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Los dolores de cabeza que Trump le hereda a Biden: la total derrota

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Entre los múltiples y complejos problemas que Donald Tump “hereda” a Biden y que este último deberá intentar solucionar, figuran el fraccionamiento y polarización sociopolítica interna que está viviendo Estados Unidos, así como los resquebrajados niveles de confianza hacia la mega potencia americana por parte de sus históricos aliados como son la Unión Europa, Reino Unido y Japón o la necesidad de que Estados Unidos vuelva a jugar un papel de liderazgo en los grandes temas multilaterales como el del cambio climático entre otros.


La economía China está totalmente imbricada con las grandes economías occidentales (además del resto de las economías del mundo) y que no es posible intentar bloquearla, aislarla o castigarla, sin recibir fuertes y brutales consecuencias en sus propias economías.

Pero sin lugar a dudas, desde un punto de vista geopolítico, el principal problema que hereda Biden es que China ha quedado aún más fortalecida en el tablero del poder mundial tras el paso de Donald Trump por la Casa y su “genial” idea de declararle una “guerra comercial” (y mediática), mientras que Estados Unidos solo ha acrecentado su imagen de potencia en declinación. Por cierto, en este proceso la crisis del COVID 19 –que estalló en medio de la guerra comercial- ha jugado un papel relevante y la sumatoria de errores en que incurrieron, principalmente Estados Unidos pero también la Unión Europea frente a la pandemia, sólo han venido a fortalecer la autoconfianza del gigante asiático en sus propias capacidades al punto que ha comenzado a utilizar un lenguaje crecientemente belicista para defender sus intereses y que, hace una década atrás, hubiera sido inimaginable.

Recordemos que en marzo de 2018 Trump parecía liderar una ofensiva estratégica contra el crecimiento económico de China, ya que a fin de fortalecer su política proteccionista sintetizada en su lema de campaña America First, le declaró la “guerra comercial” anunciado el aumento de aranceles en un 25% al acero y un 10% al aluminio importado desde la potencia asiática. Con estas medidas buscaba modificar el impactante superávit que los chinos mantenían con EE.UU. en su intercambio comercial y que en 2017 había llegado a 317.100 millones de dólares a favor de los asiáticos. De ahí en adelante las alarmas se prendieron no sólo en China, sino que en toda la globalizada economía planetaria que veía con espanto como esta guerra sólo escalaba, ya que China no se amilanó y, por el contrario, comenzó a responder golpe con golpe. De esta forma, a los primeros anuncios de Trump, respondió aplicando un arancel de 15% a varios productos estadounidenses tales como vino y frutas entre otros y un 25% a productos derivados del cerdo. Trump, reaccionó redoblando la apuesta y sumando cada vez más más productos chinos a ser castigados con aranceles más altos y, nuevamente China respondió con alzas arancelarias que castigaban (aunque en menor escala) a productos estadounidenses (Merino y Narodowski, 2019). De esta forma, “golpe tras golpe”, se llegó a septiembre de 2018, cuando EE.UU. anunciaba que para el 1 de enero de 2019 impondría aranceles entre 10% y 25% a un total de productos chinos valorados en 200 mil millones de dólares (Geeb y Biran, 2019).

