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¿Anecdotario o comunicación de la ciencia?

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En las últimas tres décadas han surgido algunos instrumentos de percepción pública para entender de mejor manera cuáles han sido los impactos de la divulgación científica, la enseñanza de ciencia, su presencia en medios de comunicación masiva, además del grado de interés de la ciudadanía y de conocimiento que maneja en estos temas, que han arrojado resultados interesantes que ciertamente sirven como base para futuras decisiones al respecto.

Durante la semana pasada, se celebró en Chile la XIX Semana Nacional de la Ciencia y la Tecnología con una serie de actividades, charlas, foros y seminarios a lo largo del país. Convocada por el Programa Explora de CONICYT, la idea es buena, pues hoy más que nunca es necesario hablar de ciencia fuera del ámbito de la academia, toda vez que es considerado un elemento esencial de nuestra cultura, y por ende, del desarrollo integral de un país. Y con mayor razón en plena época electoral, cuando se encuentra prácticamente ausente en las propuestas de los que se postulan al sillón presidencial

Casi al mismo tiempo, hace un par de días, Sonia Montecino, recientemente galardonada con el Premio Nacional de Humanidades, realizaba una dura crítica a los dos principales conglomerados políticos por no hacerse cargo de uno de los problemas clave del Chile de hoy: si todo el país leyera esta columna, sólo un 44% la entendería. El resto vive como analfabetos funcionales: leen, reciben información, pero no son capaces de interpretarla y entenderla.

A priori, si el panorama es así de sombrío para la lectura de instrucciones de un televisor nuevo, cocinar un puré en caja o entender las cláusulas de un contrato de trabajo, el no comprender el impacto de los últimos avances y controversias de la ciencia, a mi entender, podría ser aún más complejo y vital. Claramente es importante contar con una base de conocimiento científico como parte de la llamada ‘cultura general’, pues nos permite ubicarnos como una especie más en un universo en expansión, con leyes naturales que aplican para todos, y donde el proceso de aprendizaje nos permite acceder a nuevos conocimientos en el futuro. Sin embargo, hoy me parece que tanto o más importante que nuestro grado de saberes en biología molecular, física cuántica o del anecdotario de hallazgos y descubrimientos científicos de cualquier ámbito, es poner ese conocimiento en contexto, conocer su historia, los caminos recorridos y las preguntas que antecedieron a la experimentación. Como periodistas, desnudar sus posibles falencias y errores, transparentar los métodos de revisión, analizar las controversias con profundidad, y enfatizar que la ciencia nunca entrega verdades absolutas, sólo aproximaciones más o menos acabadas de la realidad observable.

Desde hace más de tres siglos se han sucedido iniciativas, no sólo a través el periodismo, para dar a conocer los frutos de la curiosidad humana. De hecho, hasta hace unos años se pensaba que las controversias derivadas del desarrollo científico y tecnológico –en todo el mundo-, tenían que ver con el grado de conocimiento que la sociedad tenía de sus resultados. Para esta forma de comunicar, conocida como el modelo de déficit, si los científicos podían transmitir los conocimientos de sus especialidades al público que no tenía acceso a ellos, los problemas de la sociedad del conocimiento podían resolverse, pues con mayor información disponible, las actitudes acerca de la ciencia serían positivas y la sociedad disfrutaría de los beneficios de esa ciencia moderna e ideal.

Este concepto de transporte unidireccional de información, un modelo lineal tipo emisor-mensaje-receptor, tiene al menos unos 70 años. Más aún, ha sido reforzado por la concepción reduccionista de que la ciencia también es lineal, donde hay generación de conocimiento básico, que luego es aplicado, y que finalmente –necesariamente- se traduce en beneficios económicos y sociales.

Sin embargo, en las últimas tres décadas han surgido algunos instrumentos de percepción pública para entender de mejor manera cuáles han sido los impactos de la divulgación científica, la enseñanza de ciencia, su presencia en medios de comunicación masiva, además del grado de interés de la ciudadanía y de conocimiento que maneja en estos temas, que han arrojado resultados interesantes que ciertamente sirven como base para futuras decisiones al respecto.

Por ejemplo, una macro encuesta iberoamericana aplicada en Bogotá, Buenos Aires, Caracas, Madrid, Panamá, Santiago y Sao Paulo (FECYT-OEI-RICYT, 2009), mostró que Santiago obtuvo el menor porcentaje de valoración de los científicos, la consideración de que el nivel de educación en ciencia y tecnología recibido en la etapa escolar es malo, y una contundente respuesta negativa ante si era prioritario invertir en CyT. Según la encuesta, al menos en la capital de nuestro país, estaría la percepción más negativa de la ciencia en Iberoamérica.

