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El típico doble rasero de la opinión política

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Con respecto a una no tan reciente columna de Andrés Gómez sobre «Neruda y las mujeres que abandonó», una amiga opina que «una cosa es admirar a Neruda y otra cosa a Neftalí. Al Neruda “UP”, al Neruda brillante, la derecha siempre lo quiere destruir con el individuo Neftalí. A muchos nos cae mal por muchas cosas; pero, en el verso y en la develación de Latinoamérica, era un maestro. ¿Qué hacer? Odiarlo y admirarlo: no queda otra». De manera que una sola persona se vuelve doble. Así como con ese personaje que era actor y luego se volvió sofista, «quienes observan tu cambio creen, como en la tragedia, ver a un tiempo dos soles y dos Tebas [Eurípides Bacantes 918]. “¿Y este es aquel?”, se dicen en seguida» (Luciano Pseudologista §19). Pero Neruda no se distingue tanto de Neftalí cuando leemos, de su pluma, que «Stalin es el mediodía, / la madurez del hombre y de los pueblos» (Oda a Stalin). Incluso el legendario Domingo Espejo, antiguo profesor de castellano en el Liceo Manuel Barros Borgoño, advierte acerca de estas líneas panfletarias (Urbatorium 10-01-2008).


La opinión personal acerca de otros no debería afectar las convicciones políticas. Sé que, en el mundo real, esto no es así y las personas persiguen más afinidades que convicciones morales a la hora de votar y de opinar.

Habiendo leído la opinión de mi amiga, inmediatamente me pregunté cuál sería su reacción si yo dijera que hay que distinguir entre el Pinochet Capitán General y el Pinochet coleccionista de libros o si dijera que hay que distinguir entre el Hitler Führer y el Hitler amante de los animales. No estoy cayendo en la falacia ad Hitlerem (que no Hitlerum), sino que aplicando el método de conmutación. Porque, si se puede hacer con Neruda, se ha de poder con cualquier individuo. Y no resulta difícil imaginar que tanto ella cuanto cualquier admirador del comunismo se sentiría ofendido por la sola posibilidad de que alguien vea un lado positivo en Pinochet. Explicarían que “no es lo mismo” y añadirían que “no se puede comparar” y acentuarían lo descabellado que resulta hacer todo esto. ¿Pero cómo vamos a negar que todas las personas pueden tener aspectos diversos en su configuración humana?

Como lo establece Michael Shermer, mostrar a una persona un hecho que contradice sus creencias tendrá el efecto de que esta persona se aferre con mayor ahínco a esas creencias y rechace el hecho que le mostramos. Así que este sería un ejercicio inútil o, incluso, riesgoso. Por esto mismo, me parece, no le comenté nada a mi amiga cuando hube leído su opinión, pero sí pensé en mi interior acerca de lo que escribo aquí. Parece inevitable que defendamos a quien admiramos incluso cuando este queda expuesto inexcusablemente ante una acusación verdadera e irrefutable. Más aún, ignoraremos nosotros mismos las señales si nadie nos declara la acusación verbalmente, pero nosotros las presenciamos como testigos directos. Lo digo porque me ha ocurrido y el proceso de aceptar esta realidad es doloroso, aunque —asumo— benéfico en el largo plazo: como una cirugía correctiva o algo así.

De todas maneras, me parece que la opinión personal acerca de otros no debería afectar las convicciones políticas. Sé que, en el mundo real, esto no es así y las personas persiguen más afinidades que convicciones morales a la hora de votar y de opinar. No obstante, me parece innegable que resultaría mejor si ellas pusieran sus ideas por delante de sus preferencias emocionales a la hora de votar (o de no hacerlo) y de opinar: sería más honesto en un sentido político.

TAGS: #Discurso #Realidad

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Comentarios

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Mirya

13 de enero

No veo pq ser coleccionista de libros o amante de los animales merezca admiración. Problemente si Neruda hubiese sido un asesino de masas no sería tan fácil admirar su obra.

17 de enero

Me parece que, en realidad, la apreciación de la obra no debería depender de lo que la persona hace en otros ámbitos de su vida.

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