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El país de la Razón o la Fuerza

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La coyuntura actual debe hacernos reflexionar acerca de la obsolescencia de nuestros símbolos, mismos que nos otorgan nuestra idea de colectivo que comparte, además, territorio y una forma de entender las cosas, llamada idiosincrasia.

Si se revisa la historia, provenimos de una construcción que inicia en la coyuntura de aprovechar la ausencia del Rey de España, en su trance con las fuerzas de Napoleón, para pasar de la administración del Reyno de Chile, a la idea de utilizar ese momentum para promover la emancipación. ¿La razón principal? ¿Patriotismo? El amor por la tierra y por quienes vivían en ella no fue parte de ese grupo de terratenientes, cuyo móvil por huir de la dominación imperial española fue el comercio.


La competencia tiene a este país, no sólo desde lo político, lo ideológico, social y económico, sino desde lo espiritual incluso, y tiene al mundo entero, atrapado en la búsqueda de vencer a un otro.

Ahora bien, si el dinero fue el detonante, sus efectos trasuntaron hacia dos derroteros: por una parte, la comprensión de que era necesario mantener el orden colonial aún lograda la independencia, como vehículo para la prosperidad de aquellos iluminados que, educados en Europa, sintieron la necesidad de acceder al poder. Tenían dinero, influencia, tierras. Les faltaba el poder formal. Ya no bastaba el estatus y la holgura material.

El segundo, el anclaje de esa visión en una base castrense, que viera fortalecida su influencia apenas pasados 60 años de la declaración de independencia, cuando la batalla de Iquique, en el concierto de la denominada Guerra del Pacífico. El carácter de clase de esa limitada en número pero poderosa oligarquía, ve en la gesta de Prat -aún sin ser consciente de sus efectos- el catalizador para ampliar la base de su anclaje castrense, en el abrazo ciudadano por enlistarse para participar de una guerra que hasta entonces le fuera ajena y cuestionable. El salto de Prat fue, en perspectiva, un abordaje al concepto de nación, tan esquivo para la clase dirigente hasta ese entonces, para la que los menesterosos y pueblo llano no merecían más que el apelativo de ignorantes, no sujetos del derecho a participar de la elaboración del sustrato político que diera sustento a la elaboración de país.

Razón y Fuerza constituyen, entonces, más que dos vocablos que acompañan a un par de especies en peligro de extinción en el escudo “prat_trio”. Razón y Fuerza son pilares del entendimiento que hace la clase dirigente en los albores de esta sociedad.

Pero Razón y Fuerza, raíces de esta mirada “dirigente” que ordena el devenir institucional de un país postergado en el concierto imperial de la época -no éramos más que una Capitanía a la que se relegaban los peninsulares revoltosos, como justo y real castigo-, constituyen hoy una insospechada presencia en la comprensión de quienes en la actualidad manejan los destinos de nuestro país, definiendo como “actualidad”, los últimos 30 años de historia reciente.

No deja de ser paradójica la utilización de ambos conceptos en el Chile de hoy. Si nos remitimos estrictamente a nuestros días -excusarán mi vuelo sin escalas desde el 1800 hasta 2020 para poder establecer mi punto-, podemos apreciar un manejo de esta coyuntura sanitaria que ha visto desprecio por la “razón” que emana de la expertis técnico-científica de quienes individual o colectivamente son depositarios de ese conocimiento y que, ante la urgencia y necesidad de proveer de herramientas al poder público para enfrentar con éxito este trance epidemiológico, han sido apartados de la discusión pública por medio del recurso de ignorarles, poner en duda su tonelaje técnico o invocar cuestiones de índole política para apartarse de su guía. Por otra parte, la utilización con particular habilidad de la “fuerza”, sea en el teatro de la confrontación política misma -el escenario en que fuerzas de distintas sensibilidades se enfrentan (si cabe lo de “distintas” en este monocromático concierto partidista e institucional)-, o bien en el terreno del intento de sometimiento de un pulso de liberación de energía cívica -en lenguaje sísmico, si me permiten-, en que como ya hemos podido lamentablemente apreciar, cientos de chilenos vieron cegados uno de sus ojos o ambos; violados sus cuerpos; o, terminadas sus vidas.

Por la razón o la fuerza, surge entonces como una declaración de principios no sólo extra fronteras, sino que hacia las entrañas de la construcción social. Trae consigo una cuestión de preeminencia de miradas, en la que la reflexión que cuestiona y propone una aproximación distinta, ha de ser tomada para incorporarle razón, visto que no ensambla en la naturaleza del orden establecido, o fuerza, como activación de su fase de término del conflicto así creado. Ambas, de lema, trasuntan a la carne de las decisiones en el concierto de lo público: constituyen un espacio en el que se disecciona toda escaramuza política, institucional y cívica, una suerte de pasadizo tubular en que el conflicto se trata dentro de los cánones de un país que se pretende civilizado y con vocación de primer mundo primero, si observamos las pretensiones adolescentes de sus monocromáticos dirigentes, para aplicar la etapa de yunque y martillo cuando el sustrato que se somete a tratamiento amenaza con superar el manejo de la complejidad que su existencia implica y reporta al sistema.

