#Educación

La pausa incendiaria o el elogio a la velocidad lectora

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En Farenheit 451, Clarisse McClellan defendió ante Montag el valor de detenerse a mirar las cosas: “a veces, pienso que sus conductores [de los coches retropropulsados] no saben cómo es la hierba, ni las flores, porque nunca las ven con detenimiento –dijo ella-. Si le mostrase a uno de esos choferes una borrosa mancha verde, diría: ‘¡Oh, sí, es hierba! ¿Una mancha borrosa de color rosado? ¡Es una rosadela! Las manchas blancas son casas. Las manchas pardas son vacas. Una vez, mi tío condujo lentamente por una carretera. Condujo a sesenta y cinco kilómetros por hora y lo encarcelaron por dos días. ¿No es curioso, y triste también?” (Ray Bradbury, Farenheit 451).

Hace un tiempo estuve leyendo cuentos con una pequeña de siete años y que asiste a una de las cientos de escuelas que están bajo la Ley de Subvención Escolar Preferencial (SEP). Ella recorría las palabras sin poner atención en comas, puntos seguidos ni apartes, puntos suspensivos… El efecto natural era que llegaba a momentos de ahogo en que tenía que poner pausas donde no las existía. Un par de testimonios casuales más apuntan a cómo las familias se estresan tratando de que sus niños y niñas lean cada vez más rápido, cronómetro en mano.

La Ley SEP ha sido uno de los grandes consensos de la clase política chilena en educación de los últimos años. En lo esencial esta ley clasifica las escuelas en: “en recuperación”, “emergentes” y “autónomas”, ordenación que obedece a los puntajes SIMCE de cada una de ellas. Las escuelas (los sostenedores), una vez clasificadas, firman un acuerdo con el Mineduc donde se financia un Plan de Mejora para superar los puntajes SIMCE, específicamente el de lenguaje y matemática. El grado de autonomía en el uso de los dineros entregados a las escuelas para la realización de los Planes es el principal estímulo de las escuelas para “hacerlo mejor”, y constituye el motor del accountability buscado. El gran indicador entonces es el mítico SIMCE –bastante cuestionado en la literatura científica-, pero también se ha incorporado uno nuevo: la velocidad lectora, sobre la cual nos detendremos “lentamente”.

No es criticable que los sistemas educativos busquen mayores niveles de eficiencia y eficacia en el desarrollo de sus políticas. La Ley SEP, que ya se ha insertado en prácticamente el 100% de las escuelas municipales y en una mayoría de las escuelas particular subvencionadas del país, busca generar mejores SIMCE a través de la presión político-administrativa. Esta presión está dada en su extremo por la amenaza de cierre de las escuelas, sean públicas o privadas –donde soluciones intermedias podrían ser las intervenciones privatizadoras como las de Cerro Navia-. Los efectos sobre las escuelas básicas pueden ser positivos para aquellas que ya tenían un alumnado proclive a los buenos resultados, que muchas veces han seleccionado a sus alumnos y alumnas. Leer rápido en estas escuelas va de la mano con buenos niveles de comprensión lectora. Sin embargo, ¿qué pasa con aquellos/as niños/as que presentan problemas de lectura, y que además se concentran en las escuelas que no seleccionan?

Los procesos de esta ley se han reducido al conteo de palabras leídas en un tiempo determinado por nuestros alumnos y alumnas. ¿Qué leen? ¿Qué entienden? ¿En qué condiciones se desarrolla la lectura? ¿Qué disponibilidad existe de lectura interesante y adecuada a los niveles etarios? ¿Con cuánto tiempo extra aula cuentan los/as docentes para desarrollar y evaluar planes de lectura? ¿A qué costo personal, escolar y familiar se instalan estos procesos de “presión” lectora? ¿Qué efectos tiene al mediano y largo plazo esta política sobre el gusto y disfrute de la lectura?

Probablemente esta lógica de elaborar política educativa y de pensar la educación siga extendiéndose desde la enseñanza básica a la media. Conviene hacer una pausa, y es además buen momento para hacerlo, en las preguntas recién expuestas. Ante medidas brillantes como la cuasi eliminación de las artes en el currículum y la introducción de más evaluaciones estandarizadas, conviene resucitar la discusión pedagógica y curricular que nuestro país aun está debiendo desde el regreso a la democracia. La educación tiene que tener sentido en sus procesos y sus metas para generar la adhesión de nuestras grandes mayorías y de nuestros/as profesionales de la educación –profesores, asistentes de educación y personal de apoyo-.

