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A propósito de perdones y responsabilidades

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Se dirá que vemos petróleo donde sólo hay lodo. Puede ser. Pero la experiencia histórica nos muestra que Chile es un enclave de negocios que el imperio nunca ha estado dispuesto a perder.

En las semanas recientes hemos asistido a una llamativa sucesión de reconocimientos personales e institucionales de responsabilidades y culpas por actos u omisiones de actos durante la dictadura militar que dejaron despejado el camino al desarrollo de la violación sistemática de los derechos humanos.  Desde políticos de la UDI como Hernán Larraín hasta el Presidente Piñera, pasando por la reciente declaración de los magistrados del Poder Judicial y la declaración que reconoce culpabilidad de la izquierda socialista en el clima de violencia por parte de Oscar Guillermo Garretón o las opiáceas del señor Escalona, la opinión pública se encuentra frente a un hecho de aquellos que podemos calificar, como mínimo, de inesperado. Como si esto no fuera suficiente para sorprenderse, ahora los medios dan cobertura a un reconocido delincuente como Roberto Thieme, el que nos viene a contar que él es otro Humberto Gordon: no mata ni pajaritos.

A primera vista, no existe ninguna razón que explique o justifique un movimiento de este tipo. Parece como si de pronto las conciencias de actores prominentes de la política nacional, la mayor parte de ellos cómplices de la dictadura, se hubieran despertado de un largo sueño en el que los ángeles buenos han derrotado, al menos por una vez, a los guardianes del infierno. Lo que llama la atención es el momento: se cumplen ya 40 años desde el golpe militar que desató la barbarie en Chile. Junto a ellos, otro grupo de prominentes hombres que durante el gobierno de la Unidad Popular lanzaban incendiarios discursos, se reconocen culpables del clima de violencia de la época. La pregunta es ¿por qué ahora?

A riesgo de parecer majadero, empezaremos por situar el contexto: la movilización social ha encendido todas las alarmas en el bloque duopólico partidocrático, y de paso, en el siempre vigilante imperio. La derecha sufre una grave crisis que amenaza con su fraccionamiento y una parte de ella ya ha iniciado los movimientos que aseguren en el medio plazo su recomposición. El muy desgastado eje UDI-RN no soporta la carga de una imagen asociada a los crímenes de la dictadura. Piñera increpa cara-duramente a jueces y medios de comunicación por su vergonzoso comportamiento en el periodo dictatorial, reprende a su candidata por no asumir su responsabilidad política en la materia, invita a todos los candidatos a conmemorar el aniversario del golpe cívico-militar y a saber que otras sorpresas por el estilo nos depara en el futuro. Su partido se apresta a colaborar en el primer golpe de importancia contra el modelo Guzmán-Pinochet y lo hace gracias a un acuerdo con la DC. El mensaje parece ser: los ultra que todavía abrazan la imagen del dictador, deben cambiar de discurso o serán enviados a los leones, ¿qué otra cosa, si no, es entregar a una Matthei a la casi segura y vergonzosa derrota frente a Bachelet? Al mismo tiempo, dice: señores de la DC, y algún otro partido o político de la antigua Concertación, nosotros somos unos buenos chicos, unos contrincantes políticos leales hoy, unos perfectos aliados mañana.

Como ya hemos señalado en otros trabajos: la derecha busca la rearticulación de un eje conformado por los liberales de RN y la UDI, que también los hay, los liberales de un sector que han llamado centro social y, cómo no, los sectores neoliberales de la antigua Concertación.

Por su parte, no son pocos los miembros de la antigua Concertación que no ven con malos ojos esta posibilidad. Allí están, para frenar los cambios que demanda el movimiento social y neutralizar la presencia del Partido Comunista. Y es en esa línea donde se inscriben las declaraciones que apuntan a una supuesta responsabilidad en el clima de violencia política que caracterizó el periodo más álgido de la lucha de clases vivido en nuestro país al inicio de los 70. El mensaje esta vez es: nosotros también somos buenos chicos, hemos madurado y estamos dispuestos a formar parte de una coalición que asegure un clima de buena convivencia y continuar realizando buenos negocios.

Y en esto estamos, cuando aparece en los medios un nuevo rebelde, un abuelo que también reconoce sus errores del pasado y que no habla en representación más que de sí mismo. Roberto Thieme, que entre otras cosas, es sospechoso de participar en el asesinato de Olof Palme, ex primer ministro  sueco, que fue agente del régimen del Apartheid, y compañero de armas del asesino Michel Townley, goza de una amplia y sospechosa cobertura mediática para decir sin pestañar cosas como estas: que apoya al movimiento estudiantil, que su ex suegro Pinochet y el brillante intelectual Guzmán son traidores a la patria, que se arrepiente de haber sobrerreaccionado ante la revolución socialista de la Unidad Popular, que respeta a Allende, a la gente del MIR, que las coincidencias programáticas de su organización fascista coincidían casi totalmente con las del Programa de Gobierno de la Unidad Popular, que en Chile habrá pronto un importante estallido social, que los únicos ganadores del periodo dictatorial fueron los empresarios, que los trabajadores, las fuerzas vivas de la nación son los grandes perdedores,  y que él, ya viejo y cansado, se va para su casa. En su caso, el mensaje es: jóvenes de mi querida nación, el ideario nacionalista es lo que necesitan abrazar para satisfacer sus demandas, no deben seguir creyendo en los cantos de sirena de la Concertación y el Partido Comunista, ni en la derecha empresarial que se sigue beneficiando del modelo neoliberal. Yo no soy la persona que puede conducirlos, porque soy abuelito y además, estoy muy desprestigiado. Pero oculta algo que es fácil averiguar: formó un centro de estudios con sus ex compañeros de armas de Patria y Libertad y estuvo apoyando las candidaturas de los mismos en el Partido del Sur.