Pero estamos en 2020. El mundo es más pequeño, porque las comunicaciones cuentan con herramientas que promueven el flujo de información casi al instante. Pero más importante que los innumerables avances de la tecnología, 2020 nos permite mirar con un sentido no sólo crítico nuestra realidad así construida, sino desde un paraje en que también como personas podemos detenernos y escoger recorrer el camino de la comprensión profunda de nuestro propio devenir como nación, pero con impacto planetario. Para ello, la ciencia nos ofrece grandes avances, que dan por tierra “verdades” que de tales ya no tienen más que el término. La ciencia ha llegado a la comprensión y comprobación empírica profunda, de que no es la competencia, esa hija tan pretendida por los amantes del capitalismo, es la sustancia plena que designa el desarrollo y progreso de la humanidad. La competencia, según quienes la promueven, inspira y permite desplegar en las fuerzas económicas las condiciones para que el mercado sea el garante de la satisfacción plena de las necesidades del hombre. Competir, en teoría económica, y parafraseando a Marx, constituye la base por la cual tiende a disminuir al mínimo el coste de producción… luego, “el salario mínimo es el valor natural del trabajo”. Para competir contundentemente, entonces, es legítimo limitar el salario a la mínima expresión posible. El darwinista mercado lo exige, ese terreno en que el individuo que mejor se adapta sobrevive, en una comprensión caótica e individualizante de la evolución de las especies que propone -de prestado, recibiendo loas inmerecidas- el naturalista inglés.

Pero la ciencia ha descubierto que no es el individuo sino las comunidades de individuos -que no individuos solos-, las que logran adaptarse y consiguen evolucionar. Luego, lo consiguen por la vía no de la competencia, sino de la colaboración con los miembros con los que comparte su genética y su territorio. Ese territorio, no obstante, también es compartido por otras especies por lo que el proceso de desarrollo evolutivo la ciencia ha descubierto que descansa además, en una cooperación que desborda las fronteras de la interacción de los miembros de una especie en particular, y que sin amagarse por, a decir de Maturana, “el mutuo gatilleo recursivo” inter-especies y de miembros de una especie con su entorno, van confluyendo más bien en una inteligencia colectiva que permite, no accidentalmente como erróneamente se sostiene, la elaboración de una masa crítica que llegado el momento, deviene en evolución.

Para avanzar, es urgente y estrictamente necesario comprender que nos encontramos en un estado de cosas y en medio de un paradigma erróneo. La competencia tiene a este país, no sólo desde lo político, lo ideológico, social y económico, sino desde lo espiritual incluso, y tiene al mundo entero, atrapado en la búsqueda de vencer a un otro. Porque competir trae consigo la trampa de la derrota, de una consecuencia dual en que al vencer, otro necesariamente habrá de perder.

¿Quién pierde hoy en nuestro país? Perdemos todos, sin excepción, porque al estar inter conectados y ser inter dependientes, incluso en el escenario injusto y desequilibrado en que hemos elaborado nación, aquellos miembros de esta “especie” llamada Chile que se encuentran en los terrenos más verdes y apacibles perderán la armonía y la tranquilidad que su posición social-económica les dispensa, porque la pandemia ya no del COVID-19, sino de la injusticia, de la postergación del otro; del asegurar su sufrimiento por medio de condiciones laborales inviables para aquellos menos favorecidos en este orden de competencia a ultranza, en que no la capacidad personal sino las redes de clase; y en última instancia, las capacidades personales asimétricas entre quienes han podido o no acceder a los medios de instrucción necesarios para desplegar esas capacidades que todo ser humano trae consigo y que no depende de la cuna en que nació, sino que dicha cuna determina en su desarrollo, terminará por calcinar por completo un orden imperante que no resiste mayor extensión, y que constituye la raíz más profunda del hito histórico cuya huella más visible e inobjetable, es el reciente estallido social del 18 de Octubre de 2019.

Desde este punto de vista, el esquema actual de cosas ha iniciado su irremediable desaparición. Los miembros de esta comunidad necesitamos regresar a la comprensión colaborativa, arriesgando ya no la economía, ya no el tejido social si persistimos y dejamos que aquellos a quienes les es funcional persistan en la elaboración competitiva de las cosas. Arriesgamos la viabilidad de nuestra nación, cuyos elementos aglutinadores se han adelgazado a cuestiones de pobre sustancia -baste el ejemplo del fenómeno social que se aprecia con la selección de fútbol-, lo que se suma a la comprensión ya no aislada sino colectiva de cuestiones de mayor y peligroso acuerdo, como es la transversal opinión de la inutilidad de quienes se dedican a la política y de su búsqueda por personales beneficios, cuya virulencia se traduce en la acelerada y creciente desconfianza hacia las instituciones, sus representantes -a la vez satélites reproductores del orden imperante y centinelas de su respeto y obediencia-, y de la respectiva pérdida de cohesión social, de adherencia cívica a un sistema que supura indigencia en lo político, desprecio en lo económico y separación en lo social, con que es bañada un amplísimo y por ello mayoritario segmento de la población, categorizado eufemísticamente en simbologías que dan cuenta de una posición socioeconómica incierta, donde el lenguaje es utilizado como herramienta de propaganda, al considerar al pordiosero como pobre, al pobre como de clase media, al de clase media como sector acomodado, dejando reducido a una muy pequeña y privilegiada parte de la población, la etiqueta de sector más rico, como si el hombre comiera y respirara de la categorización socio-económica, y fuera éste su principal y más caro fin.

