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Tecnologías de la información ¿Comunicación democrática?

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Ya hace casi 200 años los postulados marxistas advertían que las ideas de la clase dominante son -en todas las épocas- las ideas dominantes, arguyendo que quienes ejercen el poder material en la sociedad, buscan también hegemonizar el poder de las ideas. Se iniciaba así la elaboración de un vasto cuerpo teórico predictivo respecto de los efectos de los medios de comunicación de masas como herramienta de subordinación.[1]


Si bien, las nuevas tecnologías son una alternativa poderosísima que puede convertirse en herramienta que coadyuve a construir correlaciones de fuerza distintas en la esfera política y cultural, es evidente que aquello no representa una amenaza al indiscutible poder de las compañías trasnacionales y su lógica cultural de mercado que domina la sociedad mundial.

Desde la perspectiva crítica, se publicarían innumerables análisis sobre los mass media, pasando por los enfoques marxistas más tradicionales, hasta la teoría derivada de la Escuela de Frankfurt y sus intelectuales más contemporáneos. Desde clásicos como Antonio Gramsci y hasta Max Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, la idea de que la cultura de masas es el principal medio gracias al cual el capitalismo habría alcanzado un proceso de dominación extremadamente sutil, ha sido una problematización clave para quienes estudian teoría de la comunicación.

En este escenario teórico, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TICS) irrumpieron irrefrenables como nuevo desafío teórico. Es importante tener claro que, si bien hoy la Globalización neoliberal imperante ha sido la plataforma para que las nuevas tecnologías de información se extiendan y con ellas se produzca prácticamente la instantaneidad de los mensajes, esto no necesariamente redunda en mayor democratización comunicativa.

Variadas experiencias parecen ilustrar que la revolución de las tecnologías de la información, la comunicación y el conocimiento han permitido instalar el componente subjetivo de la Globalización neoliberal, es decir, el fundamentalismo de mercado con la consecuente transnacionalización valórica de éste. Denominado por ciertos analistas como Infocapitalismo, sus armas de expansión civilizatoria serían la microelectrónica y la cyber cultura, que sobrepasarían los sistemas de producción e incluso trastocarían el comportamiento de los individuos a nivel local[2]. Bajo esta matriz de análisis, las nuevas tecnologías parecen ser las principales generadoras de la más sofisticada herramienta difusora de valores y prácticas culturales. Cabe entonces hacer la siguiente pregunta: ¿Son las plataformas provistas por la revolución tecnológica espacios de democratización de la cultura imperante?

Efectivamente la masificación de las nuevas tecnologías ha otorgado mayores posibilidades de acceso a la información, de transmisión instantánea de mensajes y con ello, incluso ha podido ser -en algunas ocasiones- un elemento al servicio de discursos contra hegemónicos o herramientas de organización de sectores sociales críticos al modelo de desarrollo neoliberal. Sin embargo, en su mayoría, las nuevas tecnologías tienen un correlato símil al lenguaje globalizante, cuyo afán informador en la mayor parte de las ocasiones parece cumplir un rol de carácter doctrinario. Diversos son los ejemplos de grandes potencias mundiales utilizando las nuevas tecnologías de información como herramientas de hegemonía cultural y dominación, a partir de un complejo entrecruzamiento de fuerzas políticas, sociales y culturales[3]. Claros son los casos de la información tergiversada que se ha producido durante las últimas invasiones de Estados Unidos en Oriente Medio, especialmente en Irak y Libia, donde el relato mediático refrendó el combate de armas de destrucción masiva, primero, y un supuesto afán democratizador, después. Claro es también el reciente caso de guerra civil en Siria, donde la información adulterada ha tendido a confundir la aspiración expansionista de Estados Unidos y su interés en el petróleo del vecino Irán, con un supuesto impulso auto democratizador del pueblo sirio.

¿Optimismo?

Con todo, parece ser demasiado optimista la propuesta teórica que augura una gradual e inexorable democratización de la cultura a través de las diferentes redes sociales y plataformas generadas por las TIC.