Además, la amplia mayoría de los encuestados reclama que los ciudadanos sean escuchados y su opinión tenida en cuenta en los procesos de toma de decisiones, donde se incluyen los de carácter ‘científico’. Resultados similares arrojó el Eurobarómetro –instrumento aplicado desde mediados de los 70’ en Europa- del 2005 y 2010. A nadie sorprende que haya un creciente interés por aumentar el grado de participación de la ciudadanía en los procesos que finalmente tendrán incidencia en su vida, a todo nivel. Y la ciencia, como parte de la cultura de un país, tampoco ha quedado al margen de estas nuevas demandas por mayor participación democrática.

Pero, al parecer, no todo es negativo para el caso chileno.

Otro estudio, derivado de un proyecto FONDECYT liderado por Pablo Villarroel, académico de la U. Austral, fue aplicado en Concepción, Temuco, Valdivia y Puerto Montt. Este arrojó que el grado de interés en ciencia-tecnología que declara el público encuestado es mucho mayor que el informado en la encuesta iberoamericana, pero  a su vez, contrasta enormemente con el nivel de información que dicen declarar.

Respecto del grado de interés en ciencia del público encuestado, se aprecia que un 38,8% declara estar muy interesado en ciencia-tecnología y un 34,6% medianamente interesado, lo que deja a un 72,4% dentro del grupo con algún grado de interés. El 24,9%, por el contrario, señala tener poco o ningún interés en ciencia-tecnología.

Más aún, el grado de interés por ciencia-tecnología supera a otros temas tradicionalmente atractivos para el público, como deportes (33,6%), política nacional e internacional (22%), y economía-finanzas (35,6%).

De esta forma, mientras el porcentaje del público que se declara “muy interesado” en ciencia-tecnología se ubica en el tercer lugar entre nueve temas consultados, el porcentaje que se declara “muy informado” sobre ciencia-tecnología se ubica en el séptimo lugar. Al parecer, en estos polos urbanos el grado de interés por la ciencia es mayor que el grado de información disponible para satisfacerlo, en otras palabras, los encuestados querían saber más de ciencia, pero no estaban los medios disponibles para suplir esta demanda por información.

Si bien los resultados de ambos estudios no son homologables, nos entregan una valiosa mirada para conocer más al público al que periodistas, comunicadores de ciencia y científicos interesados pretenden llegar. Personas que mostrando un interés manifiesto por saber más de ciencia, aún no encuentran forma de conocerla, entenderla, o incluso de ser parte de alguno de sus procesos.

¿Será considerado este ‘lineamiento base’ en la generación de nuevas maneras de comunicar la ciencia nacional? ¿Qué significan estos resultados para un organismo como CONICYT, el principal responsable de la producción y comunicación científica del país? ¿Y para los científicos, comunicadores y tomadores de decisión?

Recientemente, en la Asociación Chilena de Periodismo Científico ACHIPEC, varios hemos asumido la tarea de participar activamente junto a distintos actores del sistema tecnocientífico nacional, en los debates sobre el futuro de la ciencia y la forma en que  esta abrirá espacios para la comunicación, la apropiación, y la posible –y necesaria- participación de la ciudadanía en sus procesos. También, se ha puesto especial énfasis en la formación de nuevos comunicadores científicos, donde el rol del periodismo, la divulgación científica, la extensión académica, los museos y parques científicos, entre otros, serán clave para contar con un público crítico, mejor informado, y consciente de los beneficios y riesgos de apostar, o no, por el avance de la ciencia nacional en todas sus áreas.

A mi juicio, comunicar la ciencia nos demanda ir más allá de la reproducción de anécdotas científicas, donde tampoco tiene cabida responsabilizar -únicamente- al público por un supuesto desinterés por ella. Hoy, son más que necesarias las reflexiones e iniciativas para comprender las diferencias epistemológicas, educativas y sociales de nuestro público, pero también sus demandas y exigencias en una sociedad globalizada, cada vez más tecnologizada y que apuesta por el conocimiento –e innovación- como eje de su desarrollo.

Justo ahora que termina la Semana de la Ciencia, cuando miles de personas han quedado sensibilizadas por la belleza de la ciencia y sus implicancias para la vida humana y ambiental, es un buen momento para reflexionar cómo realizamos nuestra tarea como comunicadores.

