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Sueño de autonomía territorial, política, administrativa y económica

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En 1963, Martin Luther King pronunciaba su extraordinario discurso “Tengo un sueño” («I have a dream») durante la marcha por el trabajo y la libertad. El derecho a soñar no puede derogarse bajo ninguna circunstancia, pero no se imagine usted que voy a expresar un conjunto de quimeras idealistas, sostenidas sobre especulaciones de un futuro imaginario. Más bien, son convicciones que cambien una realidad que se parece mucho más a una pesadilla que a un sueño. En efecto, Luther King no solo deseó la aplicación plena de los derechos civiles en igualdad de condiciones para todas y todos, sino que derramó su sangre como testimonio fehaciente de sus más profundas creencias.

“Un verdadero líder no es un seguidor de consensos, es un forjador de consensos”, decía el pastor King, aludiendo al camino que debe recorrerse para construir los cambios verdaderos y permanentes. Esto me lleva inevitablemente a pensar en aquellos que están siempre donde conviene, cuando llegan los momentos difíciles y a la vez decisivos. Y también, en esos otros que intentan capitalizar a su beneficio la lucha de un pueblo y las muertes de nuestros hermanos y lamngen. Y finalmente, cruzan por mi mente todos quienes me criticaron por aceptar la invitación que me hicieron los loncos y werkenes de Temucuicui.


Lo que le pedimos al Estado es autonomía. Se trata de autonomía territorial, política, administrativa y económica, que permita la creación de parlamentos por identidad territorial, lo que estaría en perfecta sintonía con el Convenio 169 de la OIT

En lo personal, he aceptado conversaciones con mucha gente con la cual no necesariamente estoy de acuerdo e incluso podemos pensar diametralmente diferente: dirigentes empresariales, ministros de Estado, organismos internacionales, referentes de opinión y líderes de distintos pueblos indígenas. Creo en el diálogo, en el respeto a la verdad, en los espacios democráticos y en que son los acuerdos, los que nos llevarán a una paz duradera y al sueño del buen vivir que promueven nuestros pueblos ancestrales.Sin embargo, ha habido cientos de reuniones, innumerables discursos y miles de palabras para decir nada. Muchas de esas ideas duermen en las bibliotecas de grandes universidades o “centros de pensamiento”, que más bien utilizan la causa mapuche como objeto de estudio o como materia prima para obtener proyectos que siempre terminan beneficiando a quienes los ejecutan. Y todo esto ocurre mientras siguen allanado comunidades, golpeando niños y niñas, como acaba de ocurrir a la hija de 7 años de Camilo Catrillanca (Q.E.P.D), violentando y matando hermanos y hermanas, bajo el pretexto de velar por la seguridad y el Estado de Derecho.

Por supuesto que debemos forjar el consenso, primero, entre quienes buscamos liberar a nuestro pueblo mapuche de las cadenas de la segregación política y la expoliación territorial, que tiene como consecuencia la pobreza material y la desigualdad en todas sus formas. Ya no es posible seguir esperando 140 años más. Esta es la tarea de la nueva generación de líderes. Seamos claros y precisos en esto: frente a este intento de exterminio y asimilación de nuestro pueblo, la unión debe ser superior a nuestras legítimas diferencias. Esta es la manera de derrotar –de una vez por todas– a los grupos de poder que han hecho el Estado a su medida y lo han transformado en su herramienta de discriminación, segregación y desigualdad.

¿Pero qué rumbo tomamos de aquí en adelante? ¿Qué debemos hacer? Los caminos y las alternativas, según mi opinión, son dos: el enfrentamiento violento con un costo de más vidas y el sufrimiento de mucha gente, o el diálogo con el poder institucionalizado, pero bajo condiciones de respeto y para acordar modos nuevos de convivir.

Nosotros nos hemos inclinado, indudablemente, por la segunda opción. Entonces, ¿cuál es nuestra propuesta? ¿Qué le pedimos resolver ahora mismo al Estado?

En el amplio espacio de los acuerdos, se ha pretendido decir que el Pueblo Mapuche no ha estado abierto al diálogo. Por el contrario, creemos que ha sido el poder político el que no ha estado dispuesto a un diálogo verdadero. La mejor comprobación de esto es que todas las manifestaciones sociales y acciones de reivindicación, se producen justamente por falta de un diálogo constructivo y democrático de parte del poder institucionalizado. De hecho, fue el pueblo de Chile el que, portando nuestras banderas, expresó aquello que el poder no hace: reconocernos como seres humanos y como pueblo.