Razón y Fuerza deben decrecer. La utilización del lado izquierdo del cerebro debe decrecer. El amor a la técnica y al desarrollo material debe decrecer. Necesitamos cesar en la aproximación mecánica e ingenieril a nuestra existencia, y promover una experiencia más lúdica y amorosa en ella, más intiuitiva, permitiendo una sana coexistencia entre lo necesario que es ser masculino, pero lo esencial y urgente que es ser desde lo femenino, declinando su pretendido y falaz antagonismo. El yo debe decrecer. Debe hallar tierra fértil, nueva, el cooperar con el otro para el evolucionar colectivo, en un desarrollo armonioso del y con el entorno, viable; el Ego debe ser confinado, cual portador de un virus -del virus de la autorreferencia y la autosatisfacción-, a los estratos profundos del ser y allí ser encapsulado, asumiendo su existencia, no negándola, pero trascendiendo su comprensión individualizante por un despertar colectivizante, fuente de la generosidad para con el otro. El tener debe decrecer. La búsqueda de lo material debe dar paso a la necesidad de conexión espiritual con la tierra y con el prójimo, ser humano, ser planta, ser animal o ser mineral.

Hace 115 años Einstein nos obsequió su E=m*c2. La primera igualdad de su propuesta nos dice que Masa es igual a Energía. Mire usted a su alrededor: todo aquello que cuente con masa es energía, desde un cabello de su propia cabeza, hasta la creación humana o natural más grande del planeta: objetos “inertes” o inanimados hasta la más grandiosa ballena azul, el ser vivo más grande que existe hoy. Si todo es energía porque E=m, entonces todos somos lo mismo, en el estadio de desagregación o pormenorización última: energía. Y si somos lo mismo, ¿por qué debemos seguir atrapados en un orden de cosas en que el Miedo determina el separarnos del otro, someterlo, maltratarlo, quitarle la vida, desde un conciudadano hasta el menor de los animales y el más pequeño ser vegetal? ¿Por qué comprender la existencia a través de una interminable e inviable pugna política y económica, con personas que como nosotros necesitan respirar, comer y vivir dignamente, sobre todo cuando han nacido en la misma tierra que sostiene nuestros pies? ¿Por qué nos alimentamos del dolor de un otro, sea porque el Ego nos hace sentir satisfechos al vencer en esta errónea y sin futuro comprensión competitiva de la vida; sea porque nos alimentamos de su cuerpo, que en vida vive confinado, en campos de concentración en que simplemente se les tiene hasta que se les quita la vida? ¿Por qué aceptamos alimentarnos de ese dolor y sufrimiento?

Necesitamos urgentemente comprender que somos lo mismo, Energía, somos Uno con el otro. Necesitamos comprender que hemos estado promoviendo sólo una de las dos emociones que gobiernan el mundo: El Miedo. Es tiempo que permitamos que la fuerza más poderosa de la existencia tome su lugar y enseñoree nuestra vida, y ordene las relaciones humanas consigo misma, y con los otros reinos con que coexistimos. El Amor es la respuesta. Amar al prójimo, no en clave religiosa sino en un entendimiento completo y absoluto de que formamos parte de una sola gran presencia, que somos fractales de una sola e inconmensurable inmensidad divina que gobierna el cosmos; ser conscientes que la vida es abundancia para todos y que no es necesario apartar o separar a nadie, sea del reino que sea, para poder acceder a una existencia plena y con sentido de unidad, Consciencia Unificada, de Inteligencia Colectiva. Lo que hacemos al otro, nos lo hacemos a nosotros, porque somos Uno. La religión nos ofrece “Amaos los unos a los otros”. La ciencia nos obsequia “Toda acción tiene una reacción igual y opuesta”. Lo que hacemos al otro, nos lo hacemos. Lo que obsequiamos, nos lo obsequiamos. Lo que negamos, nos lo quitamos. Ciencia y Espiritualidad -esa conexión interna con lo que nos rodea- son dos caras de una misma moneda, la moneda de una vida abundante, de una comprensión generosa de la vida.

Espero, querido lector, que esta lectura te edifique y te invite a reflexionar. Todo está conectado.

TAGS: #Ciencia #IdentidadNacional Símbolos Patrios

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anysur

23 de Octubre

Es una apreciación muy personal suya sobre “la razón y la fuerza”, cada uno construye una interpretación muy diferente y un significado muy personal. Pero, eso de la competencia , me recordó al enemigo invisible y la guerra imaginaria de los infiltrados de siempre. Es tiempo….energía, amor…..hay demasiadas cosas que no entiendo. Mas amor sin razon, es locura.

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