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Orgullo Gay: algo con lo que no hay que incomodarse

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Quiero proponer a toda la población de LGBT y a las personas que sin serlo ven en la diversidad un valor y no una amenaza que no se sientan incómodos con el término “Orgullo Gay” sino que al contrario, se apropien de él, informándose sobre lo que se celebra el 28 de junio, aprendiendo cómo fue que pasamos de las redadas policiales sin fundamento alguno al matrimonio igualitario.

Dos convocatorias para una nueva marcha en la Alameda el día del Orgullo Gay (gay pride), que pese a ser la fecha más importante en el calendario internacional de la población LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans), es bastante desconocida en nuestro país y despierta incomodidad en más de una persona.
El día del Gay Pride se instituyó en memoria de los disturbios del 28 de junio de 1969 que marcaron el inicio de lo que hoy conocemos como movimiento por la igualdad de derechos. Ese día la ciudad de New York fue el escenario de la protesta de LGBT que cansados del hostigamiento policial en sus lugares de encuentro decidieron salir a las calles en plena campaña municipal. La fecha pasó a conmemorarse cada año en la Gran Manzana, convirtiéndose en la mayor instancia de visibilización de esta población y sus demandas.

Alrededor de esa fecha se replicaron los “parades”, desfiles o marchas, en diversas partes del mundo y con el correr del tiempo a las manifestaciones en las calles se sumaron otras actividades como festivales de cine y música. En nuestro país la marcha del 28 de junio, se ha aplazado debido a la contingencia de la Copa Mundial de Fútbol Brasil 2014.

Las manifestaciones que partieron en el pub Stonewall, en el barrio Greenwich Village, permitieron insertar a LGBT en el contexto más amplio de las demandas de diversos grupos que generaron profundos cambios sociales. Se dota así a las nuevas organizaciones de una épica de la que carecían los primeros grupos de homosexuales que a lo largo de las décadas de 1950 y 1960, se empeñaron en demostrar que los homosexuales podían insertarse en la sociedad estadounidense, fomentando una cultura de no confrontación entre homosexuales y heterosexuales. El término Gay Pride surge entonces como una reivindicación ante los heterosexuales ya que post Stonewall la lógica se invierte y se consigue la paulatina aceptación e integración. No obstante esta varía tremendamente entre un estado y otro dentro de EE.UU. hasta el día de hoy.

Llama la atención que el término “gay pride” traducido al español como “orgullo gay” siga tan ausente en Chile a diferencia de otros como Homofobia, más aún cuando se cumplen 45 años desde Stonewall. Soy un convencido de que la incomodidad con el “Orgullo Gay” al interior de la misma población LGBT se debe precisamente a que se le percibe como un término que confronta a los heterosexuales, como si la integración corriese riesgo con ello, lo que sé molestará a más de uno pero seamos honestos, esa incomodidad es ya evidente y el razonamiento que hay detrás de ella es intrínsecamente perverso. ¿Es necesario que evitemos la confrontación para ser finalmente aceptados?, lógica perversa en la medida de que la confrontación es inevitable y no porque la busquemos ex profeso nosotros sino porque para los sectores conservadores les violenta nuestra sola visibilización y más aún la de nuestras demandas.

Para algunos el término “orgullo gay” es intrínsecamente incomodo, básicamente por la connotación que se le suele dar a la palabra orgullo en nuestro idioma. Al ser una traducción de “gay pride”, debemos aclarar que las palabras “pride” y “orgullo” tienen significados no necesariamente asimilables. El diccionario Oxford define “pride” como: “Sensación de profundo placer o satisfacción derivada de los logros propios o de los cercanos // El mejor estado de algo // La conciencia de la propia dignidad”.

Cabe preguntarse entonces: ¿Podemos sentirnos satisfechos LGBT por los logros alcanzados, vivimos el mejor estado de nuestra población, tenemos conciencia de nuestra propia dignidad? Sin lugar a dudas hoy en día la homosexualidad alcanza un grado de visibilización inédito, tras ser ocultada y/o castigada durante siglos por ser condenada como un pecado y luego estigmatizada como una enfermedad. No obstante la realidad de nuestra población es muy distinta de país a país. En estados como Argentina, Bélgica, España, Países Bajos y Uruguay se vive la plena igualdad legal con el reconocimiento del matrimonio igualitario y todos los derechos que esto implica para las parejas del mismo sexo, la condena a las acciones homofóbicas y el respeto a la identidad y expresión de género. Mientras que en gran parte de África y de Asia, la homosexualidad es ilegal llegando incluso a ser condenada con la pena de muerte en Pakistán, Irán y Yemén.

En países como Chile vivimos una transición en materia de igualdad de derechos, es así como mientras se discute en el Parlamento el Acuerdo de Vida en Común (unión civil) y se ha planteado en el debate público el matrimonio igualitario, persisten resabios de la legislación que penalizaba la homosexualidad. En nuestro país si bien la homosexualidad pasó a ser legal en 1998, hasta el día de hoy subsiste la discrepancia en la edad de consentimiento sexual que es mayor para las relaciones entre personas del mismo sexo. Esa discrepancia, que es claramente discriminatoria, es una demanda que ha quedado rezagada porque también resulta incómoda.

