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Estallido social y pandemia

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Eclosión: El quiebre de la convivencia

Estos tiempos que vivimos, de pandemia, de coronavirus, de cuarentena facilitan el que pueda hablar desde el yo, desde mi mismo sin otra pretensión que llevar al papel algunas reflexiones, algunas preguntas y unas pocas primarias y básicas conclusiones. Son tiempos de calma en medio de la tormenta, son tiempos de distanciamiento social pero no de descompromiso social, latencia en el actuar, sapiencia en el entender.


En ambas situaciones, lo que ha ocurrido es un quiebre respecto de un estadio anterior de equilibrio o “supuesto equilibrio”. Lo que se ha quebrado es la convivencia.

Quiero creer que estos tiempos convulsos y complejos, de gran incertidumbre, en que lo más micro y lo más macro pueden estar en duda, tiempos en que se hace difícil planificar, proyectar en más de dos o tres días, tiempos en que nada o casi nada parece perenne, quiero creer que son tiempos de cambio, tiempos de florecimiento. Ya se ha dicho y es una buena frase, son tiempos en que lo que tiene que morir aún no muere y lo que tiene que nacer, aún no nace, es decir, época de inflexión de la curva, que no sabemos cuanto puede durar ni hacia que punto llevarnos. Son estos tiempos, entonces, propicios para ir delineando algunas ideas, espero, constructivas.

Me paro en el 18 de octubre del 2019, momento de la eclosión, punto de quiebre y desde allí saltar hasta febrero – marzo del 2020, tiempo en que se nos viene la pandemia del coronavirus.

Dos cuestiones respecto de los virus. La humanidad conoce de los virus desde hace poco más de cien años y a partir de los años sesenta del siglo XX ha explorado notablemente en el conocimiento de su biología. Sabemos que su naturaleza nos va a seguir acompañando en tanto ellos necesitan de otros individuos vivos para sobrevivir y proliferar, es decir, si bien nosotros (humanos) no necesitamos de ellos, los virus si necesitan de nosotros y esto se explica sencillamente dada nuestra enorme expansión ambiental/territorial y nuestro enorme volumen poblacional, por tanto, al virus le basta con adaptarse para infectar a los humanos y con ello tiene resuelto su requerimiento de huésped casi ad eternum.  Si observamos el desarrollo de algunas especies animales que han crecido al amparo del ser humano, tales como perros y gatos, podemos entender que, de modo muy similar, pero sin desearlo, los virus van a existir ligados indefectiblemente a nosotros.

Por otro lado, sabemos que desde los años sesenta, setenta, se vienen desarrollando innumerables investigaciones científicas y tecnológicas destinadas a manipular los virus y, por cierto, sabemos muy poco respecto de esas investigaciones, sus avances, descubrimientos, y menos respecto de sus objetivos, de sus financiamientos, de los intereses que rodean ese cerrado círculo. Podemos intuir que tiene que ver con el poder y esta consideración permite dar pie a cuanta teoría se nos ocurra; el oscurantismo que rodea a estos desarrollos es terreno fértil para todo tipo de novela, pero eso quedará para los novelistas, por ahora, interesa buscar (y ojalá encontrar) los hilos que encadenan nuestra vida como País.

¿Hay algo en común entre el estallido social de octubre y la pandemia?

En ambas situaciones, lo que ha ocurrido es un quiebre respecto de un estadio anterior de equilibrio o “supuesto equilibrio”. Lo que se ha quebrado es la convivencia. En nuestro local caso, se quiebra la convivencia social que estuvo soportada en una serie de pilares que se derrumban en octubre y permiten la “eclosión” social; en otras palabras, las causas del quiebre son de larga y anterior data pero se mantenían encapsuladas en un contenedor, cual cáscara de huevo, que termina por romperse el 18 de octubre, permitiendo que desde su interior afloren y salten a la vista las causas profundas del desequilibrio estructural (y sus consecuencias reales y concretas) de nuestra sociedad; desigualdad, injusticia, pobreza, privilegios, desidia, soberbia, desdén, individualismo, consumismo, egoísmo,  son expulsados de su contenedor sin que exista capacidad alguna para volver a encapsularlos, se nos hacen visibles y lo peor, se nos hacen indeseados, molestos, vergonzosos.  Cual epidemia, cual reguero de pólvora, los problemas y desequilibrios contenidos y encapsulados por años se difunden por el aire (y las RS) cubriendo en pocos días todo el territorio, transversal a la sociedad, nítido, profundo y emotivo. La sociedad necesita encontrar las vacunas o los remedios para resolver estas enfermedades y se da cuenta que no tiene las condiciones basales, estructurales, que le permitan idear la solución de manera simple y rápida, deberá optar por el camino lento y tortuoso. Volveré a este punto.