Hoy, donde todavía el “conocimiento es poder”, mi llamado es a compartirlo.

* Entrada con referencias disponible en Achipec.

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18 de octubre

Interesante columna.
Creo que revela ciertos supuesto que también son discutibles. por sobre todo, la idea de que un nuevo énfasis en comunicar la ciencia sea cambiar el contenido que se comunica. Si bien concuerdo con que es algo necesario, no estoy seguro que las capacidades únicas de la comunicación social de la ciencia sean suficientes. En este sentido, se requiere una nueva infraestructura cultural, que permita vincular esa comunicación social dentro de un proyecto más amplio, que modifique, entre otras cosas, los modelos pedagógicos de enseñanza de las ciencias, y la relación de los científicos con la cultura escolar (en particular, la visión paternalista que muchos tienen sobre profesores y estudiantes).
El foco de los científicos, aun guiados por la idea inocente de que la ciencia es una noble tarea que requiere ser financiada por ser ciencia en sí misma, es aislarse del modelo educativo. Muchos plantean un ministerio de ciencia y tecnología como solución a los problemas de gestión que ven en la actual institucionalidad. Esta visión es extremadamente preocupante, no solo por su ombliguismo y defensa gremial inorgánica, sino también porque puede tener profundos efectos negativos sobre la cultura científica del país, afectando a quienes buscan comunicar la ciencia de forma más adecuada a los desafíos de relacionar el conocimiento con otros ámbitos de la vida.
Es necesario ampliar el alcance de la discusión, y evitar que la urgencia de “comunicar ciencia” no nos deje ver lo importante: crear una cultura científica con capacidades reales de construir un sistema de conocimiento abierto, y hacerlo parte del debate público. En eso los comunicadores son claves, pero solo un soporte de un engranaje más grande.

Saludos, se agradece el tema.

21 de octubre

Gracias por tus comentarios.
Algunas apreciaciones:
No es que proponga un cambio únicamente en los contenidos, que pienso son necesarios para explicar procesos, métodos y resultados con más consistencia, sino en considerar también el contexto en el que de desarrolla esa investigación que finalmente será comunicada. Con la diversidad de fondos, orientaciones, objetivos específicos y ‘metas’ que se proponen con cada gobierno que pasa, me parece más que necesario informar sobre qué hay más allá del dato duro, del resultado, de la innovación, o del producto.
Sobre la vinculación de la ciencia con la cultura escolar, no podría estar más de acuerdo, últimamente han surgido iniciativas en Chile en el área.
Personalmente, no se había ocurrido una correlación entre tener un Ministerio de ciencia y efectos negativos (¿cuáles?) respecto a la cultura científica, por ende, menos veo que una sea causa de la otra. Es más, si observo el panorama no he visto evidencia que sustente una afirmación un tanto antojadiza como esa, básicamente por algunas iniciativas en países que cuentan con política e institucionalidad científica (sea un ministerio o consejo superior), donde ha habido interés por indagar sobre la cultura científica, la comunicación de la ciencia, los grados de interés e información, y la relación que se da entre los actores del sistema: científicos, empresarios, escolares, tomadores de decisión, y público en general -por decir algunos-; toda vez que parte de las demandas de la ciudadanía por mayor participación y democracia también tocan a la ciencia y la cultura científica tiene bastante que decir y hacer al respecto. Más aún, si se toman decisiones (políticas, técnicas, ambientales, de salud, etc.) al plazo que sea y que terminarán teniendo impacto en la vida de esos ciudadanos. Un buen ejemplo lo constituyen los instrumentos de consulta y opinión pública ahí mencionados, EE.UU. tiene la encuesta de la NSF; España realizó este ejercicio, y hay otra de la BBVA; la Comisión Europea aplica periódicamente el Eurobarómetro y consultas específicas sobre temas como la biotecnología; entre otros ejercicios más acotados geográficamente como el de Villarroel.
Una arista menos mencionada es la cobertura mediática cuando surgen problemas respecto a la institucionalidad, recortes de fondos, problemas con becarios, o controversias generales en torno a la ciencia. Medios internacionales de prestigio aún conservan secciones de ciencia y suelen reportar constantemente sobre estos temas, y mención aparte, bastante se escribe críticamente en países donde no hay ministerio: EE.UU, España e Inglaterra.
Finalmente, la urgencia por comunicar la ciencia no se contrapone al objetivo macro de impulsar esa cultura científica de la que hablas, es una interpretación que no comparto, porque a mi entender la fortalece y complementa al ser parte de ella.
Saludos.

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