Yanara y el libro de un señor Gil - El Quinto Poder
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Yanara y el libro de un señor Gil

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Las mediciones son necesarias, pero debieran considerar aspectos más sutiles del día a día del quehacer educativo. En este sentido, reposicionar la figura del profesor como un maestro, un mentor, un referente al que acudir para resolver conflictos más profundos que los contenidos de las materias, es imprescindible.

La anécdota tiene ya casi dos años. Ocurre en el colegio Monte Sion, proyecto educativo dirigido a niños de los campamentos El Boro y La Negra de Alto Hospicio, los con mayor porcentaje de indigencia en el país. La profesora de octavo básico (68 años, jubilada, normalista, pedagoga, 42 años de docencia, invitada hace poco a participar de este proyecto) escucha por turnos a sus alumnos. Cada uno presenta una actividad de su interés. Es una manera de acercarse y reconocer a los niños, y de potenciar su capacidad de expresión. Algunos improvisan letras de hip hop, otros prefieren guardar silencio. Una niña alta, delgada, de ojos grandes y hablar pausado, comenta que le gusta leer. Provoca algunas risas en sus compañeros. La profesora pide silencio y la niña presenta un libro de su agrado, una novela que relata el viaje de un niño inca hasta el cerro El Plomo para convertirse en ofrenda. La profesora la reconoce y se lo indica (Cielo de serpientes, Antonio Gil, Seix Barral, 2008). La niña, Yanara -descendiente de aymaras y mapuches-, ofrece un pormenorizado resumen del texto, evoca los detalles que la identificaron y emocionaron, esboza algunas teorías sobre el relato, logra interesar a su auditorio. “Si me voy, awichu (abuelo), ¿quién soñará los plantíos que yo sueño? ¿Quién me soñará a mí allá tan lejos?”, rememora.

Días después, la profesora me lo comenta por teléfono. Envío un mail al autor explicando lo ocurrido, quien responde sorprendido y emocionado, le dedica unos párrafos a Yanara y pide que ella le escriba. El mail es entregado a Yanara y socializado en el colegio, recibido con genuina alegría. Yanara le comenta a la profesora que le gustaría estudiar en la universidad. Ella prefiere Historia, pero su abuela le recomienda que elija Derecho. La profesora le responde que tiene talento para ambas. Para lo que desee hacer. Pero pasan los días y Yanara no responde el mail. Puede más su timidez que sus ganas de conocer al autor por ese medio. Decide romper la cadena que dio vida a este incipiente e inusual diálogo.

Hace unos días, un amigo académico comentaba satisfecho que se incrementó el número de ingresos vía SIPEE en su facultad. Se trata del Sistema de Ingreso Prioritario de Equidad Educativa, una nueva modalidad de acceso a la Universidad de Chile para estudiantes de excelencia egresados de establecimientos municipales que no alcanzan el puntaje necesario para ingresar de manera tradicional, y que pertenezcan a los tres primeros quintiles de la población.

En entrevista con Qué Pasa (edición del 18 de enero), el rector Víctor Pérez indicó que el SIPEE “produce una calidad que es de otra característica”. Esta y otras iniciativas de varias universidades apuntan a revertir la desigualdad profunda que existe en el acceso a la educación superior a partir del origen socioeconómico de los postulantes, y cuyo termómetro indesmentible son los resultados desagregados de la PSU. “El Chile futuro, la democracia de este país, la paz social, se juega en el aula de los colegios, de los sectores más vulnerables, en los primeros años”, afirmó Pérez a la revista. Concuerdo, pero me pregunto si nuevos proyectos y políticas públicas serán suficientes para insertar de manera efectiva a los jóvenes más vulnerables en la educación superior, si bastará el incremento en las becas, proyectos que propicien la discriminación positiva o incluso la gratuidad de la enseñanza superior. Incluso, también, si será suficiente que se consideren en el futuro aspectos diferenciales en la Evaluación Docente, de manera que no se mida con los mismos parámetros a quienes ejercen en sectores medios y vulnerables (el 28,6% de los profesores reprueba esta medición, y la mayoría corresponde a quienes se desempeñan en escuelas ubicadas en barrios vulnerables). Al respecto, Francisca Díaz, directora del Centro de Desarrollo Profesional Docente de la Universidad Diego Portales, investigó a quince profesores reprobados e indagó en cómo afectaba su autoimagen y autoestima y en el clima organizacional de los establecimientos.

Las mediciones son necesarias, pero debieran considerar aspectos más sutiles del día a día del quehacer educativo. En este sentido, reposicionar la figura del profesor como un maestro, un mentor, un referente al que acudir para resolver conflictos más profundos que los contenidos de las materias, es imprescindible.

Yanara estudia ahora en un liceo de Alto Hospicio. Pasó a segundo medio. Repitió primer año por inasistencia, debido a problemas familiares que no comentaremos en este espacio. Pero superó la valla al segundo intento. De vez en cuando visita su antigua escuela. Conversa con su profesora, actualiza sus sueños y se nutre de la fe que esta vieja maestra deposita en ella. Tozudez, sueños y fe son su receta para sostenerse en la intemperie.