La recomposición de las políticas de alianzas que buscan los sectores de la derecha liberal, por así llamarla, y los neoliberales de la antigua Concertación, pretende ampliar su esfera de influencia en el centro político y aislar a los sectores progresistas de la Concertación y el PC. Este nuevo bloque sí estaría en condiciones de disputar el Gobierno con probabilidades de éxito en un plazo no mayor a 4 años. Mientras tanto, frente a la orfandad ideológica del movimiento social, el nacionalismo tiene una oportunidad de reimplantarse, con un discurso progresista, capaz de reivindicar sin complejos a Allende y el programa de la Unidad Popular y desmarcado absolutamente de la derecha pinochetista y el desacreditado proyecto de la Concertación. El resultado, de aquí a 3 o 4 años sería: un movimiento social de fuerte contenido nacionalista, revolucionario y democrático. La alternativa perfecta para unas masas cansadas de estos 25 años de promesas incumplidas, que verán, por fin, cómo la vieja clase política es desbancada del poder por la juventud rebelde y las fuerzas vivas de la nación.

El peligro de esta operación a tres bandas es evidente. El marco que sirve de sustento al reacomodo de la correlación de fuerzas es la delicada fase de transición en que se encuentra la lucha de clases en nuestro país. Estamos en un momento en que las masas recuperan su protagonismo y puede pasar a la ofensiva. Su gran debilidad es la falta de un referente ideológico dotado de un programa político creíble. La persistencia de una suerte de autocensura para reclamar una sociedad socialista por parte de los partidos que deberían hacerlo, como el PS o el PC, sirve en bandeja un espacio precioso para el oportunismo del nacionalismo de Thieme y sus secuaces.

Una última apreciación sobre esta operación. Parece difícil que la coherencia interna de la misma sea fruto de acuerdos subterráneos alcanzados entre los actores mencionados aquí. Además, su envergadura y la elaborada estrategia que supone su existencia y puesta en marcha, nos obliga a indagar los posibles vínculos entre ellos, porque no parece que unas cuantas cenas hipotéticas entre los Escalona, Piñera y Thieme, por poner por caso, den para tanto. Es más probable que el imperio haya estado tomando nota de las características de nuestro proceso reciente. Es imposible que no haya visto el ascenso de la lucha de masas, la reivindicación ya instalada de una asamblea constituyente, el desgaste de los administradores del modelo representados en la Concertación y la pesada losa que hunde en contradicciones al bloque derechista. La conclusión debería ser esta: este negocio, Chile, está entrando en una fase de riesgos. Por tanto, necesitamos asegurar una administración diferente para el periodo que se avecina. Si todo parece indicar que el futuro gobierno será de la señora Bachelet, debemos asegurarnos que sea un completo fracaso en relación con las expectativas de cambios profundos. Para ello, mantendremos al equipo duro del neoliberalismo como núcleo de su gobierno. Ellos se encargarán de dejar su prestigio por los suelos. Al mismo tiempo, arrastrará en su caída al siempre peligroso Partido Comunista, que una vez atrapado en la red de complicidad con el fracaso de Bachelet, no estará en condiciones de retomar su influencia en el movimiento social. Entonces será el tiempo del nacionalismo controlado por nuestros operadores en Chile para domesticar o, al menos dividir al movimiento social. Vendrán los gobiernos de nuestros socios naturales, con los que llevamos tantos años haciendo tantos y tan buenos negocios. Si, además, la diosa de la fortuna nos sonríe, podremos contar con un gobierno nacionalsocialista puro y limpio, llegado al poder por voluntad de todos los chilenos. Y los medios de comunicación, siempre dispuestos a cumplir con nuestros deseos, se encargarán de difundir el maquillaje de esta nueva operación.

Se dirá que vemos petróleo donde sólo hay lodo. Puede ser. Pero la experiencia histórica nos muestra que Chile es un enclave de negocios que el imperio nunca ha estado dispuesto a perder. Gozamos, al mismo tiempo, del peligroso status de país laboratorio y hasta hace unos años nada más, el experimento parecía ir muy bien. Pero después de varias décadas perdiendo influencia en su patio trasero a manos de gobiernos progresistas de distinto signo, como son los casos de Venezuela, Bolivia y Ecuador, no parece aconsejable permitir que algo así ocurra en Chile. Llegó la hora pues, de hacer un nuevo experimento de gatopardismo.

Contrarrestar, neutralizar o desmontar esta operación no parece fácil. Pero aún estamos a tiempo. Forjar la necesaria e imprescindible unidad de los explotados y excluidos de nuestra sociedad es la tarea que nos impone el presente. Exista o no una operación como la descrita, la unidad del pueblo es y será la herramienta que nos puede dar ciertas posibilidades de éxito. A 40 años del golpe cívico-militar, no estaría mal que fuésemos aprendiendo la lección.

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Comentarios

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Antolin Curilem Millahueique

01 de enero

conocí al aludido y obviamente trae algo debajo de poncho y no es un regalo es un plan para salvar a los de siempre ,los capitalistas como Ponce Lerou y otros como el propio Piñera.

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