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Los auténticos

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Tengo un mundo privado cuando voy manejando. Es un lado oculto que pocos conocen. Un mundo que asoma con las ventanillas cerradas. Y cuando me veo obligada a abrirlas, bajo el volumen de la radio para no quedar en evidencia. La verdad, es que sólo en el auto escucho sin tapujos lo que quiero.

Me gusta escuchar reggaeton y me da una vergüenza superlativa reconocerlo. Ahora debe ser porque no calza con mi perfil de mamá treinteañera. Pero antiguamente también me gustaba este tipo de música mucho más de lo que quería reconocer. No por el rollo de que sea música abiertamente misógina, sino porque la encontraba, y la encuentro, súper picante. Esa es la verdad. Hay mucha gente que la escucha así como a la pasada. A mí me gusta porque me induce estados de ánimo felices. Es como que me sube una descarga eléctrica por la espina dorsal. No la letra, no la música. Es como un todo. Y no me dedico ni a desglosarla ni a cuestionarla.


Igual está la sensación de que estás en un espacio muy tuyo, aunque estés en la mitad de la calle. Una privacidad parcial que está a una ventanilla de distancia

Mi otro placer culpable es escuchar al Rumpy. La gallada lo llama y comparten toda clase de historias. Me entretiene. Me río sola. Conmigo misma. Hay una cuota de querer entretenerme en el por qué lo escucho. Pero hay otra parte. Y es que me consuelo con las historias del resto. Siento que hay vidas más revueltas o peores que la mía. O gente que está sencillamente “del chape” y eso me hace sentir que tengo los pies puestos en la tierra como nunca. Me siento la más cuerda del mundo por un rato. Dicen que está galleteado, pero yo soy de las que creen que no.

Y todo esto lo hago con la mayor discreción posible y sólo cuando estoy sola.

Tengo un auto caro. Lo manejo, pero no es mío. Es de mi marido. Y siento que quizás estar escuchando reggaeton o al Rumpy a todo chancho, sumado a la marca del auto, es como ser lo más chula del mundo y no me lo permito. Así como esos que van en autos deportivos escuchando Daddy Yankee y entre comillas me dan vergüenza ajena, pero en el fondo me muero de ganas de hacer lo mismo y admiro su desparpajo.

Es como si pensara que esas miradas pasajeras de los conductores que pasan a mi lado me fueran a enjuiciar. Como si me fueran a apuntar con el dedo y dijeran: “Que cuma ella”. Es por eso que lo hago algo muy mío y no lo comparto con nadie. Y cuando una historia está muy buena, o cuando estoy en el clímax de una canción, subo las ventanas y prefiero morir de calor antes que ser descubierta por esos personajes momentáneos.

Además, no sé que cara tendría que poner si me pillaran. Creo que hundiría toda mi humanidad en el asiento.

He visto esto que me pasa a mí, pero a la inversa. Personas a las que manejar les induce relajo y sacan a relucir conductas del todo íntimas, y por lo mismo, de plano asquerosas.

Hay quienes aprovechan el semáforo para sacarse un moco y tirarlo por la ventana. O para rascarse la oreja y evitarse una visita al otorrino sacándose sendos tapones de cerumen. Lo he visto. Es lo que tiene ser mirona.

Al final, igual está la sensación de que estás en un espacio muy tuyo, aunque estés en la mitad de la calle. Una privacidad parcial que está a una ventanilla de distancia. Aunque para algunos no sea necesario subir la ventanilla para sentirse muy a gusto, y en su ambiente, y darse rienda suelta en ese momento engañosamente individual.

Aun cuando que no se ven cosas del todo agradables en los autos vecinos, me queda siempre la idea de que en ese lugar están siendo más auténticos que en muchos otros. Y yo, pese a mis movimientos estudiados, igual lo soy. Y me queda la grata sensación de que somos, aunque sea por periodos cortos en el día, autenticidad al volante.

TAGS: #Privacidad

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