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Ciudad y patrimonio: frágil identidad sobre escombros

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Las comunidades que han sufrido la guerra guardan en su memoria aquellos hechos para no olvidarlos jamás; reconstruyen sus edificaciones en recuerdo de aquellas que desaparecieron. En cambio las nuestras, ya en el suelo, sea por movimientos de la Tierra o por renovación urbana, no son más que molestos escombros olvidados en el momento exacto en el que sobre ellos se instala una nueva edificación.

Dice Magris que nuestra identidad es la forma que tenemos de ver, conocer, entender, amar y cambiar el mundo. Sobre el mundo fijamos la mirada y el mundo –más bien sus figuras– nos devuelve nuestra imagen, nuestras imágenes, que con el tiempo se quedan atrás, como restos que se acumulan en el pasado.

La ciudad que habitamos es el mundo, recuerda Magris. Es el lugar del encuentro con los otros, de construcción de lo comunitario y de lo público; el lugar donde se reflejan y acumulan las imágenes que forman la historia y la memoria.

En nuestro caso, cual país en guerra, construimos sobre lo derribado. Las comunidades que han sufrido la guerra guardan en su memoria aquellos hechos para no olvidarlos jamás; reconstruyen sus edificaciones en recuerdo de aquellas que desaparecieron. En cambio las nuestras, ya en el suelo, sea por movimientos de la Tierra o por renovación urbana, no son más que molestos escombros olvidados en el momento exacto en el que sobre ellos se instala una nueva edificación. No hay continuo, no hay memoria de la ciudad.

¿Puede tener identidad una comunidad que habita una tierra en permanente movimiento? ¿Puede tener memoria una comunidad que construye sobre escombros?

Claro, es identidad sobre identidad. Una identidad que se renueva, pero que también se desdibuja. La identidad es, ciertamente, permanente movimiento, siempre en elaboración, pero donde no todo se desvanece en el aire, a riesgo de ya no ser lo que se es.

Identidad y memoria son casi una misma cosa. La memoria, frágil, adaptativa hasta la amnesia, sólo es posible preservarla anclada a objetos y sujetos, a las figuras cuya imagen nos devuelve la ciudad.

La ciudad que nos constituye en comunidad sobre escombros, en que todo es frágil y pasajero, nos expone al peligro de dejar de reconocernos y de allí, a un paso, el de ya no ser nosotros.

Hay vestigios de la ciudad que ha sido, por cierto. Ahí tenemos algunos hitos en el Mercado Central, la Piojera, la Estación Central, los pocos barrios que han logrado eludir los ajustes telúricos y el paso del progreso. Y, como contracara, también se acumulan los vestigios del futuro de la ciudad que será, con su buque insignia Costanera Center.

Pero es mucho más lo que ya no está. Cuando aquellos hitos desaparecen, nuestra historia como comunidad pierde la relación especular con una ciudad que siempre se nos va, que nunca se queda. Si se pierden los referentes, nos extraviamos en una ciudad que no reconocemos como nuestra, que no nos acoge.

Perdemos aquellos rostros urbanos tan nuestros, que nos acompañan en el trayecto. Entonces, desde dónde nos paramos y sostenemos el soy. Una y otra vez, volvemos a la pregunta de quiénes somos.

Así como las viejas de Donoso guardan objetos en cajas debajo de su cama para “llenarse y no perderse”, nosotros atesoramos recuerdos de lugares y trayectos. Y cuando queremos regresar a ellos ya no están más que en nuestra memoria. Frágil memoria.

Hay una tensión entre dos polos de hacer ciudad: Roma o Nueva York. Desde la preservación extásica de un patrimonio que es mucho más que urbano, hasta la construcción y reconstrucción eterna de lo nuevo; pero aún en este último caso precisamente lo nuevo es el sello de identidad: Nueva York es la imagen de la devastación creativa moderna, una ciudad en constante renovación que pareciera temer al pasado.

Sin embargo, no somos ni lo uno ni lo otro. Ni la ciudad museo cuya historia es su identidad ni la ciudad puramente orientada al futuro que reniega de la tradición.

Para nosotros, habitantes de un sitio en donde todo cae, es clave conservar hitos públicos para recordarnos que somos un alguien colectivo, cuya identidad no sólo se yergue sobre los restos funerarios de una demolición. De lo contrario nos condenaremos a ser melancolía: lo que nos faltará siempre para llegar a ser lo que pudimos ser.

Fuente de Fotografía

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Magdalena Undurraga

02 de enero

Me gusta la columna pero no veo Nueva York y Roma como dos ejemplos entre dos maneras de hacer ciudad.

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