial de servicio al poder, la Navidad debía ser la fiesta del capitalismo: los dioses del consumo se enseñorean de las mentes de los súbditos de este nuevo imperio multinacional y el ritual de consumir se transforma en la nueva fuente de sentido e identidad. Hace años que, aparte de ir a ver a mi madre y a la familia, no la celebro. Compro regalos baratos, si es que, y más allá de una cena familiar, no es nada. Los religiosos harán sus rituales que, si bien normalmente me causan sospecha, en estos días me parecen mucho más significativos que la fiesta del consumo desmesurado. En general reina la orgía del capital con bacantes y ménades alienadas por un éxtasis que no tiene esta vez nada de dionisíaco, nada de divino, en una catarsis que traerá más deudas a los hogares que cargan con una cruz de déficit. Pero todo sea por recuperar el sentido, todo sea por ganarse una alegría efímera que causará los males gástricos cuando lleguen las cuentas. No importa, el Omeprazol se vende barato.

TAGS: #Navidad #SociedadChilena Consumo

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Comentarios

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Sonia

15 de Diciembre

Nada más cierto. Éstas festividades, como otras tantas de el año, se me hacen cada vez más insoortables. Caemosenun consumismo desmesurado y ya no existe ese espacio para recordar a Jesus, mas bien en su nombre gastamos con despilfarro.
No soy creyente ya, pero respeto a Cristo hombre y no me interesa la locura de compras, quiero un día tranquilo, amor por siempre para quienes amo y para mi país deseo verdad, justicia, nueva constitución, respeto a ladiversidad, más igualdad, más cultura y sobre todo mas decencia. Felices fiestas a ateos, agnósticos y creyentes y regalen lo que no puede tocarse, es más trascendente

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