Con esta estrategia Trump consiguió sentar a negociar a China a fin de mejorar el desfavorable intercambio comercial estadounidense. El 1 de diciembre de 2018, en la reunión del G20 en Argentina, Trump y Xi Jinpin acordaron una tregua para negociaciones, por lo tanto EE.UU. postergaba la puesta en marcha de los aranceles a China hasta el 1 de marzo de 2019 (Geeb y Biran, 2019). Sin embargo, las negociaciones no prosperaron según el gusto del presidente estadounidense y el 10 de mayo de 2019, se impuso a China las alzas arancelarias postergadas. Como era de esperarse, China devolvió el golpe el 13 de mayo, señalando que para el 1 de junio gravaría con nuevos aranceles una serie de bienes estadounidenses por un total de 60 mil millones de dólares. Dos días más tarde, el 15 de mayo Trump, anunciaba un decreto a ser puesto en práctica en agosto que prohibía la compra en EE. UU. de equipos de telecomunicación extranjeros vistos como riesgosos, apuntado a neutralizar a Huawei e impedirle que impusiera su tecnología 5G en occidente; a lo que China anunciaba el 21 de mayo, que estaba preparada para una guerra comercial prolongada y, además daba señales de estar dispuesta a congelar la exportación de tierras raras a EE. UU., recursos extremadamente escasos y que son vitales para la industria de alta tecnología civil y militar norteamericana (Geeb y Biran, 2019). De esta forma, para septiembre de 2019, 20 meses después de iniciada esta guerra comercial, ambos países habían comenzado a aplicar nuevos aranceles a un total de productos que alcanzaban los 300 mil millones de dólares. Sin embargo, el 15 de ese mes la OMC emitía un dictamen señalando que los aranceles impuestos por Estados Unidos a China en 2018 y 2019, eran excesivos y violaban las leyes internacionales (Expansión, 15.09.2020)

Nuevamente se retomaron las negociaciones, y el 12 de diciembre, en vísperas del estallido de la crisis del COVID 19, se anunciaba un nuevo acuerdo entre las dos mega potencias a fin de comenzar a retirar paulatinamente los aranceles mutuamente impuestos. Por cierto, Trump acompañaba este anuncio señalando que él había ganado esta guerra, porque había conseguido que China realizara cambios en su economía favorables a los intereses estadounidenses, tales como aplicar normas de propiedad intelectual más estrictas y un mayor acceso a sus mercados financieros, entre otras (Garijo, 2019).

En medio de esta nueva “tregua” en la guerra comercial y con algunas expectativas de que Trump se tranquilizaría por un tiempo frente a China, dando así un respiro a la economía global, fue cuando estalló la crisis del COVID 19, en la que aún nos encontramos, y que modificó el panorama de la política mundial tal cual se venía dando hasta ese minuto.

Hasta antes del estallido de la pandemia, Trump se ufanaba de sus “éxitos” señalando que, junto con obligar a China a negociar, también había conseguido revitalizar la industria estadounidense al obligar a las multinacionales a llevar las inversiones de regreso a EE.UU., política que solamente en los dos primeros años de su gobierno había generado 500 mil nuevos empleos en la deprimida zona industrial del Rus Belt (cinturón manufacturero). E, igualmente se enorgullecía de sus políticas de disminución de impuestos ya que, según él, habían logrado estimular la creación de nuevas inversiones y nuevas fuentes de empleo. En este mismo sentido, señalaba que el crecimiento del mercado bursátil estadounidense se debía a sus políticas económicas agresivas (Martin, 2020).

Por lo tanto, por medio de este discurso, a fines del 2019 y comienzos del 2020, Trump se mostraba triunfante y confiado para enfrentar una campaña electoral que buscaba su reelección en el próximo mes de noviembre. Sin embargo, el 31 de diciembre de 2019 la OMS anunciaba al mundo que un virus desconocido estaba afectando a la ciudad de Wuhan en China. Una semana después, el 7 de enero de 2020, las autoridades del país asiático identificaban la cepa del coronavirus. El 21 de enero se registraba un primer infectado en EE. UU., y el 30 de enero la OMS declaraba pandemia global y llamaba a tomar estrictas medidas de precaución a fin de proteger la salud de los habitantes (CNN Chile, 05.05.2020).

Por cierto, esta pandemia que se esparcía rápidamente por el mundo, obligaba a severas medidas de cuarentena y aislamiento mientras no se encontrara una vacuna, lo que indudablemente impactaría negativamente en la economía de los países. Esta situación Trump no la podía tolerar en un año electoral, por este motivo busco por todos los medios relativizarla. Por ejemplo, en febrero de 2020 señalaba que la amenaza del nuevo virus, era “como una gripe” que iba a desaparecer como por “milagro” (Lyssardi, 2020). Sin embargo, frente a su acelerado avance, un par de semanas después, en marzo, se vio obligado a anunciar la restricción de viajes de Europa a EE.UU. Medida que tomó sin consultar a sus socios europeos, lo que desató la molestia de estos además de importantes atochamientos de pasajeros en los aeropuertos (BBC, 2020).

