#Educación

La calidad de la escuela no es solo académica

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En enero pasado asistí a la graduación de mi sobrino de su jardín infantil. Era un acto, un rito, que marca el paso desde una etapa a otra en la educación. El acto estaba organizado como cualquier acto tradicional en una escuela pública: himno nacional, formación de los niños, padres, apoderados y familiares en el público, palabras de los directivos y algunas profesoras. Y, por supuesto, las actuaciones de los niños y niñas en colectivo. Esta vez fue el turno de un baile. Me vi emocionado al ver a mi sobrino ‘bailar,’ al igual que el público que presenciaba la performance. Sin embargo, en el contexto del academicismo del baile, la actuación de los niños no podría sino estar lejos de lo que un profesional encontraría ‘de calidad.’ Pero para muchos, incluyéndome, eso no era lo importante; lo importante era el rito con el cual se marca el término de una etapa y se inicia otra.

Las escuelas están llenas de ritos similares, ritos que son significativos para las familias y que se contagian entre los y las estudiantes. No hay mucho de ‘control de calidad’ en esos ritos, sino mas bien harto de formar comunidades, de conversar entre las familias, de organizar proyectos colectivos, y de mostrar los resultados de esos empeños a la comunidad. Cualquier acto de graduación escolar incluye en parte el producto del trabajo acumulado y experiencia de niños, niñas y jóvenes y sus profesores(as) durante un tiempo extendido. La creatividad se pone a prueba en esos esfuerzos, muchas veces (si no todas) sin ser considerada en los indicadores de calidad que tanto fetichizan los diseñadores de políticas educacionales. Lo más probable es que cualquier recién egresado de pedagogía deba ser parte de la organización de esos esfuerzos en sus escuelas, especialmente si son públicas: desde organizar campeonatos deportivos, talleres de cueca, de teatro, de ciencias, de música, de baile, de juegos, actos oficiales de la escuela, salidas a museos o a otros lugares. Incluido con eso, debe saber tratar con los apoderados, organizar y liderar la recolección y utilización de recursos sociales y financieros para llevar a cabo las actividades sociales, así como también lidiar con los problemas que surjan a partir de esas interacciones. Debe también poder responder a las vicisitudes diarias de la enseñanza: los niños y niñas que llegan sin desayuno a la escuela, los que tienen problemas conductuales y familiares, los que se enferman y van a la escuela de todas formas, etcétera.

Nada de lo que he mencionado se mide con la prueba INICIA ni con la evaluación docente. A pesar de ser una actividad central e importante de la vida escolar, no existe en las mentes de los sesudos desarrolladores de política educativa un solo ápice o mención de estas habilidades que deben manejar los profesores. ¿Será que en las escuelas privadas donde muchos de ellos estudiaron esto no era problema? Cualquiera sea el motivo, es imposible pensar realísticamente en la actividad docente hoy en día sin incluir las dimensiones extraacadémicas del trabajo de un(a) profesor(a). Antes de exigir excelencia académica, pensemos también en la excelencia del trabajo humano de las y los profesores. Está claro que en colegios donde se acuña el poder, la excelencia académica es lo que menos importa. ¿Por qué se la exigen a los pobres entonces? La escuela como concepto es mucho más que esa excelencia, y si por un momento lo vislumbraran, tal vez el ansiado camino al desarrollo que piensan las sesudas mentes del poder esté más cercano a la creatividad colectiva que al reduccionismo curricular de tanta medición estrecha que pulula en las bocas de los medios y los políticos.

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Foto: Mini machi – Maulon!Licencia CC

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