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Prohibido pisar el césped

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El césped público no tiene otro fin que no sea ornamental. Las dos grandes explanadas verdes en ambas etapas del parque Araucano no tienen, al menos oficialmente, otro propósito que el de servir de ensalada para los ojos

Domingo de tarde y rara vez el panorama era distinto: jugar a la pelota hasta quedar con la lengua afuera en algún rincón del Parque-Estadio Municipal Germán Becker. Aldo, Darío, Boris, Cristián, Caco y un humilde redactor. Llegábamos juntos o de a gotera, pero siempre al mismo lugar: la franja de césped detrás del arco sur de la cancha, donde entrenaban las divisiones inferiores de Deportes Temuco, cuyas graderías techadas a un costado nos invitaban a imaginar que en lugar de una humilde pichanga, nos jugábamos el ascenso de Deportes Temuco a la Primera División.

Saltaba la pelota a la cancha y de inmediato se armaban los arcos con mochilas, poleras o ruedas de bicicleta. ¿La consigna? Aprovechar al máximo aquel pedazo de césped prolijamente cuidado hasta que llegara el guardia y nos invitara cordialmente a buscar otros rumbos. Recogíamos entonces los bártulos e iniciábamos el peregrinaje en busca de nuestra porción en la tierra prometida de los peloteros de domingo. Decir que escaseaban los espacios sería inexacto: los había, y en abundancia, aunque la mayoría de ellos estuviesen adornados por un ubicuo «No pisar el césped», letrero que, desde luego, a nadie se le habría ocurrido respetar, y que ni el más quisquilloso de los guardias se preocupaba por hacer respetar.

Otra tarde de domingo, veinte años e igual cantidad de kilos después, camino a través del único pedazo de ciudad que, ante una eventual invasión militar peruana, boliviana o argentina, estaría dispuesto defender con mi vida: el Parque Araucano.

Con molestia, noto que, a pesar de encontrarme en otra época y ciudad, el principio sigue siendo el mismo: el césped público no tiene otro fin que no sea ornamental. Las dos grandes explanadas verdes en ambas etapas del parque no tienen, al menos oficialmente, otro propósito que el de servir de ensalada para los ojos. ¿Qué más se podría hacer en decenas de metros cuadrados en los que no hay un solo árbol? ¿Un pic-nic? No están permitidos. ¿Dejar que los perros de abolengo corran a sus anchas? Prohibido igualmente (Deben andar con correa, si no, pregúntenle a mi hermano Josué). ¿Sentarse a conversar bajo el inclemente sol de verano? Un suicidio. Y, sin embargo, los mismos letreros que adornaban las tardes de domingo de mis años felices continúan, ahora un poco más explícitos, adornando ridículamente otros prados. «Prohibida la práctica de deportes colectivos: fútbol, rugby, etcétera». Por supuesto, a nadie se le ha ocurrido comenzar a respetarlos, a pesar de la intimidante presencia de los hombres de rojo que recorren el parque a bordo de sus motos vestidos como para una guerra.

No tardo en recibir una invitación para integrarme a una de las tres mega-pichangas que a eso de las 5 de la tarde, junto al entranamiento de un equipo de rugby, comparten tres cuartos de la explanada. A los veinte minutos, mis pulmones me recuerdan que ya no estoy en Temuco y que desde hace dos décadas dejamos atrás los 80. La pelota no sale nunca porque todo es cancha, y mis compañeros de equipo, si bien extraordinarios atletas, no parecen entender que cuando los arcos son dos mochilas, lo lógico es tratar de marcar goles a ras de piso. Aburrido de verlos patear al arco como si se tratara de football americano, pregunto por los arcos junto a las oficinas de la administración. «No se pueden usar. Están encadenados», alguien responde.

No conforme con esta respuesta, me dirijo al container transformado en oficina administrativa, y recibo tres distintas respuestas:

1. No se prestan los arcos porque está prohibido jugar en el césped.

2. No se prestan los arcos porque pertenecen a una escuela de fútbol que funciona durante los veranos (lo que fue contradicho por 4 versiones e igual número de funcionarios: durante el año, los sábados, de lunes a viernes a partir de abril, los martes). En otras palabras el letrero corre para todos, menos para la fantasmagórica escuela de fútbol que, después de todo, funciona en un espacio público.

3. No se prestan los arcos…. «de puro pesados que son», confesó, aprovechando la ausencia de sus jefes y tratando en vano de disimular una pícara sonrisa, una muchacha que no pasaba de los veinte años.

Ya en casa, mientras recupero diligentemente las calorías perdidas, enciendo el televisor y escucho a un senador hablar, nada más ni nada menos, que de los alarmantes índices de obesidad infantil y la necesidad de incentivar el ejercicio físico y el deporte en los jóvenes del país.

«Eso sí», pienso, le faltó agregar, «sin pisar el césped».

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