Sin embargo, para la última semana de abril comenzaba a relajar las medidas de confinamiento inicialmente tomadas, señalando que el brote estaba siendo superado y que se debía reabrir la economía. Además, afirmaba que los fallecidos por esta pandemia no superarían los 100 mil en el país (El Clarín, 22.07.2020). E igualmente, a fin de distraer la atención de las consecuencias que había acarreado su menosprecio inicial a la gravedad de la pandemia y que en el mes de abril tenía a Estados Unidos con más fallecidos que países como Corea del Sur,[1] Trump culpaba a la OMS de mala gestión y “encubrimiento” de la gravedad de la enfermedad y avisaba que retiraría el financiamiento a esta organización (Sachs, 2020). Igualmente, a inicios de mayo de 2020, culpaba a China de generar el virus del COVID 19 y crear la pandemia por su mala gestión, por lo cual anunciaba un plan para “castigar” a China (Atwood; 2020). De esta forma, retomaba sus retóricos ataques a China, sólo que ahora cambiando el foco del comercio al origen de la pandemia y, a fin de sostener esta estrategia comenzó a presionar a las agencias de seguridad e inteligencia estadounidenses para que “encontraran” las pruebas necesarias destinadas a “demostrar” que China era la responsable de la aparición de esta pandemia (Cole, 2020). Meses más marte, en la 72 Asamblea de Naciones Unidas desarrollada en septiembre, volvía a repetir estas acusaciones, señalando que China, junto con controlar y manipular a la OMS “había desatado esta plaga sobre el Mundo” (Concha, 2020).

Sin embargo, no sólo lo inesperado de la pandemia del COVID 19 sino que su magnitud, terminó descolocando totalmente el agresivo discurso y programa de gobierno de Trump, America First, que con tanta meticulosidad había desplegado en los tres años de gobierno que llevaba hasta 2019 y que, según él, había logrado la recuperación de empleos y de la economía estadounidenses, además de haber “puesto en su lugar” al pretencioso rival asiático haciéndole ver, por medio de la “guerra comercial”, que el único que manda en este mundo y pone las reglas son los Estados Unidos. Lo cierto, es que la aparición de la pandemia lo obligó a improvisar, consciente de que no podía cerrar la economía y afectar los puestos de empleo ya que, sus vociferantes “éxitos económicos” eran su principal caballito de batalla con el que pensaba ser reelecto para cuatro años más en la casa Blanca. Todo indica que apostó a que la pandemia no sería tan seria como finalmente resultó, y cuando se vio obligado a tomar medidas como los cierres de frontera anunciados y los diferentes paquetes de medidas económicas destinadas al creciente número de desempleados que la pandemia estaba dejando, ya era demasiado tarde. En abril se convertía en el país con más fallecidos por la pandemia a nivel mundial (triste record que mantiene hasta el presente) y en julio ya había perdido 750.000 puestos de trabajo en el área de la producción (DW, 2020).

Por lo tanto, si hacemos un balance de esta política America First de Trump, referida a su guerra comercial con China e incluimos los efectos de la pandemia del COVID 19, vemos que el legado que le hereda al flamante presidente, recientemente asumido, Joe Biden, es francamente desfavorable, cuando no desastroso para la mega potencia americana.

En términos económicos, EE.UU. entro en recesión en febrero de 2020 tras 128 meses de crecimiento, y durante ese año su economía sufrió la mayor contracción desde el fin de la segunda guerra mundial retrocediendo en un 3,5%. Entre otros aspectos, esto significó que durante 2020 las exportaciones cayeron un 13%, el consumo interno cayó un 3,9%, se perdieron 10 millones de puestos de trabajo y la tasa de desempleo llegó al 6,7% (Sánchez-Vallejo, 2021).

