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Las horas de sol

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Cayetana enciende la estufa y comienza a calentar la comida que meterá en los recipientes para su almuerzo, son las cuatro de la mañana. Llena con agua cinco botellas plásticas de litro y medio que son las que tomará en su día de trabajo. En su lonchera mete un paquete de tortillas calientes que envolvió en papel aluminio y amarró en dos bolsas plásticas. Revisa a ver si está todo: el recipiente de arroz, los huevos revueltos, los frijoles fritos y las tortillas. Se pone las rodilleras, doble pantalón, doble suéter, chumpa y sus botas tipo Caterpillar. En la mochila lleva los guantes, el pañuelo con el que cubrirá su rostro y el sombrero.


Cayetana sueña con el día del regreso, tener su casa propia y su negocio, porque lo que menos quiere es volver a trabajar de jornalera en las fincas de melón, chile dulce, sandía, tabaco, uva y loroco como le tocó desde niña

Sale del apartamento que comparte con ocho personas más, todas indocumentadas como ella. En la esquina del edificio la pasa recogiendo un compañero de trabajo que le cobra veinte dólares por llevarla, ella prefiere pagar el flete y no tomar el tren ni el autobús porque pierde más tiempo y lo que necesita son más horas de trabajo porque quiere ajustar para construir su casa en su natal aldea La Palmilla, Usumatlán, Zacapa, Guatemala. Por eso trabaja de lunes a domingo.

Al filo de las cinco y media de la mañana llega al campo de cultivo, lleva veintidós años cortando rábanos, de rodillas todo el día, recibiendo en su espalda encorvada las horas de sol. Por más que se lave las manos y se eche crema las yemas de los dedos las tiene grietadas y la tierra de los surcos amarillenta sus uñas, cualquier persona de ciudad pensaría que es descuido y suciedad la que tiene en las uñas y no largas jornadas de trabajo en los campos de cultivo.

Cada cuatro horas se pone bloqueador solar en el rostro, se compone el pañuelo y el sombrero, pero el vaho de la tierra caliente traspasa todo, las manchas en su rostro se han quedado de forma permanente. Sufre de fuertes dolores de rodillas y de espalda más la insolación diaria que es parte de los gajes de la jornada laboral. Apenas tiene treinta y nueve años, pero luce como una mujer veinte años mayor. No ha podido atenderse los dolores de muelas porque ir a donde un dentista es carísimo, ella prefiere no desajustar las remesas y que sus cuatro hijos en su país de origen terminen la universidad. Para aliviar el dolor momentáneamente se chuponea algodón con alcohol, pasa mordiendo clavos de olor y hace enjuagues de agua con sal.

Ya logró recuperar las escrituras del terreno de la casa de sus padres, que las empeñaron para que un prestamista les diera el dinero para pagar el coyote para que ella emigrara, también se quedaron al cuidado de los cuatro niños. Desde Zacapa le envían en encomiendas los ungüentos para aliviar el dolor de rodillas y de espalda, ir a una clínica es imposible, es demasiado dinero y no lo tiene.

Cayetana sueña con el día del regreso, tener su casa propia y su negocio, porque lo que menos quiere es volver a trabajar de jornalera en las fincas de melón, chile dulce, sandía, tabaco, uva y loroco como le tocó desde niña. Ella espera que su retorno sea distinto y que le queden fuerzas para trabajar diez años más en Estados Unidos y ahorrar lo suficiente para no volver a pisar en su vida un surco que no sea el de la parcela que piensa comprarse para pasar los últimos años de vida en la vega, gozando la imponencia de la Sierra de las Minas.

Esos son sus delirios de medio día cuando el sol abrasador de California marchita las hojas de los surcos de rábanos y el vapor de la tierra quema en la planta de los pies. Pero Cayetana se niega a dejar de soñar, de ilusionarse, porque si cede un segundo a la realidad estará perdida, juega a imaginar los palos de papaya, los surcos de maíz, la sombra de los guayacanes, las manos de sus padres, los abrazos de sus hijos, piensa en las aguas del río Motagua, en el sabor de las quesadillas de arroz y en la parcela en la vega, en su casa con corredor y una hamaca, en la horqueta con el cántaro de agua a la par de la cocina. Cayetana viaja en el tiempo, porque para ella es mejor soñar e ilusionarse que ponerle atención al dolor de espalda y de rodillas y al ardor de las yemas de sus dedos, al dolor de muelas y al vacío que siente en su corazón por no haber visto crecer a sus hijos.

TAGS: Inmigrantes

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