Estas líneas pueden ser entendidas como una prevención antes de que como en Farenheit 451 decidamos que es mejor dedicarse a quemar los libros.

Jorge Inzunza H.

Campinas, 03 de marzo de 2011

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Foto: Sí a la lectura – Gato Pícaro / Licencia CC

 

 

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03 de marzo

Mientras la educación se mida por indicadores cuantitativos y no cualitativos (por lo menos para la asignación de recursos) seguiremos en esta espiral descendente. El problema no es la velocidad de lectura, sino la comprensión lectora. Hay chicos que leen muy rápido, pero que tienen cero comprensión lectora (y estoy hablando de estudiantes universitarios). Mientras no se refuerce ese punto seguiremos con los problemas a todo nivel y en todas las materias (matemáticas, ciencias y humanidades por igual), ya que el uso del lenguaje es primordial para todo.

Y que no se entienda como un achaque a los profesores de Lenguaje y Comunicación, sino a los profesores de otras áreas y a quienes dictan las normas para regular el currículum (sí señores, ustedes que redujeron horas de Historia y Ciencias Sociales para privilegiar las Matemáticas). Si los profesores no controlan la redacción, el uso de sus términos técnicos y la ortografía, no nos podemos quejar de los resultados.

A este paso, algún día quedaremos unos cuantos “Faber” escondidos, mientras el resto de los ciudadanos ven televisión a cuatro paredes.

03 de marzo

La velocidad lectora no tiene nada que ver con la lectura. Hay estudios que señalan que el estudio de música contribuye en los estudiantes a mejorar en matemáticas, y las matemáticas contribuyen al pensamiento lógico, las artes a la motricidad fina y la gimnasia a la motricidad gruesa. En fin, cosas que sirven para otra cosa.

La velocidad lectora tal vez sirva para mejorar algún tipo de operación mental, quizás a mejorar la memoria, los parpadeos por segundo o la capacidad respiratoria, no lo se, pero a la lectura no. Leer es algo totalmente distinto y que difícilmente podrá encontrarse en la escuela, menos si continúan con tan brillantes estrategias.

La lectura es hermana del placer. Cuando leo una novela, lo hago para pasarlo bien y no para mejorar mi vocabulario o tener mejor ortografía. Cuando leo un manual o un libro de recetas, elijo el capitulo que necesito y lo leo detenidamente una y otra vez hasta lograr hacer lo que allí aparece. No me quiero ni imaginar como quedaría una cazuela preparada desde uno de estos libros y leída en alta velocidad.

Quizás la velocidad lectora sirva para otra cosa, quizás se incorporen los concursos de deletreo también, Pero que nadie se confunda, la lectura es otra cosa; no habita en la casa de las obligaciones sino que muy lejos de allí: habita en la casa de los deseos.

03 de marzo

Interesante reflexión respecto a la naturaleza y motivación individual por la lectura. Sin embargo, creo que habría que enfatizar lo que Jorge pone como problema, y que es la falta de rigurosidad o creatividad política (o de parte de los políticos) para visualizar los problemas curriculares que las reformas traen consigo. La lectura es un caso, que por sobre todo escapa a toda noción de placer cuando no existe un valor para ello (sea instrumental o emocional), sino la obligación de cumplir con el estándar mediante premios y castigos. En ese caso, la experiencia personal con la lectura debe ser examinada con más detención, pues permite entender a veces qué es lo que lleva a un niño/niña a valorarla dentro de un proceso o diseño pedagógico que es parte de su vida. Los políticos creen que eso funciona con la idea del palo o la zanahoria. Los educadores encuentran que es muy simplista esa forma de entender la pedagogía. Yo les creo a los últimos.
Saludos.

04 de marzo

El malentendido más dramático de la exigencia de la Ley SEP y las metas a que se obliga cumplir a las escuelas, es la confusión entre métrica y didáctica. Le métrica alude a la meta de lectura y comprensión lectora de 60 palabras por minuto al terminar el 1er ciclo. Y la didáctica al hecho que numerosas escuelas “entrenan” a sus alumnos con crónometro en mano. Disfrutan los niños y niñas que ya saben, Pero para los que no saben, o nos les gusta leer y no tienen ejemplos familiares de gusto por la lectura, esa “didáctica” es fatal.

06 de marzo

Estimados amigos y amigas: Los invito a ver el video “Leer el Mundo” en el cual la magnífica educadora Mabel Condemarín y su equipo explicaban métodos y técnicas de enseñanza de la lectura con sentido en el P-900 a inicios de la década de los noventas: http://www.youtube.com/watch?v=AUo2vyVWjLQ
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