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Presidenciales en Chile: El Chile infantilizado por sus representantes

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Imaginamos que tanto el señor Lavín como la señora Bachelet, Matthei, y los profesionales “doctos” que los acompañan, habrán escuchado hablar alguna vez de la idea plasmada por Mendel según la que la sociedad puede funcionar como una “familia” a pesar de no serlo.

“Los países en diferentes elecciones a veces eligen a un papá autoritario como puede ser Ricardo Lagos, a veces eligen a un mejor amigo, a veces eligen a un gerente o a veces eligen a una mamá. Yo creo que lo que requiere Chile hoy día es una mujer moderna, no sólo una mujer mamá que acurruque y tome en brazos” Joaquín Lavín, Ex Ministro de Desarrollo Social.

A continuación escriben personas que no se consideran hijos ni de Piñera, ni de Lagos, ni de ningún  político; personas que tampoco ven en los políticos a sus padres, como tampoco en sus jefes. Le escriben personas que no eligen a sus representantes porque ven en ellos a sus figuras primarias ni el reflejo de aquellos temas no resueltos con los mismos.

Camino difícil haber logrado lo anterior dentro de una sociedad que infantiliza, promueve formas de gestión que funcionan como perpetuadoras de modelos de relación originarios y que, además, no entrega las herramientas que las personas necesitan para poder conocerse y comprender la importancia del efecto de nuestra historia personal, incluso en los re-presentantes que escogemos.

Comenzamos agradeciendo al Sr. Lavín  que lo dijera así de claro y rotundo, agrupando la más variopinta y universalista representación… pensamos necesario tomar sus palabras para profundizar en la potencia de lo que está afirmando, y de las asunciones de base que contienen sus palabras, para así hacer notar la preocupación por nuestro país y el rumbo que el mismo va a tomar si entre todos no somos capaces de conectarnos con la lectura identitaria a la que nos vemos expuestos a partir de estas manifestaciones verbales, que potencian una división ideológica dual y encuentran su representación material en nuestros actuales sistemas electorales. Esta forma naturalizada de representar las cosas hace caso omiso a la posibilidad de plantearnos desde un espacio “nacional” como personas que, a pesar de nuestras singularidades, tenemos problemáticas comunes a las que todos debiésemos aspirar poder resolver en conjunto.

También recogemos esta frase de Lavín para intentar explicarles lo que, creemos, debemos intentar hacer cada uno de nosotros para comenzar a plantearnos la posibilidad real de elegir a nuestros políticos, entendidos como figuras que representan nuestros intereses en tanto comunidad política compartida, y no porquere-presentan (es decir, que funcionan restringiendo de antemano nuestra posibilidad de elegir a través de la apelación a una figura originaria que nos determina de manera reduccionista, sin ser conscientes del todo realmente. Ya que si esto es así: ¿dónde queda la posibilidad de la elección?). Es en esto último donde se juega el enganche y la manipulación emocional que no nos está permitiendo conectarnos con la idea de un desarrollo positivo del ser humano en relación con su entorno, es esto mismo lo que nos hace revivir imágenes desde las cuales nuestra historia personal y social se actualiza, pero no cambia. Lo anterior queda reflejado claramente en este círc(ul)o mediático de ideologías mostrado durante los debates presidenciales previos a las recién pasadas elecciones del día 17 de noviembre.

Más allá de la ironía de la que intentamos dar cuenta en este texto, imaginamos que tanto Lavín como cualquier político comprenderá que no podemos seguir infravalorando la necesidad de nuevos modelos de organización política, educacional y social que empoderen al ser humano, justamente para llegar a una economía y desarrollo sostenible real que no atropelle el bienestar humano. En otras palabras, la posibilidad de esbozar un modelo que respete las bases y no construya sus cimientos en base a espejos del pasado que refuerzan la imagen de una sociedad infantilizada. Lo más curioso de lo anterior, a nuestro juicio, es la naturalidad con la que los políticos remiten a estos ejemplos que parecen tan inocentes, sin siquiera entender la naturaleza violenta de aquellos juegos metafóricos hacia aquellos sujetos-ciudadanos que aparecen re-presentados como incapaces de hacerse cargo de sus propios procesos político-sociales.

