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“Comisión Lagos” sobre desarrollo minero: el otro paradigma

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Más allá de toda duda, el esfuerzo que lideró Ricardo Lagos es positivo. Tengo profundas diferencias sobre sus contenidos finales, adhiriendo más al que llevaron adelante Chile Sustentable y el Observatorio Ciudadano, pero comprendo que es en el contrastar las distintas miradas que vamos construyendo esta sociedad.

Con bastante publicidad, el 18 de junio el ex Presidente Ricardo Lagos, presentó a la Presidenta Michelle Bachelet el documento “Minería y desarrollo sostenible de Chile, hacia una visión compartida: Una minería virtuosa, sostenible e inclusiva”.  Este, según se informó, fue elaborado gracias al trabajo de actores del país que representan distintas miradas en torno a tan estratégico sector de la economía nacional.

Ahí estuvieron el ex director de Codelco, Jorge Bande; el ingeniero civil, Rolando Carmona; el  presidente de la Federación de Trabajadores del Cobre, Raimundo Espinoza; los ex ministros de Economía, Juan Andrés Fontaine y Álvaro García; el presidente de la Sociedad Naturalista San Pedro de Atacama, Rolando Humire; el gerente de Colbún, Bernardo Larraín; el ex director de la Conama, Gianni López; el presidente de Antofagasta Minerals, Jean Paul Luksic; y el director ejecutivo de Cieplan, Patricio Meller.

Se trata, se dijo, de un documento que busca “lograr  que  la  minería  se  proyecte  al  futuro  contribuyendo al progreso económico, inclusivo y sostenible del país, haciéndose cargo  de  sus  impactos  en  el  medioambiente  y  generando  una  cultura  de  valor  compartido  con  las  comunidades  aledañas”.

El propio informe reconoce que, aunque participaron en varias reuniones, la directora ejecutiva del programa Chile Sustentable Sara Larraín y la codirectora del Observatorio Ciudadano, Nancy Yáñez, no suscribieron el texto final.  A pesar de señalarse que fue por un aspecto metodológico, en realidad fue el paradigma planteado en la propuesta “Minería y desarrollo sostenible de Chile…”, lo que les llevó a restarse de su suscripción.

Más aún, tanto Chile Sustentable como el Observatorio Ciudadano, no se quedaron solo en lo que algunos podrían entender como una pataleta de un niño al cual no le dieron en el gusto. Entregaron al país –al Estado, a la minería, a las organizaciones y a la propia ciudadanía- un análisis de lo que ha representado este sector para Chile y sus implicancias para el futuro, tanto de quienes habitamos este trozo de tierra como de los ecosistemas. Chile, ¿un país minero?: Tres prioridades para la transformación” fue el título de la memoria alternativa.

Un análisis comparado de ambos documentos permite sacar algunas conclusiones.

Lo primero, el paradigma marcadamente antropocéntrico de “Minería y desarrollo sostenible de Chile…”.  Gran parte de la discusión se centra exclusivamente en los efectos del desarrollo minero en lo que se entiende como bienestar humano.  Algo sobre lo cual, por cierto, no existe una visión unívoca.  El uso y la contaminación de cursos hídricos y el impacto sistemático sobre otras especies vivas casi no es mencionado, menos aún lo que podría significar el uso masivo de agua de mar para los ecosistemas marinos.  Porque recordemos: ninguna mega intervención es inocua.

La discusión sobre la minería en Chile no solo debe mirar hacia el futuro, aunque muchos lo consideren necesario para no entramparse en las controversias del pasado.  Una evaluación sobre los pasivos históricos de la actividad (impactos ambientales, sociales, en derechos humanos) es necesaria.  De otra forma, se está construyendo el porvenir sin el aprendizaje del camino que nos trajo hasta acá.  Y eso, la autocrítica para un balance más ecuánime, está ausente del documento en cuestión.

No todo es mercantilizable.  Una concepción que debiera ser la máxima natural de una especie que en algún momento debió llegar a la conclusión de que no puede comer, respirar, ni beber dinero, también destaca por su ausencia.

El concepto de moda, “compartir beneficios” (o generar “valor compartido”, como se dice hoy), es solo una versión 3.0 de la compensación por vulnerar derechos. En un reciente taller en Santiago, para establecer políticas sobre la futura transmisión eléctrica, una joven bien intencionada utilizó esta figura en una tarjeta.  Como una forma de mostrar cuán vertical es tal idea, escribí otra: “compartir perjuicios”, explicando a mi turno que, extremando el ejemplo para su comprensión, “si se quiere verdadera asociatividad, que las comunidades reciban parte de las utilidades de las empresas, y que las familias de los dueños de tales compañías, la contaminación y escasez de recursos naturales que viven los territorios impactados por sus actividades”.

Me lo confirmó hace poco un amigo en Iquique: los principales ejecutivos y un gran número de profesionales y técnicos de la industria minera en el norte, luego de sus salidas de turno, no permanecen en dichas ciudades.  El alto flujo de vuelos diarios (muchos nocturnos) no es casual.

Por mucho que hablemos de minería sustentable, no podemos soslayar que ésta es, por esencia, no renovable. Finita. Por lo menos en los tiempos que humanamente podemos comprender y gestionar. Incorporar la limitación biofísica de una actividad, internalizarlo en nuestro “chip vital”, es lo que hace la diferencia y nos va preparando, como especie, a los cambios que se requieren para los próximos 10, 50, 100, mil años. Así lo comprende el niño que no bota el plástico al mar (podría pensar… “si el océano es infinito, ¿qué daño le hará este pequeñito envoltorio de chicle?”).  Seamos como ese niño que en su acción carga con la responsabilidad intergeneracional.

Sumado a lo anterior, en Chile se habla y proyecta el desarrollo minero como  una actividad eterna.  No hay palabra alguna sobre la preparación de las comunidades para la era post minera. Todo el análisis sobre la investigación y la innovación está enfocado principalmente hacia el propia actividad, en un paradigma satisfecho de virtual inmortalidad.

Nuestra minería, por esencia, es un proceso extractivo. No es productivo, no es transformador, no es renovable.  Y eso debemos tenerlo en claro, porque nos permite entender que esta actividad “es intrínsecamente insustentable” (entiéndase utilizado acá como concepto técnico no peyorativo), como señalan en “Chile, ¿un país minero?…”.  Y la contrapropuesta va por un modelo que sea dinámico, sustentable y solidario.

Más allá de toda duda, el esfuerzo que lideró Ricardo Lagos es positivo. Tengo profundas diferencias sobre sus contenidos finales, adhiriendo más al que llevaron adelante Chile Sustentable y el Observatorio Ciudadano, pero comprendo que es en el contrastar las distintas miradas que vamos construyendo esta sociedad.  Mi cuestionamiento no es moral sino político.

Esperamos que en los desafíos en que nos vemos enfrentados como país se puedan incorporar las distintas visiones que conviven en Chile, donde las plasmadas en “Minería y desarrollo sostenible de Chile, hacia una visión compartida: Una minería virtuosa, sostenible e inclusiva” y en “Chile, ¿un país minero?: Tres prioridades para la transformación” sean un aporte, al igual que el que todos los demás podamos, desde nuestras distintas percepciones, entregar.

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Foto: www.apd-fundicion.com

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