A partir de la entrada en vigencia de la Ley 20.609 de 2012, puede considerarse que contamos con una protección contra las acciones homofóbicas. No obstante, públicas son las limitaciones que la llamada Ley Zamudio enfrenta para pasar del dicho al hecho, lo que es especialmente complejo cuando no contamos en Chile con un organismo estatal que trabaje por traducir el espíritu de esa ley en políticas públicas, como lo hace el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) en Argentina respecto de la Ley 23.592 de 1988 sobre Actos Discriminatorios. En resumen nuestro “orgullo” estaría también en transición, es decir, podríamos sentirnos parcialmente orgullosos de nuestros logros y de esa forma que no hayamos incorporado el término es medianamente lógico.

Ninguno de los avances que en Chile y el extranjero se han dado en pro de la igualdad de derechos de la población LGBT se habrían producido sin el impulso de las organizaciones de la sociedad civil y los activistas que han reivindicado esos derechos, así como antes se hiciera y se sigue haciendo respecto de los derechos de las mujeres y de los grupos étnicos.

Claramente, hoy la población LGBT de Chile vive el mejor estado alcanzado a lo largo de nuestra historia nacional y tenemos conciencia de nuestra propia dignidad en la medida que seguimos luchando por la igualdad de derechos al manifestarnos en las calles, nuestros trabajos, los medios de comunicación y en el Parlamento, el escenario de debate por antonomasia en un país profundamente legalista. Como no sentirnos orgullosos de que la Confederación de Trabajadores del Cobre haya logrado en su última negociación colectiva que la Mina Bronces, controlada por Anglo American reconociera los beneficios que otorga a las parejas de sus trabajadores, independiente de su orientación sexual.

Lo anterior nos demuestra una vez más que la sociedad avanza más rápido que las leyes, que somos más conscientes de nuestra propia dignidad.

Oxford también define “pride” como “La calidad de tener una opinión demasiado elevada de sí mismo o de la importancia de uno”; lo que es asimilable a la definición de la RAE para el término “orgullo”: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Aquí connotaciones negativas que podríamos extrapolar a cierta crítica al Gay Pride que ve en este una mercantilización y falta de contenidos en aquellos lugares donde esta conmemoración ha derivado en una celebración que ha pasado a constituir un atractivo turístico y generar grandes ganancias, con sendas exhibiciones de cuerpos musculosos ligeros de ropas sobre carrozas paseándose al aire libre. Esas celebraciones del Gay Pride son ante todo criticadas por su supuesta distancia de las reivindicaciones del colectivo, en la lógica que divorcia al consumidor del ciudadano algo que a estas alturas me parece imposible. No obstante, cabría destacar que estas celebraciones acusadas de haberse “mercantilizado” se producen en países en los que la igualdad de derechos es ya una realidad.

Que el “gay pride” es un negocio no es a estas alturas misterio para nadie, pero es más que eso. De lo contrario no se entendería que por ejemplo, el Europride que este año se celebra en Oslo, Noruega, bajo el eslogan “Human Rights” (Derechos Humanos), cuente con el apoyo del Centro Premio Nobel de la Paz, Amnistía Internacional y el Museo Noruego de Cultura Histórica. Europride tiene por objetivo “la promoción de la visibilidad de todas las personas LGBT y sus amigos y amigas que disfrutan de la diversidad allá donde se celebra”. Mientras que en Madrid la convocatoria se hace bajo la premisa “Nos manifestamos por quienes no pueden”, lema que resulta absolutamente elocuente. También es cierto que la fecha se conmemora en Chile con una marcha y una fiesta oficial asociada a quienes organizan la manifestación, es decir, de una manera bastante modesta en comparación con el completo calendario de actividades de las grandes capitales por lo que acusar de mercantilización de la fecha al menos en Chile, sería una exageración.

El que el “gay pride” sea una fecha que importamos también es motivo de incomodidad y hasta de rechazo entre parte de la población LGBT chilena, como lo deja claro Pedro Lemebel en su libro “Poco Hombre”, al recriminar a “la homosexualidad criolla que ojeaba en las revistas de moda las imágenes importadas del gay parade internacional. Soñándose en California o juntando las chauchas para participar de esa euforia”. Por lo anterior es que se hace necesario apellidar al Orgullo Gay, y por supuesto como siempre en Chile el apellido termina siendo más importante que el nombre. Es un ejercicio de chilenización que la marcha nacida en torno del 28 de junio se dedique a una demanda particular que se presente como más cercana, ya sea ésta la familia homoparental o la salida del clóset, es decir, que refuerce la connotación reivindicativa por sobre la festiva de la fecha.

