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La música suena mal

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Los Ministerios que hoy existen en nuestra estructura administrativa están concebidos para operar en el ámbito que les corresponde y dotados de facultades y presupuestos que les permiten atender eficiente y rápidamente las contingencias. Por ejemplo, si una inundación hace caer un puente en una población del sur de Chile que queda aislada, el Ministerio correspondiente puede actuar directamente en la solución del problema y restaurar la comunicación. Otra repartición generará acciones y fondos para acudir en ayuda de las personas damnificadas y otro Ministerio saldrá en auxilio de quienes hayan sido heridos o estén enfermos producto del desastre. Pueden hacerlo y tienen los presupuestos necesarios. Ejemplos hay muchos, porque en este país tenemos tantas tragedias, incendios, terremotos, nevazones extremas y otras situaciones dramáticas, que nos hemos estructurado para enfrentarlas y superarlas. El estado está hecho para defender, atender y ayudar a los ciudadanos de cualquier condición que se encuentran a merced de una tragedia.


El sector de las artes no existe, no se le considera como una comunidad en situación crítica, pauperizada, minimizada, sino como un grupo de locos que anda por la vida con una guitarra o un libro debajo del brazo viviendo una vida de hippies, por lo que pueden alimentarse de paz y amor

Pero llegó la pandemia y nos dimos cuenta que hay un sector inexistente, que no tiene ni estructura legal ni fondos adecuados para salir en auxilio de los ciudadanos que están al desamparo. Ese es el sector de la música.

La Ley 21.045 no contiene una sola línea que otorgue facultades a la repartición para salir en ayuda de los ciudadanos que puedan verse en indefensión por un estado de catástrofe, ni tiene los presupuestos necesarios. No permite meter la mano en ningún bolsillo para reasignar fondos y entregar ayuda social de ningún tipo.

Los conceptos con los que se creó la Ley se diluyen en “promover”, “contribuir”, “fomentar”, “colaborar”, “coordinar”, estimular” y muchos similares que en una situación de pandemia no sólo son inútiles, sino trágicos.

El sector de las artes no existe, no se le considera como una comunidad en situación crítica, pauperizada, minimizada, sino como un grupo de locos que anda por la vida con una guitarra o un libro debajo del brazo viviendo una vida de hippies, por lo que pueden alimentarse de paz y amor. O peor aún, no está en el consciente de ninguna autoridad que hay empresas dedicadas a la cultura que dan trabajo a miles de familias y que como supuestamente son todos millonarios, no son merecedores de ningún tipo de ayuda.

Y así tenemos ya un año, pues el sector colapsó antes de la pandemia, con el estallido social. Tenemos miles de músicos vendiendo huevos y haciendo delivery, tenemos cientos de prestadores de servicio vendiendo sus equipos, su patrimonio; tenemos investigadores de folklore que abandonaron las comunidades rurales donde enseñaban para irse a limpiar baños. Tenemos muertos que han sido enterrados gracias a un bingo, tenemos enfermos que no han podido comprar medicamentos y niños que han sido mal alimentados durante un año.

Es verdad que nadie estaba preparado para enfrentar el Covid-19, pero la peor de las realidades es el cómo se ha condenado a la oscuridad a una comunidad de muchos miles de personas que no tiene defensa. Las manos están atadas, no se puede sacar un peso para ayuda social que no esté estipulado en la férrea e inútil letra de la Ley. Salud y Hacienda dictan la cátedra, el resto vale nada.

Hoy se recibe el último garrotazo para terminar de empobrecer a los artistas, la prohibición de música en vivo o grabada en restaurantes, medida incomprensible e inhumana que cierra todo espacio disponible. No hay explicación ni lógica que haga comprensible una medida tan absurda, sin buscar una reglamentación que lo permita, sin abrir una mísera puerta trasera para que entren unos pocos pesos. Terrible. Cruel.

Ya sabemos lo que tendremos que hacer para el futuro, que no es otra cosa que deshacer lo mal hecho, reestructurar leyes pensando en que pueden venir tragedias similares y que debemos estar preparados. Pero la pregunta es qué hacemos hoy, como sobrevivirán miles de personas que no conocen otra forma de vida, que de una u otra forma hicieron de la música su profesión, su razón de vivir, su manera de hacer familia. Cómo haremos para que las empresas que construyeron su patrimonio alrededor de la música no desaparezcan y no vuelvan a generar empleo nunca más.

Hay personas que manejan este país y que deben dar las respuestas, hay legisladores que pueden cambiar lo mal hecho, hay funcionarios que deben dar la pelea, porque para eso están. Lo difícil es que se den cuenta que la música existe más allá de lo que sale por los audífonos del iPhone mientras se da el trote mañanero. La música está sonando muy mal.

TAGS: #Artes #Coronavirus Música

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Ana Teresa Sepúlveda Cofré

19 de enero

Hola Carlos Valdivia V. Miró tu cara en la foto de perfil y creo qué te conozco. Pero no sé de dónde ni de cuándo. ¡Es igual! Me gustó tu escrito estoy de acuerdo contigo creo que en todo es un artículo muy interesante y muy actual me ha gustado mucho leerlo. Felicitaciones!

19 de enero

Gracias Ana Teresa. Me alegro que te gustara el artículo.
Algún día sabremos si nos conocimos en algún lugar.
Abrazos.

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