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Aunque nuestra democracia se vista de seda, aristocracia se queda

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Hace algunos años, un encumbrado dirigente empresarial expresó que Chile estaba en problemas cuando las leyes se comenzaban a elaborar en las calles.  Su preocupación apuntaba a las movilizaciones de los secundarios –la revolución pingüina- que durante 2006 estremecieron al recién asumido gobierno de Michelle Bachelet.

Hoy el temor de la clase dirigente, la representativa (con los elegidos por sistemas democráticos y por otros no tanto, como los parlamentarios) y la “fáctica” (jueces, empresarios, académicos, etcétera), renace a la luz de las múltiples manifestaciones con sentido que se han registrado en las calles de todo nuestro Chile.

El temor de ese empresario no era menor. Acostumbrada a la legislatura entre cuatro paredes, parte de la dirigencia no ve con buenos ojos el que ese Chile que ha servido (y al cual, muchas veces, se ha servido) para que mantenga  su condición de poder, tome las más importantes decisiones: las de la política pública pero también las de toda iniciativa que afecta su vida directa.  A personas como este actor social (de los cuales hay muchos) no les agrada que se legisle en las calles, porque ya lo vienen haciendo desde hace mucho en Casa Piedra o en alguna reunión del Icare.

Ya lo dijo el asesor del Centro de Estudios Públicos, donde se piensan las políticas de la centro derecha, David Gallagher: “Está de moda en ciertos círculos de intelectuales privilegiar la democracia participativa por sobre la representativa. No estoy de acuerdo con esta ilusión de que la ciudadanía tenga que estar participando siempre de todas las decisiones. Elegimos nuestras autoridades para que nos gobiernen y no para estar gobernando nosotros”.

Es ésta una importante discusión que debemos dar como país. Chile está maduro para ir traspasando mayores cuotas de decisión a los ciudadanos, mutando de esta verdadera aristocracia vestida de democracia, mutando de lo representativo a lo participativo.  Pero entendido esto no sólo como el proceso de poner la firma en las listas de asistencia de las reuniones de participación ciudadana a las que nos fuimos acostumbrando durante 20 años de Concertación.

En el fondo, dando más poder a la gente, que será la beneficiada o perjudicada por las políticas públicas que hoy deciden unos pocos.

Ya se ha dicho hasta el cansancio: los chilenos votamos por un representante y terminamos teniendo un jefe.  Más aún, muchas veces un patrón impuesto, toda vez que hay verdaderos "diputados o senadores designados”, cuando uno de los dos conglomerados permite que compita solo o le instala como compañero de lista a un paquete, como dirían en el boxeo nacional.  Todo, gracias al sistema binominal.

¿Por qué tanto temor a que la gente participe en lo público?  ¿A que la gente decida?  Uno de los más importantes motivos por los cuales la ciudadanía hoy se ha restado de participar en los temas de interés colectivo (de desinterés colectivo habría que decir) es porque ya no cree que participando pueda cambiar en algo lo que está ocurriendo.

Por eso, cambios institucionales de fondo se requieren.  Todos los que se han señalado públicamente, además de algunos que no se han mencionado y que son también esenciales.

Uno de ellos es la posibilidad de constituir partidos políticos regionales, pero regionales de verdad.  Hoy esta posibilidad es tan compleja que una sola región no puede tener su propio partido político, ya que debe asociarse con otras dos contiguas para lograr tal condición.  Esta traba ha hecho muy difícil la conformación de nuevas colectividades asociadas a temas propios de una región.  Yo anhelo, por ejemplo, la creación de un macro partido patagónico, con mirada de sustentabilidad asociada a las particularidades de esta excepcional tierra. Asociado a valores universales, por cierto, pero con anclaje en lo que somos y vivimos en la cotidaneidad.  Donde la Patagonia aporte al resto de Chile, pero sin morir en el intento.  Como en el ejemplo de la gallina, que ponga los huevos para el desayuno y no sea la cazuela del almuerzo.

Lo mismo ocurre con la designación de los candidatos.  ¿Se ha preguntado usted por qué muchos dirigentes políticos regionales, que hablan de regionalismo, al final casi siempre aceptan candidatos impuestos por Santiago, muchos de ellos efectivamente de Santiago?  Porque en múltiples ocasiones eso está previsto por sus propios estatutos, donde las directivas locales tienen cero peso para decidir quién será el que les represente en una contienda electoral.

Hoy necesitamos y queremos más democracia.  Y si hay que exigirla en las calles, ahí estaremos. Porque la sociedad la construimos entre todos, y no sólo los que ya por demasiado tiempo han dirigido, para su beneficio propio, los destinos de Chile y de nuestras regiones.

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Foto: alpuerto / Licencia CC
 

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