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Bolsonaro, gobernando sobre una pila de cadáveres

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El concepto de necropolítica fue acuñado por el filósofo camerunés Achille Mbembe en un artículo del mismo nombre publicado en 2003 en la Revista Public Culture. Con este concepto, Mbembe quiere expresar las modalidades en que la política se impone sobre las personas como un poder que decida sobre sus vidas, aunque, sobre todo, sobre su muerte. La necropolítica representaría la disposición de los gobiernos a exponer a los ciudadanos a la muerte, es decir, como desde el poder político y desde la soberanía el Estado se puede imponer a las personas un régimen de naturaleza arbitraria en la cual se elige entre quienes pueden vivir y quienes pueden ser eliminados, vidas superfluas, residuales, “matables” como diría el pensador africano. La necropolítica establece los estándares de a quienes hay que proteger y quienes son dispensables o porque representan una “amenaza para la sociedad” o porque son seres superfluos, destituidos de su condición de personas porque no son ni productores ni consumidores.


El presidente creó este ambiente de indolencia con el Covid-19 y muchas de esas muertes podrán, si, ser imputadas a la responsabilidad personal de Jair Bolsonaro. Él no va a huir de eso. La historia es inclemente.

Haciéndose eco de esta perspectiva, el gerente de una de las principales corredoras de valores de Brasil, declaraba sin ruborizarse que el auge de la pandemia en los sectores de las clases media alta y alta ya pasó, por lo tanto, el problema ahora se ubicaba en las comunidades pobres, donde hay muchas favelas, “lo que acaba complicando todo el proceso de ataque al virus (sic)”. Ahora algunos empresarios descubrieron que el problema son los pobres, los favelados, son ellos los que por sus condiciones de hacinamiento ponen en peligro las iniciativas que recomiendan el distanciamiento social.

Por su parte, para el Ejecutivo, no interesa si los muertos por el Covid-19 ya sobrepasan los 12 mil casos oficiales y que las previsiones sobre futuros decesos son de lo más sombrías y pesimistas, estimándose que a partir de la próxima semana el número de muertes diarias llegué a ser de mil personas. Para Bolsonaro, que ha demostrado un total desprecio por la vida de las poblaciones más pobres y vulnerables, lo que interesa son los indicadores económicos que –como casi todos los países- revelan que Brasil se encuentra pasando por un profundo proceso recesivo. Acompañado por algunos ministros y un grupo de empresarios, el mandatario encabezó una marcha a pie hasta el Supremo Tribunal Federal (STF), para pedir a su máxima autoridad, José Dias Toffoli, que presione a los gobernadores para que terminen con la cuarentena en sus respectivos estados.

Una de las expresiones más impactantes de esta banalización de la muerte, fueron las declaraciones de la Ministra de Cultura, Regina Duarte, que minimizó los asesinatos cometidos durante la dictadura brasileña, diciendo que “siempre muere gente, en todas partes”. Junto con minimizar los efectos del Covid-19 en el aumento del número de fallecidos, la ex actriz señaló que ella es demasiado leve para cargar con los muertos. Su postura refleja claramente, el nivel de apatía por las víctimas de la dictadura y de la actual pandemia, lo que la sitúa en total sintonía con el espíritu de necropolítica instaurado por el capitán de reserva.

Y siguiendo con esta serie de medidas incomprensibles, el gobierno liberó el funcionamiento de academias de gimnasia, salones de belleza y peluquerías como servicios esenciales, bajo el argumento de que “la salud es vida”. Parece una broma de mal gusto, pero es la realidad en el Brasil actual. Como apuntó recientemente el Director de la Orden de los Abogados de Brasil (OAB), Felipe Santa Cruz, “El presidente creó este ambiente de indolencia con el Covid-19 y muchas de esas muertes podrán, si, ser imputadas a la responsabilidad personal de Jair Bolsonaro. Él no va a huir de eso. La historia es inclemente”.

A la vez, ya se está transformando en una práctica habitual que el gobernante realice todos los domingos su show en la rampla del Palácio da Alvorada, con amenazas de golpe y de invadir la sede del Supremo Tribunal Federal (STF) o del Parlamento con sus huestes de acólitos fanáticos y odiosos. Y también ya es común asistir al espectáculo patético de las Fuerzas Armadas reiterando su compromiso con la Constitución y la democracia, reforzando el carácter independiente y armónico de los poderes en el marco de la gobernabilidad. ¿En cuál régimen democrático se vio que las Fuerzas Armadas deben pronunciarse constantemente en defensa del equilibrio de poderes y el respeto a las leyes y la institucionalidad de un país? Se supone que cuando las democracias funcionan, los militares se mantienen en tareas profesionales, sin interferencia política permanente.

Las acusaciones contra Bolsonaro se siguen acumulando, pero –como ya hemos apuntado en otras columnas- existe bastante consenso entre los diversos actores políticos, juristas y la población en general, que este no el momento más propicio para abrir un proceso de impeachment. En primer lugar, porque no es posible avanzar en un proceso tan complejo sin debate directo y solo a través de la comunicación en línea y videoconferencia. Además, para alcanzar una correlación de fuerzas favorables, es necesario que exista una movilización popular en las calles, que presione fuertemente a un parlamento comprado con promesas de puestos en el gobierno y recursos para los proyectos de los diputados, especialmente de aquellos pertenecientes a un conjunto amorfo de partidos llamado de “Centrao”, que componen la mayoría en la Cámara de Diputados.

Y en esta displicencia del ex capitán y su gobierno, las cifras de víctimas del Coronavirus comienzan su tendencia creciente, sin ninguna previsión de que la curva empiece a achatarse. Bolsonaro es llamado por algunos periodistas como “el sepulturero de Brasil”. Ni siquiera es eso, porque los sepultureros tienen respeto por los muertos que entierran, por los deudos y por quienes asisten a un funeral. El ex capitán es un psicópata que es incapaz de sentir algún tipo de empatía por las personas fallecidas y sus familias. Su política está marcada por Tanatos, el Dios de la muerte, y por su incontenible pulsión de odio, crueldad y destrucción.

 

TAGS: #Bolsonaro #Coronavirus Brasil

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