“Sumergido en el aire fino y dulce de la montaña fue que pasé incansable por los nudos y los cantos hasta que la voz y los dedos perdieron toda diferencia y pude leer tocando la enseñanza más vieja, dura y escondida de todas”, releo a Gil. Y me pregunto qué acciones podemos realizar como individuos y como sociedad para que todos nuestros niños y jóvenes –sin importar su origen ni condición- sientan como legítimo y natural el derecho a ocupar todos los espacios a partir de sus talentos, a pisar firme todos los terrenos como iguales que son, a interpelar y dialogar francamente con todos los actores, a tener sueños y tender nuevos puentes, sin miedo, para poder cumplir esos sueños. ¿Acaso no consiste en eso la igualdad de oportunidades?

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Comentarios

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23 de enero

Otra buena columna. Gracias por compartir esta historia.

Camilo Ortiz

23 de enero

Cosa curiosa. A pocos minutos de despertarme se me ocurre un pensamiento, que es lo típico en mí en vez del resto del día donde nada se me viene a la mente. Luego leo este excelente y lúcido artículo de mi amigo Jorge. Las cosas no ocurren por casualidad dice el viejo Freud. No lo sé, pero creo que el pensamiento tiene que ver con este texto, acerca de a insuficiencia del dinero para remediar las limitaciones del espíritu, los problemas humanos profundos que requieren de soluciones humanas más profundas que inyectar el mero recurso. Mi pensamiento versa así:
“Quizás por cuánto tiempo más subsistirá la errada costumbre de hacernos creer que el principal obstáculo para que se cumplan los sueños es el dinero, cuando en realidad se trata de otra habito enseñado y aún más esclavizante: las cadenas a las que nos someten nuestros demonios interiores”..

ivan derpich contreras

23 de enero

Estimado Jorge :

Que casualidad, el libro es de Antonio Gil y fue el profesor Francisco Gil de la U. de Santiago que pujó y finalmente implementó el propedeutico para jovenes vulnerables que finalmente ha sido replicado en otras universidades. Nada de Giles, ellos.

santelilla

23 de enero

Querido Jorge:
Me gustó tu artículo, la realidad es que el dinero ayuda pero no es todo, se necesita profesores con vocación para cambiar la educación en nuestro país. El problema es que generalmente los proyectos se basan en ideas,y se planifican en escritorio sin mirar la realidad , sin observar a las personas,sin ponerse en el lugar del otro ni por un momento.
Claro que si pienso mal, puedo imaginar que hay que darles un poco de ilusión ,pero cada cual en su estrato social o casta.

Osvaldo Labbé Gallegos

24 de enero

Estimo que las mediciones deben establecerse en base a lo que se quiere lograr como resultado. Y ahí concuerdo que en el caso de los profesores en general debieran definirse “plantillas de evaluación” más amplias que consideraran los aspectos relevantes de los “resultados que desea lograr”.
También posiblemente debieran definirse metodologías de evaluación más integrales y completas, en ambientes lo más similares a lo que es el ambiente real de trabajo. Todo ello daría una evaluación más justa y real.

F. Michael Dobbs D.

24 de enero

Emocionante la historia de la niña y la profesora, excepciones de personas extraordinarias dentro del grupo de vulnerables, que se pretenden remediar con propedéuticos y medidas de ingreso especiales y que logran en casos extraordinarios sus objetivos. Mi reflexión apunta al desarrollo de la mente y el cerebro humano, que es muy acelerado en los primeros años de vida y que depende de una buena alimentación y de estímulos apropiados, ambos aspectos muy precarios en la vida de la mayoría de nuestros niños,en tanto no nos ocupemos de nutrirlos en todos los aspectos, la marginalidad y la falta de oportunidades se mantendrá. Alimento y cultura al alcance de todos, como en algún momento lo intentamos, más ahora en donde la riqueza conciencia de diversidad del país ha aumentado.

Ruth Zandra Alcarraz Echeverría

29 de enero

Esta bella historia tiene los ingredientes claves para abrir las oportunidades: una niña de octavo año y una profesora normalista, una niña de no más de trece años y una profesora con una formación sólida, con mística y vocación.

Tal como señala el Sr. Michael Dobbs: la buena alimentación y los estímulos apropiados a una edad temprana son la herramienta para salir de la marginalidad.

Por eso propedeúticos y medidas de ingresos especiales a las universidades, son paliativos tardíos. Peor aún, quienes tosudamente quieren mostrar los propedeúticos como programas exitosos, han recurrido a trampas inmorales como es el resolver las pruebas a los estudiantes el dia anterior a la evaluación programada. Lo viví en el Bachillerato de la USACH, donde se adicionó un programa propedeútico que era un penoso desastre.

Allí el Director Profesor Francisco Javier Gil defendió lo indefendible. Los estudiantes reclaman por la mala acción de uno de los profesores y argumentan: “si nos resuelven las pruebas antes de la evaluación programada, dejaremos de estudiar y en consecuencia de aprender”. El Director responde: “pero van a tener buenas notas”
El subdirector del Bachillerato en ese entonces, Profesor Máximo González está del lado del Director. El resto de los Académicos permanecen en silencio, prefieren cuidar sus puestos de trabajo.

Tengo la grabación de esa reunión entre el Director y los estudiantes. La denuncia de estos hechos, que son sin duda los que más dañan nuestro sistema educativo, nos pone en un camino muy difícil, casi solitario. Sólo un reducido número de Académicos con valores muy sólidos deciden empujar la investigación al interior del Departartamento de Matemática.

irene machuca

07 de julio

Me parece una situacion que es repetida y duele saber que se perderan talentos
Todos deberemos hacer nuestra una educacion mejor para los nuestros

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