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Arquitectura y felicidad

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El mayor aporte que un edificio puede hacerle a una persona, es abrazarla y acogerla. Cuando un edificio además tiene un rol dedicado al aprendizaje y meditación, entonces las personas tienen lugares comunes de calma.

La ciudad, como espacio y como símbolo, se desarrolla conforme a las necesidades económicas y políticas de la población representada en masas. Sencillo es reconocer los centros de las ciudades y las periferias de éstas. Existen diferencias funcionales, administrativas, muchas veces económicas, arquitectónicas, espaciales, geográficas, entre muchas más. Santiago de Chile no es la excepción. Capital ubicada en la Región Metropolitana, reparte desde su centro distintas realidades hacia sus periferias, pudiendo reflejar un contraste notorio entre la periferia poniente y la periferia oriente. La primera con menos recursos que la segunda. El valor del suelo y el cómo se distribuye la población, no es una decisión colectiva y necesariamente consciente. Familias ganando un sueldo básico, jamás podrán optar a una vivienda en un barrio ubicado en el sector oriente, por tanto se hace prácticamente obvia la posibilidad de optar por comunas de menores ingresos.

La política entonces, marca un eje fundamental en la discusión de la libertad de acción, al querer vivir en cualquier comuna. ¿Qué tienen Las Condes, Vitacura, Ñuñoa, Providencia, La Reina o un sector importante de Lo Barnechea que no tienen San Joaquín, Lo Prado, Pedro Aguirre Cerda, Cerrillos, Cerro Navia, Quinta Normal, San Ramón, Puente Alto, Pudahuel o Estación Central?

Los recursos percibidos por las personas que las habitan, por las patentes de los edificios, locales comerciales, permisos de circulación, contribuciones, son claramente superiores en las comunas del sector oriente de Santiago. Es un círculo planificado, que depende en gran medida de quién gestiona sus municipios. Al tener mayor cantidad de recursos, hay una relación proporcional en la cantidad de áreas verdes que se entrega para espacios públicos. La cara de las comunas son sus avenidas, sus parques. En ese sentido, las comunas de menores ingresos, tienen menos posibilidades de poder forestar sus espacios.

Sin embargo, esta posibilidad no se desecha, lo que no quiere decir que su edil realice malas gestiones. Una comuna con mayores ingresos, refleja su situación económica en el tipo de obras públicas que construye. Los edificios públicos para educación en Las Condes, distan considerablemente por diseño, presupuesto, implementación de materiales y equipamiento de apoyo pedagógico, al promedio de edificios para educación de Pudahuel.

¿Qué pasaría si pensamos en las comunas con menos recursos, como un punto potencial para innovar?

La educación no sólo tiene que ver con enseñar, sino con poder transmitir sensibilidades, capacidades y herramientas que logren integrar el conocimiento de manera positiva en sus estudiantes. Pensamos entonces en una escuela, donde las materias deben ser las mismas para todo el estudiantado. Donde la sala de clases es cuadrada o rectangular y hay entre 20 a 40 estudiantes, poniendo atención a un/a profesor/a, quien escribe en la pizarra entregando un mensaje de manera vertical. Luego hay un intervalo entre clase y clase, llamado “recreo”, generalmente en un patio. El recreo dura quince minutos y hay que regresar a clases.

Este ejemplo calza perfecto con el de una fábrica, donde sus trabajadores/as, uniformados/as cumplen un horario y tienen pequeños descansos para poder continuar. Si tomamos en consideración el concepto “Recreo”, es posible acordar que en quince minutos una recreación efectiva, no puede realizarse. Poner atención a un/a profesor/a dos horas, podría terminar por bloquear un conocimiento, si esto no llega de la manera en que nuestro cerebro necesita que ingrese. Todas las personas necesitan un tiempo de reflexión, descanso y distracción diariamente. Mientras tengamos consideración con aquello, las escuelas podrán ahorrarse recursos en enviar a sus estudiantes a sesiones sicológicas, podrán experimentar una baja de ansias en alumnos/as con problemas de nutrición, y el ambiente laboral y educacional podrá ser distinto. Para ello propongo, tomar como ejemplo necesario a las comunas de bajos recursos, que finalmente, son las más perjudicadas en las políticas públicas.

Crear espacios abiertos y públicos, de calidad y seguros, para todas las personas, otorgándole un carácter educacional, pero también de meditación y reflexión, sobre todo para niños y niñas, nos haría desprendernos del tradicional concepto de “escuela”. Las políticas estatales y los criterios gubernamentales buscan, en teoría, un bien común, porque ese es el rol del Estado. Es fundamental considerar la felicidad de la gente. No quiere decir que un espacio público lo logrará, pero la arquitectura debe formular su aporte, aunque quede supeditada al ejercicio político de una administración. El mensaje de quienes practican la disciplina de la arquitectura es poder diseñar espacios públicos, para que las piezas que unen la palabra Escuela, puedan ir buscando nuevos lugares donde además de aprender, exista una voluntad de ceder espacio para trabajar el ánimo individual y la felicidad. Aprender de manera tranquila y distinta, no sería exclusivo de quienes tengan más recursos. La idea entonces, todos los municipios pueden apropiársela, ya que la educación y los espacios físicos y temporales para trabajar la felicidad tampoco son exclusividades, pero cuando hay comunas que no tienen ni árboles ni plazas, surge la necesidad de crear conceptos que mejoren la calidad de vida de quienes las habitan.

Centros públicos de meditación y aprendizaje para niños, es una necesidad en la sociedad.

Bután, un país pequeño, ubicado al sur de Asia, trabaja sus políticas públicas en torno a la felicidad. Cuando la arquitectura se contamina de decisiones que se alejan de las “importancias personales” en una sociedad, debe buscar su centro en la felicidad. El mayor aporte que un edificio puede hacerle a una persona, es abrazarla y acogerla. Cuando un edificio además tiene un rol dedicado al aprendizaje y meditación, entonces las personas tienen lugares comunes de calma.

La calma, al igual que la felicidad, son trabajos personales con ritmos distintos y cuando se transforman en decisiones, éstas son contagiosas. Pensemos en epidemias de felicidad. Pensemos en una sociedad más equilibrada. Pensemos en lugares públicos destinados para desarrollar esa habilidad. La arquitectura seguiría siendo linda, funcional y necesaria.

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Foto: Alejandro Sánchez / Licencia CC

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Comentarios

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Pancho y no se que más poner

02 de septiembre

Yo creo que esta felicidad perceptual tiene como eje primordial el cómo perciben los sentidos esta realidad arquitectónica que nos presentan en X’ contexto y por otra parte hay gente que no quiere ser feliz (el por qué…no sé) y hay gente que es feliz y no lo sabe entonces nos enfrentamos a un universo de opciones tantas como personas contemplen este contexto X’ pero sí puede tener un tendencia.

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