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Acuerdo tácito (ley de donantes)

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Tendremos más donantes, quizá, pero no porque se haya dado a entender de manera satisfactoria el sistema de solidaridad que se establece con la donación de órganos, sino más bien por omisión, flojera, ignorancia, o lo que es quizá más indignante, falta de recursos económicos: haremos del desposeído, y del desprevenido, un donante.

Es difícil hablar de esto, y mantener la conversación lejos del caso-a-caso, en torno a la donación de órganos. Es decir, para una familia cuyo integrante necesita un órgano, la búsqueda no puede esperar. La situación es tan crítica como avasalladora. Y en Chile la población que efectivamente manifiesta la voluntad de donar –y cuando se respeta plenamente dicha voluntad- es poca. Sin embargo, hay mucho que debemos discutir.

Primero decir que, dejando de lado mis aprehensiones personales con respecto al tema, pienso que es preciso que el Estado lleve a cabo campañas de educación en torno a la donación de órganos. Ojalá dejando de lado mensajes demasiado sensacionalistas, si no es mucho pedir.

Pero la ley de donantes que entra en juego ahora: no. No. Sencillamente no. Creo que ya ha sido hora para decir basta a políticas que se basan en un modelo de ciudadano absolutamente subestimado, tanto en su voluntad como en su raciocinio. Una cosa es incentivar la donación de órganos, y otra muy distinta es obligarla.

Porque la estrategia es muy sencilla, y desafortunadamente muy conocida: el acuerdo tácito. Sí, el mismo que lleva a miles a caer en cobros abusivos, o en la cara triste de repactaciones unilaterales, porque no se le ocurrió preguntar a cada minuto qué es exactamente lo que están pensando hacer con su cuenta los directores de finanzas del retail, y entonces “el que calla otorga”. La ley se supone, a contar de su promulgación, conocida por todos, y por tanto todos quedan afectos a ella. Así, todos los mayores de 18 años somos desde ahora mismo donantes, sin importar consideraciones filosófico religiosas; sin importar miedo irracional o reflexión concienzuda; sin importar que sencillamente aún no lo habremos decidido bien. No importa: usted ya es donante.

Sea por buenas o por malas razones, hasta ahora un sujeto podía manifestar su NO voluntad de ser donante, sencillamente frente al oficial de registro civil. Pero ya no.  Sin dejar de ser ministro de fe, este tipo de fe no puede observarla. Para ello se ha dispuesto –lo cual, como no, encuentra en el caso de las cuentas “misteriosamente infladas” el símil del abogado que resulta ridículamente caro para el monto de la pillería- de la posibilidad de que el ciudadano declare bajo juramento ante notario que no quiere donar sus órganos.

La figura del notario, déjenme ser franco, es para mí un mal necesario. Y quizá, -yo dudo- quizá, ni tan necesario. Esto en general. Esa manía que tenemos los chilenos con el papeleo es una cosa extraordinaria. Y yo cientos de veces he salido de una notaría preguntándome por las esperanzas de este mundo, luego de que quien certifica que quien firmó un papelito es, efectivamente, quien dice ser, ni siquiera ha visto al firmante ante sí. Pero adicionalmente, se trata de un servicio caro. Porque, ¿y el derecho a decidir no donar? No, ni siquiera será un trámite gratuito: hay que pagar por ello.
No me gustan las conspiraciones, pero llevo un par de horas buscando una buena razón para no imaginar una. Qué se yo, eso de conservar pensamientos todavía es más o menos gratis.

Entonces, es muy perverso el efecto: tendremos más donantes, quizá, pero no porque se haya dado a entender de manera satisfactoria el sistema de solidaridad que se establece con la donación de órganos, sino más bien por omisión, flojera, ignorancia, o lo que es quizá más indignante, falta de recursos económicos: haremos del desposeído, y del desprevenido, un donante. Los que ya optaban por ser donantes –mediando nada más que un simple “sí” en cuanto a la manifestación de su voluntad- lo siguen siendo. Pero ahora se les une una masa de engatusados. Muchos chilenos no tienen “dónde caerse muertos”, pero ahora además, por defecto, su cuerpo sin vida tiene dueño.

El fin no justifica los medios. No cualquier manera es legítima. Y optar por la estrategia de la letra chica, de la pillería sistemática, como metodología de incentivo a la donación de órganos, no me parece a mí –desde luego- para nada legítima.

Basta.

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Comentarios

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02 de Octubre

Yo era donante. Era la unica en mi familia que, al renovar su carne, durante estos años declaro que sí era donante.

Este año, que logre renovar mi carne antes del lio del Servicio Civil, dije “No, no quiero ser donante”.

No he cambiado de conviccion, mi familia sabe que yo sí quiero donar mis organos cuando muera…. pero joder, ahora tengo miedo. Me da miedo que si me pasa algo, mi familia va a ir a la morgue y me van a encontrar cortada por trozos, porque ahora resulta que no solo mi utero esta secuestrado por el Estado, sino que mis ojitos azules y mis riñones y mis manos y mis uñas, todo, ahora es propiedad del Estado.

Y para colmo, ahora ya se cuanto vale mi cuerpo: 8.400 pesos. Casi como un kilo de lomo en el Jumbo.

Es que es de no creer semejante descaro. Es insolito vivir en un pais capitalista en que el cuerpo de las personas esta regido por una norma comunista.

Azucena Flores Del Campo

08 de Octubre

Parece un chiste de mal gusto.Pufff!! Porque no donan mejor el cerebro en vida,asi es màs ùtil para tanto tonto que no sabe que hacer con el…Plop!!!

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