Imaginamos que tanto el señor Lavín  como la señora Bachelet, Matthei, y los profesionales “doctos” que los acompañan, habrán escuchado hablar alguna vez de la idea plasmada por Mendel según la que la sociedad puede funcionar como una “familia” a pesar de no serlo. Este aspecto se acentúa aún más en aquellas agrupaciones cuyas formas de administración, más que empoderar al ser humano desde la potenciación de su autoconocimiento, centran el desarrollo en el aprendizaje de representaciones de la realidad e identidades asumidas como preexistentes,  colaborando de manera cuasi-filantrópica y desinteresada a la gente para que logren transitar adecuadamente por sus procesos de desarrollo biológico-psicológico y social, hasta alcanzar ese punto de madurez otorgado por una estructuración acorde a un ideal proveniente de afuera y omitiendo estratégicamente la pregunta por el impacto que las propias historias pueden tener en la conformación de una sociedad.  Como decía Mendel  “La sociedad en su conjunto, los personajes llamados de autoridad, los superiores jerárquicos, serán, a partir de ahí, el objeto de una amalgama inconsciente con las figuras parentales. Debido a lo cual se produce un inevitable miedo a perder su amor y apoyo –miedo que funda el sentimiento inconsciente de la culpa- cada vez que el sujeto lleva a cabo actos autónomos y personales oponiéndose, de ese modo, al principio de autoridad” (Mendel, 1993: 204).

Comprenderán que el efecto de este postulado puede ser muy profundo de cara a la posibilidad de la potenciación del desarrollo del ser humano cuando entendemos que, a pesar de reconocer lo que Mendel afirma, los modelos educacionales, empresariales y de gestión política no han cambiado lo suficiente como para que esta  mezcla de instancias y proyecciones  que relacionamos -como  hemos explicado en otros momentos- a la falta de espacio para el trabajo consciente sobre nuestra historia vincular y construcción del si mismo, como articuladores de estas realidades que hoy se actualizan en re-presentantes, cambien también.

Desde este lugar es fácil comprender el fenómeno  Bachelet (referida por algunos como la Madre de Chile), como también las palabras que el mismo Lavín afirmó. Es fácil entender por qué el trabajo que mayor impacto causa, en términos de su potencial influencia sobre las personas, no cuente con un sistema de evaluación de perfiles, propuestas concretas y legalmente vinculantes,  sistemas de evaluación de la actuación  y penalizaciones… digamos, como cualquier trabajo. ¿Tan idealizados los tenemos que pensamos que su labor no requiere un sistema de evaluación real?; ¿tan idealizados los tenemos que unas lindas palabras en campaña pueden marcar el rumbo de un país a pesar de que esas palabras dejen de cumplirse?.

Desde este lugar es fácil comprender  también por qué seguimos dividiéndonos y entendiendo el mundo desde divisiones duales ficticias, cuando aquello que hoy comenzamos a  llamar desarrollo en otros países no ha provocado más que un agotamiento de recursos, mayores índices de enfermedades mentales y físicas en la población, una marcada objetivación individualista y una serie de vacíos existenciales.  También, desde ese mismo lugar es fácil entender la influencia que tiene el show mediático basado en imágenes y palabras resonantes. Nos atrevemos a afirmar que vivimos dentro de una sociedad infantilizada, donde la renuncia a la posibilidad de plegarnos hacia nosotros mismos a partir del otro ha derivado en una política de adoración de la imagen, donde el hombre ha dejado de creer a tal nivel en la posibilidad de reconocerse en su relación con su entorno (que aparece como gris, oscuro, sólo posible de ser iluminado artificialmente a través de las luces del éxito mostrado por los shows televisivos y programas sensacionalistas que remiten a un ideal que siempre aparece como extranjero e inaccesible). Y aún siendo críticamente conscientes con esa vida espectacularizada que nos ofrecen no somos capaces de generar una alternativa común que realmente represente a una población y que vele por un desarrollo en equilibrio de nuestra economía, entorno y personas.

Alejandra González Muniz & Pedro Moscoso Flores,
Psicólogos, Equipo Central Humanizate

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