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Por suerte soy mina y nunca fui a un colegio de curas. Sí a uno de monjas, en plena dictadura y aunque también tienen lo suyo, salvo unas mechoneadas y sacudones, no tengo mucho que contar. Pero varios de mis amigos, sí. Uno de ellos recordaba al sacerdote famoso que cada vez que él se confesaba insistía en saber de sus hábitos onanistas. Juro que es verdad. Otro tenía por gurú a uno que fue luego investigado por abusos. No son sólo historias de oídas, calumnias, mentiras para destruir la fe en el mundo. Constan en procesos judiciales unas pocas; la gran mayoría, no.

Claro que hay sacerdotes de otra condición. Sacerdotes que muchas veces no resultaron amables a las jerarquías eclesiásticas, aunque sí grandes amigos de sus pueblos. Sacerdotes que en años difíciles fueron uno de los tantos rostros de la solidaridad y de la misericordia. Son ellos, probablemente, los más heridos con esta imagen que enloda a la iglesia católica y que pone en tela de juicio a todos por igual. Ha llegado la hora de separar el trigo de la cizaña, para hablar en términos bíblicos.

Miles de niños en el mundo han pagado el costo del silencio y la indiferencia. Han pagado el costo del doble estándar de una institución que, tras años de abusos -y con otros episodios de abusos y negligencias también escandalosos en la historia- todavía no aprende a mirarse seriamente con suficiente humildad y criterio humanista. Una institución que por conservar parcelas de poder prefiere estigmatizar a los homosexuales, minimizar las cifras, culpar a los mismos niños.

Lo que las sociedades esperamos, seamos o no creyentes, es levantarnos un día y no encontrarnos con una declaración de algún cardenal, arzobispo, sacerdote o del mismísimo papa, que nos haga tomar la cabeza a dos manos. Un poco de contrición y de justicia es lo que las víctimas, como mínimo, merecen. Eso es lo que la propia iglesia necesita para sacudirse de los frutos podridos. Porque sólo cuando se asumen los errores y se reparan efectivamente, se puede hacer un gesto de honestidad que permita renovar la fe.

Separemos aguas, sin solapar responsabilidades ni generar caza de brujas. Para hacerlo, necesitamos abrir las orejas y escuchar todas las voces: las de las religiosas y los religiosos, las de los que fueron abusados o lo están siendo hoy. Las de los que tienen miedo de hablar. Salgamos del confesionario.

Busquemos modos de apoyo legal a las víctimas de este tipo de delitos, así como los hay para quienes sufren violencia intrafamiliar. Generemos instancias de evaluación para quienes trabajan en contacto directo con menores. Debatamos en serio sobre la pertinencia del celibato. Yo no sé. Sólo quiero contar que uno de los que abusaba de niños sonríe tan campante en Facebook. Lo veo y se me hiela la sonrisa. Aunque yo sea mina y nunca fuera a un colegio de curas, por suerte.

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Foto: Cross @ at the Communion – Daniel Y. Go