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Sin rodeos

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En la antesala del arribo del mes de la patria, la discusión sobre la aceptación o rechazo del rodeo como legítima actividad deportiva o recreativa se instaló con fuerza. A la ordenanza ambiental de la Municipalidad de Recoleta, dirigida por el PC Daniel Jadue, se sumó la prohibición de la Municipalidad de Ñuñoa (comandada por el independiente -ex RN- Andrés Zahri) a su realización en las fondas del Estadio Nacional. Los motivos son disímiles: la primera vetó cualquier actividad deportiva o recreativa que someta a animales a violencia o stress, mientras que la segunda lo hizo para evitar protestas, manifestaciones o funas que ya se han producido en años anteriores.


Por cierto que este debate es necesario. Uno que pone a prueba no solo los principios bajo los cuales nos regimos sino, también, si estamos disponibles para ir haciendo cambios que son fundamentales para enmendar el rumbo de lo que ha sido nuestra relación con la naturaleza.

Desde hace ya varios años que la ética y estética de esta actividad, que nace de la tradición del arreo en el campo, está en el debate público; un diálogo que se torna bastante acalorado cuando deja en evidencia la visión profunda que tenemos los seres humanos -y los chilenos y chilenas en particular- sobre los valores tradicionales, nuestra relación con otros seres vivos y la legítima recreación.

Lo primero se relaciona con la persistencia de la memoria como algo que nos une en el sentido de comunidad nacional; con la fosilización de costumbres históricas, más allá de nuevos valores o conocimientos científicos y posturas éticas. Pensar que lo que hemos practicado durante centurias no puede ser revisado a la luz de nuevas visiones, es como creer que el tradicional “derecho de pernada” (sí, es un término medianamente técnico) no podía ser cuestionado por ser un ejercicio tradicional (patronal, vejatorio y machista, sí, pero tradicional al fin y al cabo). O más cerca aún, igual que la entretenida costumbre de elevar volantines con hilo curado que muchas desgracias ocasionó en nuestro país. Establecer de plano que la discusión sobre la validez del rodeo está por sobre el bien y el mal, suena más a imposición de clase que a legítimo debate social.

También existe una parte de la sociedad, aquí y en todo lugar, que cree que el hombre y la mujer estamos puestos en la tierra para enseñorearnos sobre todas las especies que pisan este planeta. Una visión ya presente en esa obra monumental que es la Biblia, cuando nos dice que Dios nos habría delegado “autoridad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra” (Génesis 1:28). Y claro, así las cosas, tenemos derecho a hacer lo que queramos con ellos: matarlos, golpearlos, incluso agarrarlos a postonazos sin más explicación que nuestra voluntad. ¿Pero es tal legítimo, a la luz de conceptos éticos como el reconocimiento de que las otras especies tienen también derechos? Ha sido el camino que han recorrido otras naciones, como Francia, donde en los últimos años se les ha reconocido la calidad de seres vivos y sensibles y, por tanto, sujetos de derechos más allá de lo que al ser humano le parezca.

Y por último -relacionado también con el punto anterior- está el foco sobre el motivo por el cual podríamos infligir dolor o daño a otros seres vivos no humanos. Porque cuando alguien se expresa crítico del rodeo, uno de los primeros argumentos que emerge es el recuerdo de la tendencia a montar a caballo, vestirnos, y comer carne e incluso vegetales que, según las últimas investigaciones, también sienten. Obviamente que en todos estos casos la finalidad de la acción es un elemento relevante. Alimentarse es una necesidad y recurrir a otras especies para ello por necesidades biológicas es muy distinto de hacerlo por diversión. Lo primero es inevitable (podemos discutir las formas en que se produce lo que ingerimos), pero para lo segundo sí que hay opciones.

Claro que en el caso del rodeo quizás es difícil tener opciones distintas de golpear, ya que su esencia es el enfrentamiento en, huelga reconocer, desiguales condiciones. No es toreo, claro está, pero tampoco es una práctica que si caballos y vacunos tuvieran opción aceptarían sin chistar: se realiza para entretenernos y sentir que mantenemos tradiciones que hacen permanecer una unicidad histórica nacional. Aunque suene absurdo, no es malo reflexionar sobre esto.

Por cierto que este debate es necesario, porque pone a prueba no solo los principios bajo los cuales nos regimos sino, también, si estamos disponibles para ir haciendo cambios que son fundamentales para enmendar el rumbo de lo que ha sido nuestra relación con la naturaleza.

Si alguien no cree que hay que cambiar el rumbo, le invito a revisar la proyecciones sobre el destino de la humanidad producto del cambio climático. Una lógica donde el rodeo, quiérase o no, encaja en el sentido de que como especie somos amos y señores de todo lo que se mueve.

Y eso no es una discusión solo técnica, es profundamente ética sobre el sentido de la sociedad, la humanidad y el amor sin fronteras por los demás.

TAGS: #Rodeo Fiestas Patrias Maltrato Animal

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