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Partidos políticos y su accionar: disidencia semántica

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El aparentemente amplio espectro político chileno, es en realidad extremadamente acotado en términos de representación y repartición de poder. Los referentes con real poder político en Chile son la Concertación (PS, PPD, DC y PRSD) y la Coalición por el Cambio (UDI y RN). Es decir, y como bien es sabido, el poder se concentra y divide en 6 partidos pertenecientes a tan sólo 2 grandes conglomerados.

Al revisar este espectro, resulta a lo menos curioso notar la brutal disidencia semántica que existe entre los nombres de los partidos y su accionar político. Quizás sea un análisis poco útil en términos prácticos, pero sirve para entender cómo el relato de estas históricas instituciones se ha ido diluyendo en el tiempo, generando la actual crisis de representación que sufre transversalmente nuestra clase política.

Las dos primeras grandes etiquetas son Concertación de Partidos por la Democracia y Coalición por el Cambio. Por una parte, “concertar”, según la RAE, significa “Pactar, ajustar, tratar, acordar un negocio”. Y, en efecto, la Concertación tiene su génesis en el pacto de ideas, en la reunión de distintas visiones en pos de un ideal común: Recuperar la democracia. ¿Es eso lo que vemos hoy? Para nada. De hecho, a dos años de su más dura caída – perder las presidenciales luego de 4 periodos consecutivos – vemos a una Concertación incapaz de reconstruirse, llena de trizaduras internas y cuya bandera de lucha se reduce a la mera oposición al oficialismo. No es coincidencia, entonces, que el único intento por “refundar” este histórico conglomerado haya sido un efímero boceto de Carolina Tohá y su “Convergencia Opositora”; Algo así como “juntémonos a oponernos”.

Hace 30 años, la Concertación se fundó para oponerse a una dictadura militar, pero, el primer objetivo era devolver la democracia a Chile. La oposición era una consecuencia necesaria, no la razón principal del pacto. Hoy, al no existir voces convocantes en la centro-izquierda, la oposición pasó a ser la bandera de lucha y los ideales quedaron en segundo plano.

Por otro lado, en la vereda oficialista, la situación es irónica. La Coalición por el Cambio promete, desde su refundación en 2009, una revolución en la forma de hacer política. Más aún, uno de sus partidos integrantes se aventura con un nombre soñador y prometedor hace ya 25 años: Renovación Nacional. No hace falta ser un experto cientista político para notar que de Cambio y Renovación hay poco o nada. Es más, sólo miremos las caras de aquellos que lideran dichas agrupaciones para entender lo poco asertivo que resultan los nombres al contrastarlos con su forma de operar (¿Carlos Larraín liderando un partido llamado “Renovación” Nacional?, ¡Por favor!). Antiguamente, la Coalición por el Cambio se llamó “Alianza por Chile” o incluso “Unión por el Progreso de Chile”, buscando ofrecer una alternativa al país. Hoy vemos que se pavimentó el camino a la Moneda con esas buenas intenciones, pero, en la práctica, Chile no percibe esa tan prometida revolución política. Es más, la “tasa de arrepentimiento” (Encuesta UDP, octubre 2011) muestra que prácticamente 1 de cada 3 personas se arrepiente de haber creído en las promesas de la Coalición por el Cambio. Finalmente, el único partido que parece fiel a una porción de su nombre es la Unión Demócrata Independiente (UDI), ya que se ubica en la extrema derecha siempre, “independiente” de lo que la ciudadanía demande democráticamente.

Como el Tribunal de Libre Competencia no tiene las capacidades para intervenir a este duopolio político (y es bueno que así sea, ya que el “castigo” por colusión sería restar apenas un par de escaños a cada coalición) y como tampoco podemos acudir al SERNAC para realizar una demanda colectiva por publicidad engañosa, existen dos posibilidades ante el escenario descrito. O los conglomerados se cambian de nombre o hacen honor a la semántica y a sus orígenes y, al mismo tiempo que trabajan para el país, dan paso a que las nuevas generaciones se hagan cargo de continuar la tarea de construir lo que el Chile 2.0 requiere.

El recambio generacional político es inminente y necesario. Nuevos referentes ciudadanos están naciendo para representar a aquellos que, al leer las noticias, reaccionan con asombro al ver la enorme contradicción que existe entre una Coalición por el Cambio y el grupo de ancianos que la componen; o entre una alianza llamada Concertación y un grupo, anciano también, que, lejos de concertar, se escuda en una oposición sin fundamento para seguir con vida. La consigna es: “Señores, muchas gracias por todo, pero ahora nos toca a nosotros”.

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07 de febrero

Srs, srs, el problema no son ellos somos nosotros. Ahora las cosas estan cambiando, y para ser francos como en ciencia, una prueba valida permite seguir experimentando. Partamos por lo social, crear conciencia, luego lo politico. !!

08 de febrero

Tienes razón, Juan, hay que partir por lo social, de hecho, creo que ya partimos. El hartazgo ciudadano expresado en las calles durante prácticamente todo el 2011 es señal de que se ha iniciado un cambio. La tarea es traducir este hartazgo social en cambios políticos y los llamados a liderar esa transición son las nuevas generaciones; La actual clase política perdió el relato, la credibilidad y la representatividad.

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