A propósito de esa naturaleza “importada” del Orgullo Gay me permito una reflexión y propuesta: deberíamos darle más realce a nuestras propias fechas. Así como la Marcha que se realiza a principios de septiembre en Valparaíso, recuerda a las víctimas del incendio en la discoteca gay Divine el 4 de septiembre de 1993, sería positivo que conmemoráramos otras fechas de la historia de la diversidad sexual chilena.

Quiero preguntar ¿por qué no conmemoramos el 4 de octubre?, fecha de la publicación de la nefasta Ley de Estados Antisociales a través de la cual el General Carlos Ibáñez Del Campo criminalizó a vagabundos, mendigos, locos y homosexuales, de la que este año se cumplen justamente seis décadas. Más aún cuando el Ejército de Chile ha decido sancionar al oficial Juan Pablo Herrera por su homofóbica respuesta a un tuit que celebraba la posibilidad de contraer matrimonio que entrega la embajada británica a sus ciudadanos gays. ¿Cómo fue que pasamos de la persecución del Estado a los homosexuales a que el Ejército sancione a uno de los suyos por llamar a alguien “fleto degenerado”?. Solo conociendo y honrando nuestra historia podemos contestar esa pregunta.

Entonces adquiere mayor relevancia aún realzar nuestras propias fechas como las ya mencionadas o la fecha de la derogación de gran parte de la Ley de Estados Antisociales de lo que se cumplirán veinte años el próximo 21 de julio.
Me permito consultar ¿por qué el 22 de abril sigue siendo una fecha tan discreta en nuestro calendario?, cuando fue ese día en 1973 cuando la derecha y la izquierda se unieron por única vez en mucho tiempo para condenar por igual la primera manifestación en la Plaza de Armas de Santiago de la diversidad sexual, a la que en esa época la prensa se refería como yeguas sueltas, locas pérdidas, colipatos, degenerados. ¿Cómo es posible que no honremos de mejor forma a esos valientes primeros manifestantes, varios de ellos trans, que se atrevieron a alzar la voz y que ya en 1973 reclamaban su derecho al matrimonio?  ¿Cómo es que no hemos transformado el 22 de abril en nuestro propio día del Orgullo LGBT y en cambio nos matamos de frío marchando en pleno invierno?

Finalmente, el término Orgullo Gay incomoda a quienes lo perciben como sectario. Conscientes de que el lenguaje construye realidad y en la lógica de sumar fuerzas a nuestras demandas hemos ido adoptando términos más inclusivos como “diversidad sexual” o dejado de hablar de la comunidad gay para hacerlo de la población LGBT. Hay quienes consideran que ser Gay o Lesbiana no es algo por lo que haya que sentirse orgulloso, entendiendo que los heterosexuales no van por la vida sintiéndose orgullosos de serlo. No obstante cabría cuestionar esa postura cuando vemos que toda nuestra sociedad, que todo nuestro ordenamiento jurídico y que en definitiva hasta no hace mucho toda nuestra cultura estaba construida, al menos aparentemente, en función de la heterosexualidad.

Contraponer esa realidad a la idea de que ser bisexual o trans no es algo por lo que deba sentirse vergüenza, nos permitirá entender que no hay por qué no sentirse orgullo de ser lo que somos.

Algunos sostienen que en lugar de Orgullo Gay sería más adecuado hablar de Dignidad Gay por la connotación negativa que se le ha dado en nuestro idioma a la palabra “orgullo”. No obstante y como precisamente es el lenguaje el que construye la realidad es lógico proponer cambiar el significado de esa palabra.

Así como la RAE cambio la definición de “matrimonio” y ha incorporado la palabra “gay” a la que define como perteneciente o relativo a la homosexualidad // hombre homosexual, ¿por qué no plantearse un nuevo significado para “orgullo”?. Lo anterior sería simplemente el reconocimiento de una realidad porque hoy en día no hay por qué avergonzarse de usar el término “Orgullo Gay” ya que en la práctica la palabra “orgullo” se usa con una connotación distinta de la que plantea la RAE y la tradición, para muestra valga citar al sacerdote Felipe Berríos quien en entrevista con el programa El Informante de TVN señaló “Los homosexuales son hijos de Dios. Él los creó homosexuales y lesbianas, y Dios está orgulloso de que lo sean”. Dudo que por muchas discrepancias que puedan tener los sectores conservadores con lo que señala el jesuita respecto de la homosexualidad, haya alguien que crea que estaba pensando en un sentimiento de “Arrogancia o vanidad” cuando mencionó la palabra “Orgullo”. Mientras nos proponemos esa discusión, Oxford define “gay pride”, como “sentido de fuerte autoestima asociada con el reconocimiento público de la homosexualidad de una persona”.

A propósito de esa definición quiero proponer a toda la población de LGBT y a las personas que sin serlo ven en la diversidad un valor y no una amenaza que no se sientan incómodos con el término “Orgullo Gay” sino que al contrario, se apropien de él, informándose sobre lo que se celebra el 28 de junio, aprendiendo cómo fue que pasamos de las redadas policiales sin fundamento alguno al matrimonio igualitario.


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