Si bien, las nuevas tecnologías son una alternativa poderosísima que puede convertirse en herramienta que coadyuve a construir correlaciones de fuerza distintas en la esfera política y cultural, es evidente que aquello no representa una amenaza al indiscutible poder de las compañías trasnacionales y su lógica cultural de mercado que domina la sociedad mundial.

Como alternativa a este escenario un tanto pesimista, resulta interesante revisar la propuesta teórica del Departamento de Economía y Política Internacional del Centro Cultural de la Cooperación de Argentina, que plantea el concepto de Redes de Resistencia Global (RRG), una especie de resistencia política a la nueva realidad mundial. De acuerdo a esta matriz de análisis, el objetivo  compartido por los miembros de esta nueva resistencia, es luchar contra la globalización neoliberal y sus consecuencias (la concentración de la riqueza y el poder, la extensión de la pobreza y de malas condiciones laborales, la destrucción de la naturaleza, etc.).

La articulación de las RRG en un mundo cultural ensordecido por un monólogo de oligopolios comunicacionales, se basa en la capacidad de agrupar a organizaciones diversas: algunas centradas en la protección de la naturaleza, otras en las condiciones laborales de los trabajadores del planeta, pero todas unidas por el rechazo a los efectos nocivos de la globalización neoliberal. Las tecnologías comunicacionales funcionales a las formas de organización económica y política expuestas, han sido utilizadas por estas redes para coordinarse y difundir un mismo mensaje en todo el globo, además de ser capaces de converger en acciones simultáneas. En estos casos, cuyo ejemplo claro fueron los estudiantes chilenos movilizados en 2011, las TICS podrían constituir una herramienta para construcciones políticas contra hegemónicas, mas nunca su reemplazo.

[1]                      MARX, Karl, ENGELS, Friedrich. La ideología alemana. Editorial Grijalbo. Barcelona, España. 1974.

[2]                        Camejo, Armando J. Globalización, Tecnología de la Información y Flexibilización Laboral. Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas. Número 19. Universidad Complutense de Madrid. 2008.

[3]                      POLLERI, Federico. Hegemonía Cultural. En http://www.gramsci.org.ar/12/polleri_heg_cult_lucha.htm

TAGS: Quinto Aniversario

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solopol

14 de abril

Si la democracia fuera virtual, bastaria un corte de luz para dar un golpe de estado. La democracia tiene que ser en la realidad, quienes alcanzamos a criarnos SIN internet sabemos que existe un mundo POSIBLE mas allá de los celulares y los tablets. Saludos

17 de abril

La animadversión contra el capitalismo y las transnacionales ha degenerado bastante. Yo la veo por la categoría de propaganda panfletaria, pero así y todo, tiene su justificación. Pero si a eso le añadimos la mezcla con los medios de comunicación masiva, se convierte en pura chascarrilla. Esto puesto que no hay duda alguna de que la mayor refutación de la hipótesis histórica de la acumulación de capital son las modernas tecnologías computacionales. En el presente un sujeto premunido de una computadora y un escritorio te puede montar una empresa con poco o nada de capital. Un programador te puede dejar obsoleta una máquina o por el contrario, duplicar su productividad nada más modificando su software o diseñándole uno nuevo. ¿Dónde quedó la teoría de que el dueño de la máquina, por ejemplo, de una hiladora, de una imprenta,de trilladora, tiene el poder sobre la producción y la renta? Se hizo humo. Ahora el agente de Estado que las expropia queda en ridículo, no consigue nada con ello. Bill Gates se hizo el hombre más rico del mundo sin poseer la propiedad de la máquina, y su caso es la refutación encarnada de las apolilladas teorías del perverso capitalismo. Al punto que ni él mismo logra conservador siquiera la propiedad intelectual de sus programas. Todos los tenemos por unas cuantas monedas, y casi nadie paga sus licencias.

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