Por el contrario, China salió fortalecida tanto en los números como respecto de su posición en la economía mundial. Durante 2020 su economía creció un 2,3%, y si bien es el crecimiento más bajo de sus últimos 40 años y quedó lejos del 6% inicialmente planificado antes de la pandemia, fue la única gran economía mundial que mostró un crecimiento positivo (E.B., 2021 a). Estos resultados son realmente significativos si consideramos que, como se mencionó, Estados Unidos decreció en un 3,5% y, por su parte, la Unión Europea, decreció en un 6,8% que, al igual que en el caso norteamericano, es la mayor caída económica que experimenta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (Pellicer, 2021). De igual forma, la balanza comercial china del 2020 resultó extraordinariamente favorable con un superávit de 535.030 millones de dólares, el mayor superávit desde el 2015, pese a la pandemia y su guerra comercial con EE.UU. (E.B., 2021 b). Esta situación, vino a demostrar, una vez más, que la economía China está totalmente imbricada con las grandes economías occidentales (además del resto de las economías del mundo) y que no es posible intentar bloquearla, aislarla o castigarla, sin recibir fuertes y brutales consecuencias en sus propias economías. Y esta situación se mantendrá, por lo menos en el mediano plazo, ya que la pandemia demostró lo dependiente que está la economía mundial de la producción china, y si bien por esta razón se ha abierto todo un proceso de análisis de seguridad nacional en Europa como en los Estados Unidos que podría intentar modificar esta situación, fortaleciendo una producción nacional con fines estratégico a fin de no depender en demasía de los productos chinos, los cambios, de producirse, no serán ni inmediatos ni totales.

Lo cierto es que, a la hora de los balances, la realidad señala que el enorme peso específico que tiene la economía china, y particularmente su enorme mercado, para el resto de la economía mundial, solo se ha acrecentado al punto de transformarla en indispensable e imprescindible. Por cierto, China está consciente de esta situación y ha comenzado a utilizarla con fines estratégicos destinados a posicionarse aún con más fuerza en el tablero mundial del poder. Por ejemplo, en noviembre de 2020 China firmó un acuerdo comercial con 14 economías del Asia pacifico, conocido como Asociación Económica Regional Integral (RCEP), que abarca a 2.200 millones de personas y casi un tercio de la producción económica mundial. Esta firma, en medio de la pandemia, se interpretó como una suerte de golpe de gracia a los intentos proteccionistas de Trump y su pretendida guerra comercial, así como a cualquier intento estadounidense por intentar restringir o aislar, aunque sea parcialmente, a la economía del gigante asiático (Fritz, 2020). Igualmente, un mes y medio más tarde, el 30 de diciembre, China cerraba un acuerdo de inversión con la Unión Europea, negociado durante 7 años, pese a los encarecidos “ruegos” que había realizado Joe Biden a los europeos para que retrasaran dicha firma, hasta que él estuviera posicionado en la presidencia de Estados Unidos y pudieran construir un frente común europeo-estadounidense para negociar con los chinos (Sandri, 2020).

Por otra parte, una China cada vez más poderosa ha demostrado que es un alumno aventajado al momento de aprender sobre los tradicionales métodos internacionales de presión que históricamente han utilizado Estados Unidos y sus aliados occidentales. En este sentido utilizó a Australia para mandarle un mensaje al mundo de lo que le puede ocurrir a un país si irrita mucho al crecido dragón oriental. El hecho es que China inició una “guerra comercial” de castigo en contra de Australia, que al igual que muchos otros países, tiene como principal socio comercial a China. La irritación China hacia Australia comenzó en 2018 cuando estos últimos, siguiendo los concejos de sus amigos estadounidenses, bloquearon a la empresa Huawei de la construcción de su red 5G alegando razones de seguridad nacional. Esta irritación alcanzo su clímax en los primeros meses del 2020 cuando el ministro australiano, Scott Morrison, frente a la pandemia del COVID19 se alineó con Trump y pidió una investigación internacional sobre su origen apuntado a los asiáticos como responsables. Como respuesta, en mayo, China suspendía la importación de carne de buey de cuatro grandes proveedores australianos e imponía aranceles del 80,5% a la cebada del país; en junio recomendaba a los turistas y estudiantes chinos que evitaran Australia, por los incidentes de carácter “racista” contra las personas de origen chino; y en agosto el Ministerio de Comercio chino anunciaba la apertura de una investigación antidumping a los vinos importados de Australia (Ámbito, 27.11.2020). De esta forma, el 2020 terminaba con las relaciones bilaterales en tensión y con un conflicto que no decrece, lo que tiene a Australia seriamente alarmada, ya que su superávit comercial de noviembre había caído en 1.500 millones de dólares y, además comenzaron a aparecer análisis que señalaban que, de prolongarse y extremarse el conflicto, Australia vería retroceder su PIB en un 6%, mientras que el de China se vería afectado en menos de un 0,5% (EFE, 30.12.2020).