En efecto, en el encuentro de Temucuicui se desmitificó esa monserga manoseada de la casta política dominante y de grupos con intereses económicos de que estamos en guerra, mapuche contra chilenos. Y no hablo solo de la caída de los montajes que la inteligencia política y policial del Estado, sino también por el encuentro humano entre Marcelo Catrillanca y la madre y el hermano del policía asesinado en un operativo de la PDI.

Siguiendo lo que ya es un hábito injustificado, el director nacional de la PDI intentó culpar a gente mapuche por ese crimen, sin pruebas y sin debido proceso. En definitiva, este apoyo mutuo de víctimas de esta situación derrumba la credibilidad en los procesos policiales, corroe la confianza en la justicia y destruye los intentos de seguir vinculando la lucha mapuche de data ancestral a hechos policiales, delictuales, de terrorismo y droga.

Es posible concluir que una solución demorada demasiado tiempo, termina siendo una injusticia declarada. A pesar de ello, Temucuicui y cientos de organizaciones del Wallmapu exigen un diálogo resolutivo, antes que sea demasiado tarde para Chile.

En el proceder territorial de los lof, se debe entender que los mapuche están defendiendo su derecho a existir y a reclamar tierras que les pertenecen desde tiempos remotos. No olvidemos que fueron el Estado y la casta dominante los que violaron el Tratado de Tapihue de 1825, que reconoció la nación mapuche, sus límites con Chile y su forma de gobernarse, bajo los encendidos discursos “civilizatorios” del Partido Liberal en voz de Benjamín Vicuña Mackenna.

Lo que le pedimos al Estado es autonomía. Se trata de autonomía territorial, política, administrativa y económica, que permita la creación de parlamentos por identidad territorial, lo que estaría en perfecta sintonía con el Convenio 169 de la OIT, particularmente los artículos 7 y 8, referidos a la propia forma de organización que se den los pueblos y decidir su futuro en todos los ámbitos del desarrollo.

Para aquello, es necesaria la creación de un estatuto de autonomía, pactado entre el Estado y el pueblo mapuche, como se ha logrado con gran éxito en muchos países del mundo. Esto no es contradictorio con una verdadera integración en la diversidad. Muy por el contrario, la convivencia de pueblos es perfectamente posible, en la medida que los chilenos se sigan rigiendo por las leyes nacionales y el pueblo mapuche por leyes especiales.

En cuanto a las tierras, se trata de la devolución que deben realizar grandes empresarios forestales y agrícolas y no pequeños agricultores pobres. Y esto, por cierto, no afecta a quienes viven en las ciudades.

Y para aquellos fundamentalistas que no le otorgan al pueblo mapuche la capacidad de decidir por sí mismo, les recordamos que lo hicimos durante miles de años. Y aunque les resulte curioso, en función de los paradigmas de la “historia oficial”, los mapuche recuperamos la libertad 200 años antes que Chile dejara de ser colonia española y lo hicimos en mejores condiciones sociales y ambientales. El mapuche nunca habría asesinado a su madre tierra y nunca habría esclavizado a otros hombres, como ocurre hasta el día de hoy.

El estatuto de autonomía al que nos referimos vendría en reparar los daños provocados por la violación de los derechos del pueblo mapuche y a compensar los daños económicos, ambientales y jurídicos provocados por 140 años de explotación territorial y humana, nacidos de la violación del Tratado de Tapihue.

En cuanto a la participación política, es necesario la creación de una ley que, de acuerdo con la densidad poblacional de cada territorio, cree escaños reservados en el concejo municipal, en el consejo regional y en el Congreso. Esto no es un capricho, sino el ejercicio de una discriminación positiva, que permita que los pueblos indígenas en general, puedan tener poder de decisión en el epicentro donde se toman las decisiones, de tal manera que se pueda asegurar el funcionamiento plurinacional del Estado. En definitiva, un solo Estado, pero con una democracia más profunda que la actual.

Los mapuche no somos una nación perfecta, tenemos divisiones de diversa naturaleza, cometemos errores, pero estamos llamados a una misión perfecta: recuperar nuestro territorio y nuestra conciencia política de pueblo nación, para vivir el kume Mongen.

Pero esa misión es eminentemente solidaria, pues nos interesa hacer de Chile una sociedad más justa, donde a nadie le falte nada esencial, nadie se quede atrás y los frutos del trabajo alcancen para todas y todos.

TAGS: #CulturaMapuche #NuevaConstitución #PuebloMapuche

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