De modo similar, la pandemia del Covid-19 es un quiebre gigantesco en este supuesto equilibrio natural entre las especies participantes de las relaciones en el gran ecosistema. Al igual que en nuestro caso de octubre, la pandemia, el quiebre, libera al virus para su expansión vertiginosa y mortal, desnudando un estadio anterior de larga data también, de crecientes y profundos desequilibrios, ahora ambientales, ecosistémicos, energéticos, climáticos y que nos permite entender la extrema fragilidad con la que se ha vendido desarrollando nuestra sociedad moderna; un ser microscópico es capaz de poner en jaque al mundo entero evidenciando no sólo esa debilidad estructural, evidenciando también, la soberbia, la desidia, la indolencia, la prepotencia, la falta de humildad que está a la base de nuestra relación con el ecosistema. Es decir, lo que se quiebra es la convivencia y para esto tampoco tenemos una vacuna.

¿Tenemos las condiciones para encontrar las respuestas?

Nuevamente, tenemos similitud en ambas situaciones. La crisis, estallido o eclosión de octubre, requiere para ser resuelta, hurgar en la profundidad de nuestro ser social, requiere rescatar desde nuestra memoria ancestral colectiva, los elementos que posibiliten recuperar la convivencia, precisamos restaurar un equilibrio social, político, económico, necesitamos replantearnos -en tanto colectivo- los grandes objetivos, los grandes acuerdos, los grandes caminos; deberemos reconstruir la carretera norte sur ahora entre todos, de manera democrática, transparente, generosa.  No creo que vaya a ser una tarea fácil, ni simple, ni rápida; muchos intereses contrapuestos están en juego y carecemos de una estructuración basal, de una orgánica societal que nos facilite ese tránsito y esa conversación; las personas que habitamos en esta larga y angosta franja, estamos desarticulados, desorganizados entre nosotros, no conocemos a nuestros vecinos, no logramos resolver los pequeños problemas que la ciudad y la vida en común nos plantea cada día, no tenemos una adecuada arquitectura política y los mecanismos y motivaciones para la participación política y social están en el suelo o simplemente, no existen. Reconstruirlos parece ser la tarea primaria, fundamental y ese es el camino largo. El atajo fue diseñado por la elite política en noviembre y perforado en marzo por el Covid-19, por tanto nadie puede apostar con algún grado de certidumbre en el destino de este diseño en el corto plazo, lo claro eso sí, es que mientras no tengamos sindicatos fuertes y atinados, mientras no contemos con juntas de vecinos activas y repletas de ciudadanos interesados en participar, mientras sigamos con partidos políticos que sólo representan los intereses del 1% que los controla, mientras sostengamos dinámicas de representación enredadas, poco transparentes, poco convocantes, en el fondo, mientras las personas nos mantengamos distantes de las decisiones, ninguna convención constituyente tendrá la legitimidad necesaria para mirar el Chile de los próximos 40 o 50 años con la certidumbre de haber reconstruido esos equilibrios estructurales fundamentales y seremos presa del vaivén de cualquier viento.

De modo similar, reestablecer los equilibrios naturales, ecosistémicos, que nos permitan sostener una adecuada convivencia en el planeta, requiere redibujar el mapa de nuestros modos de vida, requerirá revisar profundamente los estilos y estrategias de desarrollo, revisar nuestra insensata espiral de consumo, redibujar el mapa del poder. El respiro que ha tenido el planeta a causa del frenazo en la actividad económica es una señal potente y valiosa que no deberíamos desoír. Revisar seriamente las maneras en que abordamos los desafíos presentes y futuros es del todo urgente y a esa tarea deberíamos sentirnos todos y todas convocados; la inoperancia e insensatez de los líderes mundiales debe alertarnos: No los podemos dejar sueltos en las decisiones, debemos estar encima, debemos tomarnos en serio esto de la aldea global.

TAGS: #ChileDespertó #Coronavirus #Pandemia Descontento Social

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