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La Marcha del Conocimiento

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Los futuristas del gobierno y el establishment criollo  aventuraron que este año 2012 sería un año radicalizado en cuanto a las movilizaciones sociales. La afirmación nacía como una respuesta orgánica a un fenómeno que difícilmente podían explicarse, pero que estalló visiblemente como un conflicto político. Las reaccionarias voces de quienes lo dominan todo lo demostraron: los escribanos del poder en sus diarios, los analistas políticos en sus think tanks, sus productores y editores en los medios, y los voceros del sistema político en sus instituciones “democráticas”. Todos al unísono reaccionaron con histeria ante la ‘izquierdización radical’, ante el ‘ultrismo’ de los estudiantes. Los coletazos de la movilización estudiantil del 2011 y su posible extensión a otros sectores sociales han incluso llevado al vocero de gobierno a armar pautas de prensa en reacción a lo que hacen o dicen los dirigentes estudiantiles. ¡Cómo si no tuviesen tareas más importantes que hacer como gobierno! En un ignorante simplismo, o quizá un deliberado recurso discursivo, los representantes del sistema político toman la palabra “radicalidad” y la igualan a “violencia.” En ello buscan establecer, quiéranlo o no, las bases sobre las cuáles disipar los intentos de movilización social que incipientemente amenazan con derribar este sistema político antipopular. Si no es un ignorante simplismo, otra opción sería que la clase política actuara con honesta incapacidad, cuestión que de todos modos demuestra lo patético de la institucionalidad supuestamente democrática en la que vivimos.

El proceso histórico que vive Chile tiene particularidades dignas de hacerlo un caso de estudio. Una élite económico-política que vive de manera autónoma respecto al resto de la sociedad. Una gran masa de trabajadores cuyas relaciones han sido desarticuladas al punto de extirpar su identidad popular colectiva y reemplazarla por la identidad del individualismo aspiracional de las clases medias imperialistas. Y una tradicional clase media precarizada, con sus instituciones constituyentes destruidas con el impulso de la privatización corporativa y la financialización de la vida instalada por la fuerza. No por nada se habla de que vivimos en ghettos, en comunidades cerradas que solo reconocen lo que tienen en común con el resto del país de manera chabacanamente simbólica, con chauvinismos nacionalistas. Nos creemos chilenos por celebrar los goles de la selección, u otros simbolismos que nos hacen imaginarnos como una comunidad nacional. Pero nuestras vidas transcurren aisladas unos de otros, con miedo y desconfianza hacia los mismos que celebran los goles. Nuestras vidas son violentamente segregadas, con separaciones físicas como las murallas y rejas, simbólicas como nuestra forma de vestir y hablar, biológicas por nuestros porfiados genes que nos marcan con un color de piel, un género, o un color de ojos, culturales como el acceso a transporte privado o público en nuestras grandes urbes.

Pero radicalidad no es lo mismo que violencia. Lo enfatizo, radical no significa violento. La radicalidad con la que nos encontramos el 2011 es la de hablar nuevamente de comunidad nacional en el plano material, en el plano cotidiano. Es la fuerza de una idea que busca redefinir nuestra convivencia y sacarla de los cánones con que nos impusieron una dominación por la fuerza. Al contrario del establishment, los estudiantes representaron la búsqueda de un nuevo tipo de sociedad, no la mera administración de la ya existente. Muchos no creemos en las instituciones de la dictadura y sus posteriores administradores. Pero ello no implica que neguemos  la historia ni podamos reconocer el potencial transformador de nuestros tiempos. Y es que cualquier transformación histórica no puede eximir a sus sujetos, a quienes vivimos en estos tiempos con estas condiciones.

Una de las condiciones de estos tiempos nuestros es la importancia del conocimiento. La gran tarea de la que pueden enorgullecerse los gobiernos post-dictatoriales en Chile es la expansión del formalismo idealista que señala que nos dirigimos hacia una sociedad del conocimiento.  Como toda denominación en la historia, la sociedad del conocimiento no es un estado que pueda instalarse por decreto. Tampoco es un estado que sea posible de evaluar independiente a nivel político, económico, y/o social. No estamos ad-portas de la sociedad del conocimiento solo porque la escolaridad de 12 años sea obligatoria, o porque un millón de jóvenes estudien después de salir del colegio. Influye también que vivimos más años que las generaciones anteriores, que la información está disponible de forma más barata, que la productividad no solo se mide por el trabajo material y físico, sino por las capacidades cognitivas demostrables que tienen las personas. Describimos una sociedad del conocimiento también porque hay una poderosa economía especulativa que ofrece productos financieros abstractos, formando una especia de área económica que bien podría llamarse ‘cognofactura’, para diferenciarla de la economía industrial o manufacturera. La especulación sobre la educación y la salud son ejemplos de cómo se fortalece la financialización de la vida como área de la economía. Pero también vemos la sociedad del conocimiento porque reconocemos que las ideas no son propiedad de las personas, por mucho que el sistema busque mecanismos para apropiárselas. La educación, por lo tanto, adquiere un valor central en la nueva economía inmaterial. No es de extrañar entonces que sea en la educación, un sistema de reproducción del conocimiento, donde ocurre el primer gran chispazo de reacción ante la institucionalidad dominante de la política chilena. Si antes (y ahora) se trataba de controlar las fuentes productivas materialmente, mediante la invasión y ocupación territorial, ahora se agrega el control de la producción del conocimiento: la educación. Y eso demanda necesariamente la lucha política.

Los que esperan que este 2012 haya una movilización estudiantil radicalizada no debiesen buscar en la violencia esa radicalidad. La radicalidad está en la capacidad de masificar una idea, de hacerla más sensata que lo que ofrece el sistema. Esa idea es que el conocimiento de todos es el potencial transformador. Da lo mismo si ese conocimiento viene de la universidad Harvard o de la tan denostada “universidad de la vida” de quienes no ingresan al sistema de credenciales universitarias. Lo importante es poder poner en marcha ese conocimiento, no sólo porque es central en la lucha política, sino también porque es un recurso nuevo, y nadie puede apropiárselo. La marcha del conocimiento debe superar la noción institucional de la sociedad del conocimiento, y por eso no hay que temerle a la radicalidad del 2012.

La marcha de la calle fue solo para encontrarnos en un sentimiento común. Es necesaria porque es la demostración de nuestra fuerza transformadora. Pero la marcha del conocimiento es la que armamos día a día, en nuestras interacciones con otros, en el encuentro y el diálogo solidario, en la colectividad donde reconocemos cómo somos iguales y cómo somos distintos. La radicalidad de este año debe ser esa. Por eso, con o sin paros, con o sin tomas, con o sin marchas en las calles, lo único que no hay que perder de vista es que debemos masificar el conocimiento. Es la única arma con la que contamos. Es probablemente la única que no nos podrán arrebatar.

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Foto: Matías Asún | Licencia CC

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