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La culposidad que eterniza la injusticia

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Detrás de (la mayoría de) los falsos culposos privilegiados no hay solo angustia. Hay un sistema de privilegios. Los derechos idealistas y formalizados chocan con la expresión material de la herencia material de sus cunas.

Fernando Atria lanzó una serie de columnas en Ciper que luego fueron editadas en el libro “La Mala Educación”. Atria es certero en cuestionar los lugares comunes sobre los que se ha construido la capacidad de discurso que tienen los defensores del sistema chileno de educación segregada y de injusticia institucionalizada. Y en su introducción apunta a la subjetividad de un actor central en esa capacidad discursiva: los privilegiados y su angustia.

Como Atria muestra en su libro, los privilegiados no son tan culposos al fin y al cabo. Yo prefiero llamarlos falsos culposos. De todas formas posibles excusan sus culpas profitando de las posibilidades que les otorgan sus privilegios, y alimentando sus egos sin el más último sentido de responder a anhelos sociales de justicia.

Sospecho que quieren exculpar sus privilegios de cuna y mostrarles a todos, en vitrina, que lo están haciendo. Y en esas formas de disculpa abundan la “evidencia empírica” la negación ideológica y la capacidad de instalar agendas comunicacionales en los medios. Y como los medios son su espacio, uno se encuentra con joyitas como ésta: un artículo titulado “La historia de éxito del colegio con más alumnos vulnerables”. Claro, otros arman su historia de disculpa en base académica, con títulos como “Liderazgo directivo en escuelas vulnerables”, o se arman en think tanks con financiadas investigaciones que les permitan decir que están preocupados por los eufemísticos vulnerables de su país. Y por eso “son líderes”.

Detrás de (la mayoría de) los falsos culposos privilegiados no hay solo angustia. Hay un sistema de privilegios. Los derechos idealistas y formalizados chocan con la expresión material de la herencia material de sus cunas.

Una herencia que les ha permitido ser quienes son, que ha forjado sus identidades y que ha permitido que sean escuchados por quienes les escuchan. Si el sistema se mantiene tal cual está, son los privilegiados los que siguen teniendo privilegios. Son los que ganan por herencia.

Ganar es un término de las carreras, de las competencias, de los juegos de azar. Se compite para ganar. Quien compite y no gana –adivine-, pierde. Esa es la noción de éxito que se ha comido nuestras vidas: el éxito es diferenciarse de los perdedores. Y es bien cómodo así el éxito para quien goza de privilegios. Pueden hablar de meritocracia por el sólo “mérito” de tener privilegios para ganar. Y no se les enreda la lengua. Y no se les arruga la frente ni titubean.  Su idealismo reformista de disculpas se juega porque los méritos manden el orden social. Y así se exculpan los falsos culposos,como dándose con la piedra en el pecho que no cambia nada más que su conciencia. En la cancha de los méritos ellos asumen que podrían seguir ganando. Y como en un mundo con justicia material, social y política, eso podría no ocurrir, entonces les acomodan sus discursos sobre el mérito puramente académico. Discursos que los mantienen privilegiados.

Las nociones de éxito escolar actual se parecen mucho, por diseño discursivo y coerción estatal, a las competencias en que los pocos exitosos se diferencian de los perdedores. El problema, más allá de las cuestionables nociones de éxito, es que los privilegiados obligan a los vulnerables a jugar, a competir, en una cancha en la que ellos no se meten: la educación pública (o educación financiada condineros públicos).

La culpa debe comérselos, supongo de buena intención. Imagínenlos. Envían a sus hijos a colegios privados desde donde muchos terminan siendo los jefes en empresas por cuyos cargos no compitieron. Imagínenlos. Les exigen puntajes SIMCE a los colegios públicos para demostrar unilateralmente qué es el éxito escolar. La excelencia que los falsos culposos obtienen en sus casas y sobremesas la transforman en pruebas estandarizadas. Imagínenlos. Cosas con las que ellos tienen la libertad de optar por aprender, o les llega por defecto, las imponen para que “todos deban saber”. O bien, imponen con su arrogancia tecnócrata los pisos mínimos de saber y saber hacer que necesitan de sus futuros empleados. Imagínenlos. Hablan que la educación asegura la movilidad social como si hubiese una relación causal directa sin ninguna otra variable de contexto.

Parece que lo que buscan los privilegiados es que la educación de sus empleados, esos hijos de la educación financiada con fondos públicos, aumente la productividad financierade sus empresas y actividades.

Así, los privilegiados culposos profitan de los eufemísticos vulnerables y de muchos más. Aquello los diferencia, los pone encima de los perdedores de la competencia de la vida, que por cierto son siempre mayoría.

Ahí caben muchos más que los vulnerables. Los endeudados por estudiar que no encuentran trabajo protegido, los que estudiaron algo que “no compite” en el juego de los privilegiados, los que viven su vida con la precariedad de llegar apenas con el sueldo al fin de mes, sin disfrutar de su familia o de tiempo libre. También están los que no tienen cómo financiar algo más que su rutina por mucho que trabajen, o los que si algo falla –se enferman ellos o alguien en su familia, o los despiden de su trabajo- caerían directo a la vulnerabilidad. Eso es una mayoría tremenda, subdiferenciada artificialmente en gran parte gracias a esa invención llamada “Estado subsidiario”. La máquina perfecta para los falsos culposos.

El Estado subsidiario necesita la segmentación social tecnocrática. Los administradores de un Estado subsidiario necesitan crear inmensos dispositivos conceptuales, académicos, burocráticos, y mediáticos con el fin de demarcar la discusión pública y cerrarla en torno ala ideología del subsidio. De ello nacen los eufemismos clasificatorios que permiten la distribución de los recursos públicos: los “vulnerables”, las “escuelas P-900”, los “situación de calle”, los “ABC1”, y cualquier clasificación imaginable que cumpla el cometido de los falsos culposos. Así los recursos públicos se “focalizarían” y llegarían a “quienes tienen que llegar”.

Entremedio, perdimos los derechos y la capacidad de hablar de éstos. Perder los derechos significa que no hay Estado que los garantice. Crecientemente, los derechos se venden a privados, muchos privilegiados, como “vouchers” que se asocian a las categorías sociales definidas por la burocracia tecnócrata que administra las decisiones del Estado. Es decir, no valemos como ciudadanos con derechos, sino como clasificaciones para focalizar el gasto público. Así es nuestra democracia: sin derechos universales.

No se puede pedir tanta tolerancia con quienes exigen ser héroes para los vulnerables buscando expiar sus culpas.

No se necesitan héroes, se necesita una sociedad dispuesta a transformarse para garantizar derechos. Y para eso no hay que evitar enfrentarse ideológicamente con quienes mantienen el sistema negando las posibilidades emancipatorias de las mayorías. La culposidad de los privilegiados no puede guiar las transformaciones sociales, pues solo crea historietas “heroicas” y las perpetúaen el imaginario… sin que nada sustancial cambie.

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Foto: fiportt_ / Licencia CC

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