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En Chile pueden pasar muchas cosas sin que desde las elites nadie diga o haga nada al respecto por un buen tiempo. Para ejemplo, desde los abusos del retail hasta la crisis de la Educación Pública, cosas y casos que no han reventado, por ningún motivo y desde ningún ángulo, por interés o preocupación de nuestras llamadas ‘clases dirigentes’. Sin embargo, si algo se empieza a mover desde abajo, si algo sale ligeramente del foco unidireccional y autorreferente de nuestras elites, aun cuando los niveles de desaprobación de estas anden, literalmente, al nivel de las culebras, los gritos y voces de alerta no tardan en dispararse. Y empieza el cacareo de las ‘instituciones´.
 
En un país que se ha pegado como lapa a los formalismos más vacuos de la democracia ―como en su momento lo hizo con los de la dictadura―, las ‘instituciones’, nombradas siempre en un tono que va de la amenaza a la prédica religiosa, se convierten al final en el chivo expiatorio de una caterva de políticos, analistas y sociólogos de quinto enjuague incapaces de comprender la Historia como un proceso dinámico y en desarrollo, la Política como un movimiento constante de fuerzas y la Democracia como una construcción en permanente perfeccionamiento y ampliación. No. Para ellos todo se reduce a las instituciones, a si funcionan o no lo hacen, a que no sean rebasadas, a que no se les falte el respeto. Hasta que llegamos al paroxismo de que un vocero, un ministro, una persona que se supone tiene algún grado de criterio, por muy integrista y neoliberal que sea, manifiesta su honda preocupación por un graffiti. “Se ha dañado a las instituciones, esto es peligroso”, indican sentenciosos.
 
Apuntan a las ‘instituciones democráticas’ a la hora de señalar los escollos que presentan iniciativas “populistas” ―“chavistas” incluso, dirá más de uno―, como consultarle a través de plebiscitos o realizar consultas vinculantes con la participación de la ciudadanía en temas que la afectan directamente y resultan estratégicos para el futuro del país, como la Educación, precisamente, pero bien podría ser también el futuro de nuestros recursos naturales, nuestra matriz energética o nuestro sistema previsional, por mencionar algunos que se me ocurren casi al vuelo.
 
El miedo a la participación directa de la ciudadanía en sus propios asuntos, el pánico casi aristocrático a perder sus prerrogativas, sus cotos personales de ganancia y pertenencia, quedan de manifiesto en cada parrafada que invoca a las sacrosantas instituciones. Nada parece importarles a nuestras elites que esas instituciones sean hoy menos valoradas que el kilo de sal, porque no parecen comprender que sin legitimidad social, nada son esas instituciones. A lo más, mausoleos donde duermen su último sueño las leyes de una democracia insuficiente para un pueblo hambriento de ejercer su propia soberanía.
 
Legitimidad, no instituciones. Soberanía popular, no representantes que se designan entre ellos sin siquiera asomo de vergüenza.

Es la democracia chilena la que ha comenzado también a salir a la calle en estos días. Son los ciudadanos de esa democracia los que están clamando por ampliarla, por devolverle su sentido colectivo, sacándola por un momento del aire viciado de las instituciones para que respire el viento fresco de una primavera que quiere empezar adelantada.
 
* Camilo Brodsky es poeta y director de Das Kapital Ediciones.
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16 de agosto

Hay que tener cuidado a la hora de denostar la idea de institución. Las instituciones permiten disminuir la incertidumbre en nuestra vida. Hay instituciones formales como las leyes, los reglamentos del barrio, e instituciones informales como el saludar. Como nada es perfecto sobre todo el ser humano, hay instituciones que en la práctica se tornan retrógradas, inútiles o son contrarias a la ética, aunque en el papel suenen bien.

Efectivamente hay una institucionalidad que se torna inútil para un nuevo contexto político-social. En parte eso se debe a que las instituciones han fallado en una de sus funciones esenciales, evitar que cualquier ser humano que tenga poder, haga surgir el nepotismo, el cruce de intereses, el privilegio, en fin, no han evitado la concentración y con ello, el abuso de poder.

Y es que las instituciones son claves para evitar quedar a merced de malos gobernantes o déspotas, sea del lado que sean. Otra cosa es que algunas fallen en esa tarea. Por eso es errado denostarlas sin más, creyendo que lo único que importa es la legitimidad ¿De quién?

Entonces, no hay que olvidar que la pregunta no es ¿Quiénes deben gobernar? (que se liga con la idea de legitimidad) sino que la pregunta clave es ¿Qué instituciones nos protegen del mal ejercicio del poder sea por parte de uno solo o de una mayoría incluso legitima?

16 de agosto

Me parece que lo de soberania popular es muy amplio y finalmente suena a populismo. Lo ideal es crear mecanismos donde los representantes elegidos democraticamente tengan que responder por sus acciones frente al electorado (accountability). Tambien pueden existir votos de confianza o desaprobación para cada representante, con lo que la ciudadania tendria a la mano metodos reales de control sobre sus parlamentarios.

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