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Recado abierto a Natividad Llanquileo

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Hace un par de meses, subí a estas mismas páginas una carta abierta de apoyo a una de las involucradas en el caso Bombas, que en lo medular decía algo parecido a lo que se podría decir sobre la vocera mapuche de las familias de los huelguistas: Cuenta conmigo, Natividad Llanquileo, aunque la prensa y el gobierno criminalicen tu bellísimo nombre, Natividad, como si no supieran cómo acariciamos las letras cuando decimos “Natividad”, etc, etc, etc.

En aquella oportunidad, no faltó quien quiso ver en mis palabras un ejercicio esencialmente frívolo, por detenerme un par de párrafos en la frágil belleza de la acusada, cuando no derechamente una defensa inconsciente de una clase social acomodada. Como discutir sobre el inconsciente y sobre las clases sociales nos puede llevar demasiado tiempo, me interesa centrarme en la frágil belleza de Natividad.

Pertenezco al tipo de varón que se distrae mirando mujeres mientras toma café en una terraza, cuando es inmovilizado por un mar humano dentro del metro, cuando la fila del banco avanza demasiado lento. Los de mi tipo, si pudiéramos, aplaudiríamos cuando un escote celebra la llegada de la primavera, cuando una falda nos recuerda el origen de la vida, cuando una cintura homenajea que en un cuerpo puedan existir tal cantidad de igualdades y diferencias.

Pero pertenezco también a ese tipo de humanos que sienten que si no han leído el diario es como si no se hubieran duchado, y que se indigna periódicamente con la crueldad de los poderosos, el descaro de los enamorados del dinero, la tristeza de los guardianes de las buenas costumbres. Y es entre los que compartimos ambas tribus, Natividad, en donde encuentras tu público más incondicional.

Lo que más sorprende en Natividad es su absoluta falta de estridencia en un mundo en el que tanta gente se la pasa llamando la atención de las peores formas posibles, partiendo por el Presidente. Frente a Ministros que gustan de las declaraciones altisonantes (“se ha traspasado el límite de lo tolerable”; “qué paradoja ver como los mapuches atentan contra su propia vida”; “el gobierno no puede ponerse de rodillas”) y de medios de prensa que son verdaderos agoreros de la violencia (utilizando música de fondo de guerra mundial para mostrar apedreos e incendios), Natividad muy rara vez eleva la voz.

A diferencia de casi todos los políticos y opinólogos de nuestra patria, habla preciso, justo, ahorrándose los fuegos de artificio y las citas provocadoras. Hay algo de magnético, de hipnotizante en su fortaleza sencilla, en su tono de voz macerado, en su mirada huidiza. El contraste es notable: la pantalla es saturada por políticos que “denuncian” que los comuneros están comiendo, personas que hacen gárgaras con la “amenaza terrorista”, con la atrocidad de “atentar” contra la propia vida, y la respuesta viene simbolizada por una cara lozana, sencilla, inolvidable, que nos recuerda lejanamente a María Jesús Sanhueza, líder del movimiento pingüino del 2006.

Hay algo en ellas que las diferencia de el modelo hegemonizante y vulgar de belleza que nos impone el canon del showbusiness, el mismo que define buenos y malos, piadosos e impíos, terroristas y aterrados. Vivimos en un país donde se puede distinguir por fotografías mudas quién es el exitoso, quién el delincuente, quién el bohemio y quien el pobre. En ese páramo de discriminación clasista, es refrescante que mujeres como Natividad nos revuelvan la madeja.

Así que cuenta conmigo, Natividad, porque a dos de tus hermanos los querían meter 113 años presos, y si a los míos los quisieran encerrar una décima parte de eso no sería capaz de mantener tu temple.

Cuenta conmigo, Natividad, porque vienes de un mundo que no sólo es pobre, sino que además es invisibilizado.

Cuenta conmigo porque la ministra Von Baer -hace pocos meses candidata al parlamento por la zona que representas- decía en su programa que era necesario volver a “pacificar” la región, a través del efectivo cumplimiento de la ley antiterrorista.

Cuenta conmigo porque poquito antes de iniciada la huelga, el presidente hablaba de “un nuevo trato” con los pueblos originarios, consistente en dejar de verlos como “enemigos”.

Cuenta conmigo, porque comunidades mapuches también alegan para sí terrenos del latifundio Tantauco, y sé que no serán oídos por más que insistan.

Cuenta conmigo, porque tus hermanos llevan más de medio año en prisión preventiva, y tuvieron que poner en riesgo lo único que verdaderamente le pertenece a un preso –su vida– para poder ser escuchados.

Cuenta conmigo, porque nuestro santoral registra pocos nombres más cristianos –y, por lo tanto, occidentales– que Natividad, y quiere creer uno, como quien cree en un deseo de dientes apretados, que de esa despreocupada mixtura pueda nacer un nuevo comienzo.

Que así sea.

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