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Crítica al estilo de vida occidental: en la búsqueda de la felicidad

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Todos los seres vivos tenemos necesidades biológicas básicas para nuestra sobrevivencia y continuidad en el espacio-tiempo: comer, beber agua, no pasar frío, eventualmente reproducirnos, entre otras. En ese sentido, el darwinismo social explica desde un punto de vista socio-biológico la complejidad entre las relaciones de sobrevivencia/competencia de las cuales participamos. Intuitivamente proveerse de alimento y refugio resulta elemental para coexistir en ecosistemas que desafían nuestro bienestar o significan un estrés: búsqueda de alimento, búsqueda del bienestar, búsqueda de compañía, alejarse del peligro, etc…


Sentirse bien, podría ser usado para justificar ctividades socio-económicas que ofrecen la posibilidad de alcanzar el estado al cual se aspira. Es decir la búsqueda de felicidad puede ser usada como un bien de consumo.

Sin embargo, mantener esas condiciones en el tiempo requiere de esfuerzo, energía y dedicación. Asegurar y acumular significan menos estrés para el mañana. Esto, en condiciones de abundancia no supone un problema para la adquisición de recursos, ya que la competencia entre los seres que los requieren no sería un gran problema, todos tendrían el acceso potencial a satisfacer sus necesidades. En condiciones naturales, hay quienes pueden acumular y quienes viven con recursos de corto plazo. El que tiene y acumula, asegura y el que no tiene, no asegura.

Desde esa perspectiva, asegurar nuestra sobrevivencia y nuestro bienestar resulta primordial en nuestra lógica humano/animal de concebir el mundo. Sin embargo, la abundancia de antaño está en jaque y nos enfrentamos a nuevos desafíos de la sociedad post-moderna.

En el período de la Ilustración, comenzó a cambiar el paradigma del valor relativo de las personas en nuestras sociedades desde un régimen de castas, linaje y herencia divina hacia un ordenamiento en el cual las personas tienen un valor derivado de sus actos. Posteriormente, esa idea evoluciona hacia una concepción denominada meritocracia, en la cual cada persona merece lo que tiene según lo que hace. Justa en principio, pero que a su vez es un arma de doble filo que valida las diferencias sociales y legitimiza la desigualdad. Generando (al menos) desconfianza mutua entre las personas de la base respecto a las que están más arriba de la pirámide social. Confío en lo familiar y desconfío de lo desconocido, los prejuicios ayudan a disminuir la brecha entre lo desconocido y lo conocido. Pero, son ideas parciales, por lo general subestiman la realidad.

Conocer al otro supone un esfuerzo, más aun si percibo cosas que no me gustan. Habitualmente dejamos que el prejuicio guíe nuestra navegación en sociedad, solo a través de la experiencia consciente y comprendiendo la diferencia a través del respeto, formamos un juicio más inclusivo, somos seres humanos.

La meritocracia se instaló en nuestras sociedades como la idea promotora para mejorar el bienestar personal, como la forma de moverse dentro de la sociedad, aspirando a una vida más placentera/plena en función del esfuerzo y recursos personales. Sin embargo, al considerarnos como especie, las capacidades y recursos intelectuales de cada persona deberían ser potencialmente iguales. La realidad es mucho más compleja que eso, el potencial real de un ciudadano depende también de factores aleatorios como: la familia donde nacemos y del medio ambiente bio-socio-cultural (país, barrio, comunidad, capacidades biológico-cognitivas como discapacidades, entre otros). Entonces, queda en evidencia que si no existe un mecanismo para emparejar esas diferencias basales que componen nuestras sociedades, la paridad no es posible. Ahí es donde se confronta la meritocracia con la solidaridad. ¿Por qué tengo que compartirte lo que he logrado con MI esfuerzo? ¿Qué es lo tuyo, lo mío y lo nuestro? La meritocracia justifica así el individualismo y el productivismo.

La disputa entre esas formas de concebir el bienestar está intuitivamente obsoleta, un enfoque social/solidario versus un enfoque individual/familiar. Ya que no deberían estar en confrontación si existiese un sistema que garantice, o al menos propenda a, una vida digna para todos y todas.

Quizá hasta este punto de desarrollo de nuestra civilización podíamos permitirnos elegir según nuestra conveniencia y/o intereses, lo que es mejor para mí y para todos (que a pesar de haber cosas en común como especie, desde un punto de vista económico no necesitamos lo mismo).