Finalmente, como corolario, cabe señalar que cuando el 7 de enero de último Estados Unidos anunció que su embajadora ante la ONU, Kelly Craft, viajaría a Taiwán para reunirse con sus autoridades a fin de estrechar el apoyo que Estados Unidos le da a esta isla y que China la considera como su provincia rebelde, el gobierno chino, junto con aumentar su presencia militar alrededor de la isla,  declaro que EE.UU. pagaría muy caro semejante acción y les advirtió que “estaban jugando con fuego” (DW, 08.01.2021). La semana siguiente Craft si bien canceló su viaje a Taiwán argumentando que lo postergaba debido a que Estados Unidos estaba en un proceso de transmisión del mando presidencial, si celebró una video conferencia con la presidenta de Taiwán, Tsai Ing Wen. Igualmente, a los pocos días de asumido Biden, su gobierno declaró que el compromiso de EE.UU. con Taiwán era “sólido como una roca”, después de que se supiera que aviones de guerra chinos había violado el espacio aéreo taiwanés (DW, 24.01.2021). En respuesta, China realizó inéditas declaraciones para los oídos occidentales, señalando que cualquier intento de independencia de Taiwán significaría la guerra (BBC, 29.01.2021).

De esta forma queda claro, que lo único que consiguió la “agresiva” política de Trump hacia China, fue que ésta se sienta en la actualidad cada vez más segura y agrandada frente a Estados Unidos. De aquí entonces, podemos concluir que la mayor herencia que Trump le deja a Biden son los “enormes dolores de cabeza” que le va a significar tratar de contener el acelerado crecimiento del poder global del dragón asiático.

[1] EE.UU. para el 14 de abril llevaba  26 mil fallecidos por coronavirus presentando un registro de 79 muertes por millón de habitantes, en cambio Corea del Sur, que había tomado severas medidas de cuarentena, presentaba apenas 225 muertes, con un registre de 0,3 fallecidos por millón de habitantes.

Referencias

TAGS: #China #DonaldTrump #EstadosUnidos #JoeBiden

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26 de Febrero

China, en cuanto Estado – nación, se despliega globalmente sin mayores resistencias, y como bien indica el profesor Estenssoro, la política exterior del gigante asiático no escatimará en acciones para resolver lo que considera se encuentra en su órbita geopolítica nacional, cuestión que describe documentadamente el artículo. El sistema internacional, post guerra fría, como indican algunos autores, se encuentra en transición. En esta condición de transición, se avanza en interpretaciones del mismo desde el bipolarismo de la Fría Guerra, al aparente uni-polarismo que se quiso proyectar, a un multi-polarismo, a otro estado de guerra fría 2.0 (China – EE UU). Lo cierto, es que el ajuste del sistema internacional está en marcha con todas las disputas que ello implica, en los niveles de incertidumbre propios de este presente global, donde China será un actor global explícitamente presente (economía, vacunas, tecnología y tantas otras posibilidades que ofrece el gigante asiático). Quedará ver cómo la periferia latinoamericana se dispone en tal escenario.
El artículo permite una mirada documentadamente óptima y analíticamente necesaria para refrescar-recordar el contexto global en el que nos encontramos.

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