El panorama actual pone en cuestión esa dicotomía. Globalización, recursos limitados, cambio climático, migraciones masivas, crisis hídrica, inundaciones, seguridad alimentaria, hábitos de consumo, proyección en el aumento de la población, extinción de especies, avances tecnológica en las ciencias de la vida e inteligencia artificial, entre otras. Suponen, al menos un desafío que desdibujan los límites de la civilización del consumo y del crecimiento, esbozando lógicas más colectivas que individuales. Por ejemplo, superar la pandemia del COVID-19 supuso un desafío global, colectivo, más que individual.

En las sociedades de consumo contemporáneas, cuanto más mejor. La búsqueda de la seguridad y el placer son motores para la realización personal, ya que, al ser extremadamente deseados, y, puesto en lógicas materialistas, serían la base de los sistemas de mercado de “crecimiento”, libertades individuales y hedonismo. Así, como también los paradigmas de nuestra sociedad están centrados en el bienestar,
la felicidad entra como algo deseable, algo a lo que hay que aspirar para tener una vida plena. La idea de ser felices (de forma continua) podría ser la cristalización de la resolución de las necesidades básicas sumada a una experiencia presente agradable para quien lo experimenta, es decir la ilusión de una sensación consciente de bienestar.

Por eso, al ser algo altamente deseable y subjetivo, sentirse bien, podría ser usado para justificar actividades socio-económicas que ofrecen la posibilidad de alcanzar el estado al cual se aspira. Es decir la búsqueda de felicidad puede ser usada como un bien de consumo.

Como por ejemplo cuando las preferencias personales quedan expuestas a los algoritmos de las compañías de redes sociales y a los intereses de empresarios. A su vez, los cánones e ideologías del marketing cultural que se utiliza para conducir el subconsciente colectivo de las poblaciones, determinan las aspiraciones personales de sus habitantes. Creándose una sinergia potente entre oferta y demanda, y reforzándose aún más la cultura de consumo.

Individualidad colectiva

Nuestra cultura globalizada en occidente latinoamericana responde generalmente a Hollywood, american dream, telenovelas mexicanas e hitos compartidos como la llegada del hombre a la luna. Pero frente a ese escenario si uno se pregunta ¿qué me gustaría vivir? O dicho de otra forma, ¿cuáles son mis sueños?

La respuesta podría ser para muchas personas la fama, la fortuna, la vida de placeres y excesos… Sin embargo, siempre hay un aspecto más espiritual que no se llena con placeres terrenales únicamente. Sino, que implica conocerse más uno mismo (pero dentro de nuestras vidas aceleradas no es fácil, porque además es doloroso e implica mucha energía mental el comprenderse):

¿Soy/Estoy feliz?
¿Me gustaría ser feliz?
¿Qué cosas me gustan?
¿Soy feliz cuando hago lo que me gusta?
¿Soy feliz cuando hago lo que quiero?
¿Siempre puedo hacer lo que quiero?
¿Cuándo hago lo que quiero, soy capaz de reconocerme feliz?
¿Puedo ser feliz solo? ¿Qué cosas me hacen feliz estando solo?
¿Con quienes me siento feliz? ¿Qué cosas/actividades me hacen feliz estando acompañado?

Normalmente son cuestiones del ser más que del tener, cuando en esta sociedad unas de las cosas que está en crisis es haber perdido el sentido de la vida, intercambiando el sentido del ser por poseer para ser (alguien en la vida). Paradojalmente en un momento de nuestra historia donde tenemos más recursos para comprendernos.

Aparentemente, el foco de búsqueda de la felicidad se está centrando en la evaluación consciente de las experiencias, para catalogarlas como deseables o indeseables. Las experiencias terrenales o mundanas que generan placer inmediato de corto plazo se han instalado en nuestro mundo acelerado. Aun así, pereciera ser que se nos ha olvidado que tenemos una guía adicional a la razón, de nuestro timón como especie: nuestros sentimientos y emociones. Estas condicionan como interpretamos el mundo, y si son ignoradas sistemáticamente, resulta esperable que haya una discordancia entre los deseos de uno y la realidad que se experimenta. A veces, algunos códigos sociales homo sapiens (no exclusivos necesariamente) como, una conversación, compartir una caminata, un abrazo pueden ser mucho más significativos que priorizar la obtención de recursos no afectivos. ¿A quién no le gusta compartir con otros importantes para uno? Al
final, no tenemos que olvidar que también somos animales y respondemos últimamente a las lógicas biológicas de nuestra especie.

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TAGS: Felicidad Modelo Social Relaciones humanas

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